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Juan José Laborda: «Hace falta una sacudida de los individuos conscientes y las élites morales»

El mundo afronta una de las peores crisis del último siglo. El COVID-19 ha puesto en jaque no solo al sistema sanitario, sino toda nuestra estructura de normas, de valores, de libertades y de derechos. En un momento en el que deberían primar el acuerdo y el diálogo para resolver un asunto que nos afecta a todos, los ciudadanos asisten con estupor a una creciente polarización política que se traduce en crispación y protestas. Lejos queda aquella política de consenso de los primeros años de la Transición, encarnada en figuras como el historiador, periodista y exsenador Juan José Laborda, portavoz socialista en el Senado durante 16 años, presidente de esta misma cámara desde 1989 a 1996 y director de la Cátedra de Monarquía Parlamentaria de la Universidad Rey Juan Carlos desde 2015.

—¿Qué le está pasando a la política? No parece que la honestidad y la responsabilidad imperen en estos tiempos que vivimos.
—La política está en crisis o en cambio porque va con retraso respecto a la época que estamos viviendo. Esta nueva época comienza con la nueva globalización que surge después de la caída del comunismo en 1989. La globalización desde entonces es únicamente capitalista; no hay una alternativa económica como la que el comunismo representaba.
El capitalismo se impone a las formas tradicionales de la acción política; se impone a la comunicación periodística transformada en negocio, pendiente de los ingresos por publicidad, mezclando periodismo con entretenimiento y con espectáculo; las redes son la última forma de eso mismo.
Lo más importante: el Estado, y la política como método de gobernar el Estado, están más condicionados por los poderes económicos que por la voluntad de los políticos electos. La responsabilidad del político, de acuerdo con la clásica definición de Max Weber, es muy difícil de mantener. Este capitalismo, dominado por una aristocracia del dinero, que escapa a cualquier control, está afectando negativamente a la economía de mercado —por supuesto a la economía social de mercado, la de nuestra Constitución y la de la UE— de parecida forma a que ese capitalismo destruye cualquier manifestación moral que no sea la satisfacción de los deseos inmediatos de consumir. China es el modelo. Comunistas capitalistas que sustituyen los Derechos Humanos por el dinero que da la felicidad del gran almacén, como ideal de vida.

—¿Saldrá reforzado el populismo después de esta crisis?
—El populismo de derecha y de izquierda estará presente cada vez más si no se adopta una estrategia política que supere el viejo espacio político del Estado-nación. Ese podría ser el nuevo espacio que pueda gobernar la actual globalización, por ejemplo, una Unión Europea reforzada y comprometida con la democracia representativa, y por supuesto, que controle al capitalismo y a la aristocracia del dinero, que están fuera de cualquier control.

—Usted ha estado en primera línea política, pero también es periodista. Una de las estrategias del populismo es la de la «posverdad»: poner en duda toda verdad demostrable y activar los sentimientos y las emociones. Eso se está traduciendo en un ataque directo a los medios de comunicación. Lo estamos viendo en EEUU con Donald Trump. Pero también, en nuestro país, la prensa está siendo señalada por parte los partidos más extremos. Incluso el Gobierno se ha visto obligado a rectificar después del manifiesto de los periodistas por la libertad de preguntar. ¿Está en riesgo la libertad de expresión?
—Como la política lleva tiempo sin abordar en los parlamentos y en los gobiernos normas jurídicas para responder a los nuevos fenómenos de la comunicación digital, la libertad de expresión está mutando. No habrá censura, pero la información estará cada vez más enturbiada por esas manifestaciones de la «posverdad». Pero definamos la «posverdad»: es la vieja técnica de manipular a la opinión pública. Para ello es necesario disponer de periodistas mal pagados, que no reflexionan, y desde luego que no hacen nunca periodismo de investigación. Se limitan a competir en rapidez con las redes dando novedades. Así, la opinión pública no tiene forma de desarrollar una mínima memoria crítica. El olvido es la solución para todos los que son malos gobernantes y malos representantes.
Entonces, la opinión pública reniega del sistema democrático, vota por radicales populistas, y todo hace que la oligarquía oscura del dinero y de las influencias siga sintiéndose a salvo y privilegiada, muy por encima de la gente corriente. Por eso, los comparo con la aristocracia del Antiguo Régimen: no pagaban impuestos, tenían una justicia propia y particular, y fueron un obstáculo para el desarrollo de una economía de mercado, sometida a las leyes y a la libre competencia.

