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José María Gil Tamayo: «Los cristianos han de tomar conciencia y pasar a la acción»

«Ahora se aprecia mucho más el don de la vida y se toma conciencia de la fragilidad y de la necesidad de cuidar y cuidarnos». Con estas palabras, el obispo de Ávila, José María Gil Tamayo, miembro de la Comisión Ejecutiva de la CEE, celebra con ECCLESIA la llegada de la Pascua. La resurrección este año cobra un especial sentido, inmersos como estamos en la enésima ola de la pandemia. Gil Tamayo habla con conocimiento de causa, ya que justo hace un año, ingresaba en el hospital por covid. Y es que esta situación, según subraya, afecta no solo a enfermos y víctimas sino que «trae un descalabro social importante». Por ello, pide a las autoridades «una eficaz y coordinada gestión y soluciones», siempre buscando «el bien común». Además, agradece a todo el personal sanitario «su lucha incansable y entrega a los demás». «Tal y como hemos experimentado en estos meses, nuestras vidas están sostenidas por personas comunes que no aparecen en portadas, pero, sin lugar a dudas, están escribiendo los acontecimientos decisivos de nuestra historia», dice.

—Un año de pandemia y un año desde que usted estuvo ingresado. ¿Cómo recuerda todo lo vivido?

—En aquel momento tuve serenidad y preocupación a la vez. Ahora recuerdo el momento con gratitud a Dios y a los demás por la ayuda y cuidados recibidos, así como por el cariño y oración de mucha gente. Toda una caridad orante. Se tiene una mayor conciencia de ser dependiente de Dios y de los demás.

—Es una experiencia que acerca a la Pasión y a la Resurrección…

—Efectivamente. Cuando me preguntan cómo estoy, respondo sencillamente que estoy vivo. Se aprecia mucho más el don de la vida y se toma conciencia de la fragilidad y de la necesidad de cuidar y cuidarnos con naturalidad, sin obsesiones ni negligencias.

—¿Cómo es posible que ante todo este sufrimiento, al trabajo extenuante de los sanitarios por salvar vidas… hayamos aprobado la Ley de Eutanasia? ¿Qué podemos hacer los cristianos para dar valor a la vida en este momento?

—Me parece, desde todos los puntos de vista, un contrasentido escandaloso, con el espectáculo cruel añadido de parlamentarios aplaudiendo la muerte. La aprobación de la Ley de la Eutanasia es, en definitiva, legalizar el suicidio asistido y abrir un «corredor de la muerte» para personas en debilidad. Se ha optado así por la ideología de una cultura de la muerte y se ha descartado la opción por potenciar más los cuidados paliativos cuando no es posible la curación. Todo un síntoma de las carencias éticas que padecemos en nuestra sociedad. Los cristianos han de tomar conciencia de pasar a la acción, iluminada por la Doctrina Social de la Iglesia, en el fomento de la cultura de la vida que nace de la dignidad irrenunciable de la persona humana. Y hacerlo no solo en el ámbito personal y familiar, sino también en el espacio público, en el ámbito social y político de influencia donde se desarrollan las costumbres y las leyes, y hacerlo, mano a mano, con otras personas y colectivos de la sociedad civil con los que se comparte una sana visión del hombre y de la sociedad. Hay que pasar a un cristianismo más social y público, especialmente los laicos. La fe hay que llevarla no solo al culto público sino también a la vida pública. Y, por supuesto, hay que rezar más también para establecer una sociedad más justa y respetuosa de la vida, de toda vida humana.

—Una sociedad progresista, ¿no debería ser aquella que construye una Casa Común para el cuidado de la vida, sobre todo de las personas más frágiles?

—Ciertamente, pero el calificativo de «progresista», como otros en circulación en el ámbito político, está enormemente desgastado, vacío y de puro eslogan para el mercadeo político.

«Hay que pasar a un cristianismo más social y público»

—Ante todo lo que hemos vivido en estos meses…. Acumulamos vivencias de dolor. ¿Estamos cansados de estar cansados?

—Es lo que se percibe en mucha gente y así el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud ha redefinido el concepto de «fatiga pandémica», la cual describe ahora en la crisis de la covid-19 como una «reacción de agotamiento frente a una adversidad mantenida y no resuelta» que puede conducir a la alienación y a la desesperanza. Los cristianos sentimos, como humanos que somos, estas consecuencias, pero a la vez tenemos los recursos sobrenaturales que frente al dolor nos da la fe y hemos de aprovecharlos e iluminar con ellos esta situación de crisis para salir más fortalecidos y mejores. Uno de los dones del Espíritu Santo es el de fortaleza. Hoy más necesario que nunca. Hemos de pedirlo.

