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José María Alvira, secretario general de Escuelas Católicas: «El papel más importante en la educación es el de la familia»

La pandemia que ha paralizado por completo el corazón del planeta ha puesto en las manos de los educadores la responsabilidad de sostener, cuidar y acompañar el espíritu inquieto de los alumnos. Durante la crisis sanitaria del COVID-19, los hogares se han convertido en pequeñas escuelas, las mesas de salón o de cocina en improvisados pupitres, los padres y las madres en pedagogos de la palabra, la disciplina y la paciencia…

Y ahí han permanecido las escuelas, sobrevolando los horarios, los recursos y las cuentas. Con cada alumno en el hondón de sus retinas, padeciendo su sentir, destejiéndole segundos al tiempo. Sin excusas ni coartadas. Sin fuerzas, por momentos. Pero sin abandonar.

José María Alvira, secretario general de Escuelas Católicas, es consciente de que la educación es la barca que nunca naufraga, aun en medio de la tempestad, cuando todo lo aprendido se olvida. Porque cuando la noche se apodera del alma, como hemos vivido en primera persona, se hace más necesaria que nunca la escucha sensible en quien depositar los fantasmas, la palabra sincera, la mirada compasiva. Y el personal docente, de la mano de cada centro educativo, ha dejado constancia de que todavía queda esperanza en el presente, aun cuando parece que todo está perdido.

—El 14 de marzo los centros educativos de España se cerraron por la declaración del estado de alarma. Desde entonces, 10,3 millones de estudiantes reformularon su hoja de ruta educativa para comenzar a caminar por el sendero de las nuevas tecnologías. Y también los profesores. ¿Cuál ha sido el papel de la educación (en general) y de Escuelas Católicas (en particular) durante el confinamiento?
—Ha habido una magnífica respuesta general de los centros. Además de las medidas generales de coordinación, programación y seguimiento que se han realizado en la transición a una educación a distancia, se han puesto en marcha numerosas medidas específicas para llegar a todos los alumnos, superando para ello una diversidad de retos y emprendiendo iniciativas variadas. Las escuelas católicas han demostrado que han sabido mantener y reforzar su compromiso por una educación integral de todos los alumnos.
Desde la organización de Escuelas Católicas, hemos tratado de apoyar a diario toda la labor de los centros y de las entidades titulares con orientaciones y recursos desde diferentes perspectivas: educativas y pedagógicas, pastorales, jurídicas…

—De esta manera, hemos comprobado que la educación se lleva a cabo en comunidad. Un acompañamiento, tanto a las familias como a los alumnos, centrado en el corazón de la persona, ¿no?
—Lo importante en educación siempre es la persona y, especialmente, la del alumno: esta ha sido la razón fundamental de todo el esfuerzo. En él han colaborado las entidades titulares, los equipos directivos, los profesores y tutores, todo el personal de los centros. Y no podemos olvidar, por supuesto, a las familias: no siempre les ha resultado fácil a los padres combinar sus propios trabajos con el seguimiento de las tareas de sus hijos, la utilización de los recursos tecnológicos (cuando los había), la incertidumbre laboral y el mantenimiento y cultivo de un ambiente familiar adecuado y positivo.

Se ha hecho un gran esfuerzo por llegar a todos, estén donde estén, personalizando la comunicación en función del destinatario, del mensaje, del contexto, y empleando un abanico de canales. Los centros han tratado de ir al encuentro de las familias; para aquellas que no tienen acceso a la comunicación digital, el seguimiento se ha hecho por teléfono o haciéndoles llegar material impreso.

—El comportamiento de los profesores y de los alumnos en este tiempo de pandemia por el coronavirus ha sido admirable en todos los sentidos. No hay lugar posible para la crítica cuando pensamos en sus nombres. ¿Qué podemos sacar en positivo de todo esto?
—En una situación totalmente inaudita, para la que no existía un plan prefijado, las respuestas se han tenido que construir sobre la marcha, con dudas pero también con mucha creatividad. Entre los docentes se han compartido muchas ideas, inquietudes, herramientas y recursos. Hemos sido testigos en este periodo de una gran generosidad en toda la sociedad, y también en el mundo educativo.

—¿A veces es necesario un paréntesis, una frenada en seco, para discernir sobre cómo estamos viviendo y, a la vez, educando?
—Ha habido que hacer discernimientos y tomas de decisiones sobre la marcha. Pero será cuando pase toda esta etapa provocada por el COVID-19, cuando se pueda hacer una reflexión serena y en profundidad sobre lo que ha pasado y cómo hemos actuado todos. Ahora podemos sacar algunas conclusiones, pero me parece que se requiere un poco de calma y de distancia para esa reflexión que, sin duda, va a ser necesaria en toda la sociedad.

—Esta situación nos ha enseñado, de alguna manera, que el futuro inmediato es hoy… ¿Es posible la esperanza?
—Es posible y es necesaria. No se trata de un optimismo ingenuo y superficial, sino de algo más profundo y de más largo alcance. Y ahí la escuela cristiana tiene algo que decir y que hacer. Tendremos que estar atentos y escuchar a nuestros alumnos, favoreciendo que puedan expresar cómo se sienten, qué han aprendido, qué consecuencias ha tenido en ellos esta larga ausencia; habrá que acompañarles también en los procesos de duelo por las pérdidas de seres queridos. Pero todos estos procesos y las precauciones sanitarias no deben arrastrarnos a fomentar una visión recelosa de la realidad y del contacto con los demás. Deberemos cultivar en los niños y jóvenes una visión positiva de la realidad.

