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José María Gil Tamayo: Juan del Río, entrañable hombre de Dios y de la Iglesia
Opinión

José María Gil Tamayo: Juan del Río, entrañable hombre de Dios y de la Iglesia

No termino de creérmelo. Parece mentira. Podría haber sido yo en vez de él y es como si se hubiera cambiado el guión previsto inicialmente de la representación en el Gran Teatro del Mundo. Pero, por desgracia, así ha sido y nos ha dejado casi sin darnos cuenta el arzobispo castrense de España, don Juan del Río Martín, víctima de la covid-19, engrosando así el triste parte de guerra de los caídos, que cada día engrosan los informes sanitarios de esta dura pandemia, que tanto sufrimiento está causando y que sentimos más cruel cuando nos toca en primera persona o en la de familiares y amigos, y nos despierta del acostumbramiento y —por qué no decirlo— de la superficialidad personal y colectiva, también eclesial, que nos envuelve a pesar de las reiteradas llamadas de atención del Papa Francisco en esta crisis, reclamándonos la vuelta a lo esencial cristiano, a Dios y a una nueva fraternidad universal. Las cosas en todos los órdenes no pueden ser como antes sin más ni para la sociedad ni para la propia Iglesia.

Nadie es imprescindible, cierto. La vida sigue y se ponen en marcha los mecanismos sucesorios al uso, pero los testimonios que están aflorando estos días sobre don Juan del Río ponen de manifiesto la grandeza humana y cristiana de su persona y de su trayectoria pastoral de sacerdote y obispo, que él siempre —para esto sí tenía anticuerpos— vivió sin la mínima concesión a una falsa humildad a la que era ajeno, lo mismo que a la ostentación, que repudiaba.
La hondura cristiana de su vida y la fecundidad de su trabajo pastoral ahora se ven reconocidas por personas distintas y distantes en el tiempo y en la variada y ancha geografía humana de sus muchas relaciones sociales y apostólicas, siempre llenas de cordialidad entrañable y cercanía de Evangelio alegre.

Estos testimonios, ahora sí al descubierto, además del reconocimiento y la gratitud debida nos dan una idea del vacío difícil de llenar en nuestra Iglesia que nos deja don Juan, a la vez que muestran lo que sabíamos sin decirlo: un gran hombre de Dios y de Iglesia, cultivado en lo humano y en lo divino, con sus saberes de experiencia y conocimiento en las ciencias humanas y en la Teología, bagaje que en él siempre tenían una finalidad apostólica de diálogo fe-cultura, de la que ha sido un verdadero apóstol y divino impaciente, como lo demuestra su fecundo trabajo en la Universidad hispalense con la creación del Servicio de Atención Religiosa Universidad de Sevilla (SARUS). Lo mismo que de su afán evangelizador en el campo de las comunicaciones sociales que califican la cultura de nuestro tiempo, en especial por su estilo abierto y cercanía a los comunicadores.

Su profunda vida interior era su soporte necesario, que cultivaba con larga oración y genética espiritual de la pura sabia sevillana de santa Ángela de la Cruz. Sus servicios pastorales, de trato directo con la gente, de cura de almas —que nunca dejó de serlo— han pasado desde el ámbito parroquial hasta la dedicación a la formación sacerdotal. Quería y cuidaba a sus sacerdotes con un amor de predilección al estilo de su maestro san Juan de Ávila. Vivió al compás del Santo Pueblo de Dios, en el decir del Papa Francisco, sintiendo como propia la religiosidad popular de su tierra andaluza de la que siempre se consideró con santo orgullo hijo y deudor espiritual. A pesar de la distancia obligada amaba con pasión a su diócesis de Sevilla y a su «primera novia», la diócesis de Asidonia-Jerez.

Y cuánto trabajó y amaba al clero y a los fieles cristianos del arzobispado castrense que van a sentir de manera especial la orfandad por su muerte. Se afanó y escribió incansablemente para hacer de este necesario y justo servicio eclesial a las Fuerzas Armadas de España un verdadero trabajo evangelizador y, por ello, humanizador y de paz. Luchó como nadie para hacerlo valer —¡y entender!— con todo derecho en la Iglesia y en el ámbito civil. Un día se conocerán —o no— los grandes «servicios secretos» prestados por don Juan a la Iglesia y a España desde su servicio pastoral a las Fuerzas Armadas. ¡Descanse en paz de Cristo este «centinela de la paz», como a él le gustaba llamar a sus capellanes!

Por José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila
@jmgilt

ESPECIAL JUAN DEL RÍO



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