—Aunque nuestro confinamiento no es como el del año pasado, los españoles seguimos sin poder salir de nuestras comunidades. Una curiosa paradoja existencial que vemos reflejada en santa Teresa, que eligió la clausura. ¿Qué paralelismo podemos encontrar?

—La de nuestra santa Teresa de Jesús fue una opción totalmente vocacional —una llamada de Dios— y enormemente fructífera en lo personal y para la comunidad cristiana y la humanidad. La clausura está transida de comunión y fraternidad. La nuestra es obligada y de confinamiento cerrado, de refugio frente a una pandemia.

—Ávila celebrará del 12 al 15 de abril un Congreso que actualiza el mensaje de la Santa hoy.

—Eso pretendemos con este congreso Teresa de Jesús, mujer excepcional: Mantener viva y difundir la luminosidad de la santidad de Teresa de Jesús, la primera mujer Doctora de la Iglesia.

—Los obispos nos han invitado a plantearnos cuál debe ser la respuesta de los cristianos en este momento histórico. ¿Cómo podemos dar protagonismo a ese testimonio?

—El Evangelio es el de siempre y nos corresponde hacerlo presente con coherencia, audacia y creatividad  hoy. Toda renovación cristiana es recobrar el vigor transformador de los orígenes para el momento presente dando razón de nuestra esperanza mostrada en una caridad sin fisuras. Nuestro mejor argumentario es el amor cristiano.

—También hace poco más de un año del Congreso de Laicos. ¿Es ahora más si cabe el momento de darles el protagonismo en esta sociedad secular?

—Hay que pasar de los dichos a los hechos, huyendo de dos patologías contra las que nos pone en guardia el Papa Francisco como son el clericalismo y la mundanidad. Lo propio de los laicos no es su proximidad al papel o las «cosas de los curas o los religiosos», sino la secularidad, el mundo civil vivido con el espíritu cristiano. Ahí está su santidad y apostolado y

en esa línea apuntaban los trabajos del Congreso de Laicos. Pero hay que cumplir las buenas intenciones, también las congresuales, sino se quedan en actas coleccionables. Todos somos necesarios en la Iglesia. No hay «clases pasivas».

—La sinodalidad y la unidad son referencia del Pontificado de Francisco…

—Todos hemos de estar afectiva y efectivamente en unidad y comunión con el Sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Para un católico esta no es una cuestión opcional de «sensibilidades», es una nota esencial de nuestro ser católico, de eclesialidad. Su testimonio y su enseñanza son para nosotros una gracia del cuidado de Dios para su Iglesia y, en estos momentos, es especialmente valioso. Hemos de desechar todo lo que atente a la necesaria unidad intraeclesial que tiene como garante al Papa.

—Él mismo reconoció que el viaje de Irak fue cansado, pero aún le quedan fuerzas. ¿Cómo podemos definir estos ocho años?

—No es fácil dar una respuesta sintética, aunque cada vez veo más claro, personalmente, que los acentos de su Pontificado son los que están en el contenido en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium, verdadera hoja de ruta para la Iglesia, como él señaló. Pero lo que me impresiona es su esfuerzo por alentar en la misión de la Iglesia la propuesta trasformadora de la caridad cristiana en todos los órdenes.

—El Papa Francisco ha hablado durante este tiempo de los medios de comunicación como herramientas para «tejer hilos» de historias que humanizan, historias de fraternidad. También nos ha insistido en no promover las fake news. Como «colega» periodista, ¿qué debemos potenciar en la comunicación de la Iglesia?

—Pienso que tenemos un extenso magisterio sobre la comunicación social, pero nos quedamos paralizados en esto, como en otros ámbitos de la vida de la Iglesia, a la hora de las concreciones coherentes, de pasar a las realizaciones en la secularidad y se cae también en el «clericalismo comunicativo» o en la «mundanidad comunicativa». Hay que dejar los contagios comunicativos ideológicos, también eclesiales, y ejercer la comunicación no como poder, sino como servicio al público, también católico. Se trata de «procesos», como dice el Papa y no de «ocupar espacios».



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