—Ataques a la Monarquía, a los jueces, puesta en cuestión de los valores constitucionales… Cada vez se suceden más este tipo de manifestaciones, incluso por parte de los representantes públicos (algunos de ellos en el Gobierno). ¿Cuál va a ser el futuro de nuestras instituciones?
—Aunque el Estado Constitucional, y su «forma política», que es la Monarquía parlamentaria, han demostrado su fortaleza, la ausencia de un mínimo acuerdo entre las fuerzas políticas que se identifican con la Constitución de 1978 fatigan nuestro sistema y sus instituciones. La sociedad civil debería manifestarse a favor del consenso constitucional, el gran acuerdo de 1978, y debería evitar que la política arrastre en su dinámica de enfrentamientos a la sociedad civil, y cuando hablo de sociedad civil me refiero a las universidades, la academia, los empresarios individuales, las asociaciones religiosas, intelectuales, culturales, sindicales, de defensa de los desprotegidos y los débiles, de defensa del medio ambiente, etcétera. Hace falta una sacudida de los individuos conscientes y de las élites morales, más que esperar de las grandes estructuras institucionalizadas, que son dependientes del poder económico, y que se ven con desconfianza.

—En la gestión de esta crisis sanitaria, se está produciendo un control sin precedentes de los movimientos y la libertad de los ciudadanos. Algunos han llegado incluso a mirar con simpatía el modelo chino por su supuesta efectividad para controlar la expansión del virus. ¿Cómo se compadece ese control con las normas y valores que imperan en Europa?
—«Sin precedentes» si solo se mira los años del orden constitucional de1978. El estado de alarma limita derechos, pero está controlado por el Parlamento y por los jueces. Los que tenemos una edad que conocimos los estados de excepción del franquismo, sabemos bien las enormes diferencias. En el estado de excepción de 1969, la policía entró en mi piso de estudiante, nos llevaron a comisaría, deportaron a muchos de nosotros mientras duró el estado de excepción, hubo multas, abusos, torturas, en fin, lo mismo que en China. Los estados de alarma y de excepción están regulados en nuestra Constitución, que son los mismos que en la mayoría de las constituciones de las democracias europeas. La libertad no es poder tomarse el vermú de siempre en la calle Núñez de Balboa de Madrid. Esa es la doctrina china de alienar los derechos sustituyéndolos por consumir mercancías hasta disolver al individuo consciente en las masas obedientes al Estado, como fundamento del sistema político.

—A principios de abril, el ex primer ministro de Italia, Enrico Letta, dijo en The Guardian que Europa está en «riesgo mortal» y que el coronavirus es una amenaza mayor que el Brexit o la crisis de los refugiados. ¿Pasa el futuro de la UE por su refundación?
—La Unión Europea, en mi opinión, no necesita refundarse, sino volver a sus fundamentos de economía social de mercado, democracia, paz y estado de derecho. Volver a los ideales cosmopolitas, los de Kant. La amenaza no es el virus, sino que las propuestas de Trump y de Steve Bannon consigan imponer su doctrina mercantilista, contraria al libre comercio, volviendo a las fronteras económicas y culturales de antes del orden mundial posterior a la II Guerra Mundial. Con Trump está en peligro lo que significa la ONU, la OTAN y la UE. Por eso, Putin se entiende con Trump. El riesgo está en que China ocupe el lugar de Estados Unidos en el orden mundial.
Una dictadura comunista-capitalista sustituyendo a una democracia. Por eso, Trump y Putin quieren que la Unión Europea deje de pesar defendiendo propuestas cosmopolitas. Y, por eso, todos los populismos nacionales están en contra de lo que despectivamente llaman «Bruselas».

—¿Por dónde pasa nuestro futuro después del COVID-19?
—No lo sé, y esa conciencia de incertidumbre la comparto con la mayoría de las personas con las que me relaciono. Sé lo que quiero, pero miro al mundo y no veo apenas signos optimistas. Sigo con interés al líder británico, Keir Stamer, pero lo triste es que ha llegado al frente de los laboristas después de Jeremy Corbyn, cuya ambigüedad y aislacionismo no supo detener el Brexit. Me refugio en escritores europeístas y de pensamiento liberal y socialdemócrata, como Habermas y Byung-Chul Han. Refugiarse en la torre de Montaigne podría ser la muestra de que siento el mundo con una mezcla de temor y aburrimiento.

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