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Juan del Río: «La actuación de las Fuerzas Armadas ha causado un gran impacto en la sociedad»

Durante el confinamiento hemos podido ver a las Fuerzas Armadas recordándonos que el sacrificio, la disciplina y la entrega son sus señas de identidad. Hemos visto a los militares levantando hospitales de campaña, descontaminando las residencias de ancianos, saneando edificios públicos, comisarías, estaciones de tren, aeropuertos y hospitales… Y a su lado, sosteniendo y ayudando, los capellanes castrenses. De esta labor hemos podido dialogar con el arzobispo castrense, Juan del Río Martín, que además es el presidente de la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales.

—Todos los días, durante la pandemia, usted ha escrito un diario reflexionando sobre lo que vivimos y ayudando a todo tipo de personas a ir a la raíz de los problemas. ¿Qué ha supuesto para usted esta pandemia? ¿Y para los más de 800.000 fieles que componen este Arzobispado Castrense?
—Como para todos los españoles y la entera humanidad, el COVID-19 ha supuesto un duro golpe a la línea de flotación de la autosuficiencia humana, percibiendo lo vulnerables que somos. Cuando creíamos que estaba todo bajo control, lo inesperado de un virus trastoca lo programado a todos los niveles. Personalmente, ha supuesto un tiempo de muchos interrogantes a la luz de la fe en Cristo: ¿Qué nos quiere decir el Señor con esta desgracia planetaria? Por eso mismo, ha sido un largo periodo de oración, reflexión y comunión en el dolor con los enfermos del coronavirus y plegarias por los fallecidos cercanos y lejanos. A la vez, de acción de gracias por tantos gestos caritativos y solidarios entre la población española. Además, fueron momentos en los que nos hemos tenido que reinventar para seguir siendo nosotros mismos y continuar trasmitiendo la Palabra de Dios como obispo. De esta preocupación pastoral por poner luz en tantas tinieblas, nacieron estos escritos de esperanza en medio de la tribulación, bajo el nombre del Diario de un Pastor ante el COVID-19, como un servicio desde la fe a los cristianos y a toda la sociedad. (Se pueden leer en www.arzobispadocastrense.com).
En el caso de los fieles de la jurisdicción castrense ha supuesto lo que ha sido para todo el mundo: turbación, indefensión y drama. Nuestros militares, guardias civiles y policías son ciudadanos como cualesquiera otros que, con sus familiares, sienten la angustia y el miedo por la realidad sucedida. Sin embargo, por haber actuado en primera fila de la pandemia, juntamente con otros colectivos, han sentido la satisfacción de saber que el entrenamiento y la preparación que habitualmente recibe un militar para defender la seguridad, la libertad y la paz de nuestro país, sirven también para ayudar a los conciudadanos frente al enemigo invisible como es el COVID-19. En este «campo de batalla» no ha faltado presencia y acompañamiento de los capellanes castrenses.

—Mientras la Operación Balmis se puso en marcha con la única finalidad de salvar vidas y defender nuestros derechos y libertades, también los capellanes se movilizaban para estar cerca y atender espiritualmente. ¿Qué destacaría de la entrega de los sacerdotes en estos meses?
—Lo más destacable es que han seguido trabajando con la dedicación, la entrega y el tesón con que lo hacen el resto de los días del año. La pandemia quizás ha servido solo para hacer visible una labor callada que, desde tiempo inmemorial, los capellanes militares han venido realizando, como diría nuestra gente, «en los lugares de mayor riesgo y fatiga». Nuestra sociedad ha podido comprobar cómo los militares aprecian desde siempre la abnegación de aquellos que tienen como misión ser «los primeros servidores, de los que sirven a España». Los capellanes castrenses son los artesanos de la paz entre las armas. Se encuentran esparcidos por la geografía española, o bien acompañando a nuestras tropas en las misiones internacionales de paz como puedan ser: Irak, Afganistán, Turquía, Líbano, Mali o Lituania y otros lugares de navegación. Porque como dice el Papa Francisco: «Ellos son los primeros ministros del hombre y sus derechos fundamentales».
Esta presencia espiritual y pastoral, no es un privilegio de tiempos pasados, ni una rémora para la sana laicidad, sino que es un derecho que le asiste al militar creyente de ser asistido espiritualmente; amparado en el derecho constitucional de libertad religiosa y por la praxis de siempre de la existencia de un servicio religioso en todos los ejércitos democráticos del mundo.

—En marzo las Fuerzas Armadas se pusieron a disposición de toda la sociedad para ayudarnos en todos los aspectos. Quizá una de las imágenes más conmovedoras ha sido la de la ministra Margarita Robles en el Palacio de Hielo ensalzándolas y recordando que los fallecidos nunca «han estado solos». Otro milagro de la crisis fue el hospital de Ifema, levantado entre la Comunidad de Madrid y los militares de la UME y del Ejército de Tierra para atender las semanas más duras de la pandemia. ¿Qué puede decir hoy, al echar la vista atrás, de la labor de las Fuerzas Armadas?
—Cuando las conoces no te sorprende. Podemos decir que están preparados para eso y mucho más, no solo desde el punto de vista operativo e intelectual, sino desde el plano moral y ético, con un escrupuloso respeto al derecho a la vida y a la libertad religiosa. Por eso, el trato exquisito que los miembros de la Fuerzas Armadas han ido demostrando con cada una de las personas con las que se han cruzado en la pandemia y su trabajo meticuloso, rápido y eficaz son el producto de una larga tradición de hombres y mujeres de honor y entrega, «religión de hombres honrados» decía Calderón de la Barca, que a veces se ha tratado injustificadamente de menoscabar. Sin embargo, en los momentos decisivos sale a relucir con el brillo propio de la Institución, poniéndose al servicio siempre de todos los ciudadanos y de la sociedad entera, sin exclusión alguna.
La actuación de nuestras Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad en los días duros del confinamiento ha causado un gran impacto en la sociedad española y también en países socios europeos. Si por desgracia el coronavirus nos diera nuevos disgustos antes de final de año, la Operación Balmis podría ser reactivada por completo en apenas 48 horas.

—El Fondo de Emergencia «El Granero de José» fue una iniciativa para afrontar las necesidades básicas de las familias afectadas por la pandemia. ¿Qué repercusión ha tenido? Hace días la cifra estaba en más de 53.000 euros recibidos…
—Esta iniciativa samaritana castrense, inspirada en el pasaje bíblico «José abrió los graneros y repartió raciones a los egipcios» (Gén 41, 56), representa la sensibilidad caritativa que siempre se ha dado entre los capellanes en sus actuaciones en buques y cuarteles, que en estos tiempos actuales se materializa en la institución de Cáritas Castrense, a la cual se le ha encomendado gestionar este nuevo fondo. Ha sido muy bien acogido dentro y fuera de nuestra jurisdicción. Sus fines y objetivos van encaminados a subsanar las necesidades primarias que han surgido en muchas familias a raíz de la calamidad del COVID-19. Se ha buscado la máxima trasparencia y eficacia a la hora de resolver los problemas. Todo lo que hemos relatado y otras muchas cosas que pudiéramos decir, son indicadores de que el Arzobispado Castrense de España es una Iglesia particular viva al servicio de los centinelas de la paz, que son nuestros militares, guardias civiles y policías que juntos con sus páter hacen presente a Jesucristo: «entre las armas y en las desgracias de los ciudadanos».

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