—Es asombroso ser testigo de cómo, a través de las relaciones telemáticas y cibernéticas, es posible construir redes humanas hasta hacerse, en una misma piel y a una sola voz, familia y vida. ¿Este ha sido, tal vez, uno de los mayores éxitos en medio de este desastre mundial?
—Sin duda. Los medios tecnológicos nos han mostrado su cara positiva y amable, permitiendo el acercamiento entre personas, aunque estuvieran físicamente alejadas. Y tras la utilización que se ha hecho de las comunicaciones telemáticas, habrá que hacer una evaluación cuidadosa sobre su papel en la educación, sin apriorismos ni fanatismos. En cualquier caso, la educación presencial seguirá siendo indispensable, no solo para la adquisición de conocimientos y competencias, sino para aprendizajes y vivencias que no son posibles de otra manera.

—La relación entre profesor y alumno se ha hecho más cercana, más personal, más humana; hasta el punto de echarse de menos —unos a otros— como nunca lo habían sentido… ¿El dolor, como la felicidad, conectan en lo más íntimo del corazón?
—Un foco muy importante en la acción tutorial de este periodo ha sido el acompañamiento emocional, tan necesario o más que las orientaciones académicas.
En este aspecto también ha aflorado la creatividad de los centros y del profesorado, con planes de cuidado emocional y espiritual, acompañamiento en situaciones de duelo, utilización de diversos canales para escuchar a los alumnos. Se ha hecho tanto de manera espontánea en videoconferencias y llamadas telefónicas, como de manera estructurada mediante la creación de recursos, elaboración de pautas y generación de sesiones específicas de interioridad.
El apoyo emocional se ha extendido a los profesores y también a familias, mediante guías de acompañamiento, recomendaciones para sobrellevar el confinamiento, pautas para las primeras salidas de los niños, etc. En momentos especiales como los estos es importante saber conectar con lo más íntimo y profundo de las personas.

—Ha quedado patente que la familia es la principal escuela de humanidad. ¿Qué importancia tiene la familia en el imprescindible mundo de la educación?
—El papel más importante en la educación es el de la familia. La escuela colabora con ella, desde su función específica. La situación vivida en este período tan especial lo ha vuelto a poner de manifiesto. Aunque parezca una obviedad, en estos momentos conviene recordarlo, cuando algunos pretenden que sea el Estado —el poder público— quien detente ese derecho y ese deber.

—Y, en concreto, las escuelas católicas, ¿cómo han aunado —en un mismo sentir— educación, compromiso y fe?
—No han atendido solo a las necesidades de naturaleza académica de sus alumnos. De acuerdo con sus proyectos educativos han procurado cuidar también otros aspectos importantes: su situación anímica y emocional, sus relaciones familiares, su dimensión espiritual y religiosa. La oración se ha cuidado especialmente en estos tiempos de incertidumbre por diversas vías: oración diaria por videoconferencia con el claustro, oración de cada profesor con sus alumnos, oración publicada en las redes sociales… Las redes sociales han hecho también posible la participación en la vida litúrgica, con la retransmisión en directo de las celebraciones eucarísticas. En muchos centros se ha seguido el calendario litúrgico y de manera especialmente cuidada la Semana Santa y la Pascua, en mayo el mes de María… También se han creado espacios específicos con recursos pastorales en la web del colegio o en una revista digital, se han llevado a cabo convivencias en línea con el profesorado, catequesis por videoconferencia, espacios de escucha a las familias, creación de aulas emocionales…

—Da la sensación, una vez más y en todos los sentidos, de que la Iglesia se hace fuerte cuando más arrecia el temporal…
—Además de los cuidados ligados al ámbito escolar que he mencionado antes, en muchos casos ha sido necesario tomar medidas específicas para apoyar a las familias más necesitadas, a veces con recursos propios y otras colaborando con otras entidades: parroquias, servicios sociales, Cáritas, Cruz Roja, centros de atención a la Infancia, ayuntamientos, etc. En muchos casos se han tomado medidas para ayudar económicamente a las familias, mediante becas de escolarización, descuentos en la matrícula, flexibilización de plazos de pago, apertura gratuita de plataformas educativas o asignación de licencias digitales a todo el alumnado, reducción de las cuotas de los cursos no concertados, etc. En ocasiones se han llegado a crear fondos solidarios con donaciones del personal y de la titularidad para apoyar a las familias más necesitadas, incluso con alimentos para las situaciones más críticas. Los alumnos inmigrantes y aquellos con necesidades educativas especiales han merecido una atención particular por diversos medios.
En momentos de dificultad, como los que hemos vivido, la Iglesia nunca esconde la cabeza.

—Durante este tiempo, hemos aprendido a educar y a comprender de otra manera, desde la paciencia, sobre corazones lastimados, con un esfuerzo compartido y en un lenguaje nuevo: el del amor. ¿Cómo ha estado presente Dios (el mejor Maestro) cuando, en medio de la incertidumbre, solo había lugar para la esperanza?
—Sin duda muchos jóvenes, adolescentes y niños, lo mismo que los adultos, se habrán hecho preguntas durante el período de confinamiento sobre la enfermedad y la muerte, la fragilidad humana, la solidaridad, la distribución de la riqueza, el papel y los límites de la ciencia, los derechos individuales y el bien común… A todos nos ha impresionado el testimonio de personas que, por diferentes motivos, han actuado con decisión y valentía en los momentos difíciles, incluso poniendo en riesgo su propia salud. Algunos —los creyentes y quizá también algunos agnósticos— se habrán preguntado sobre la presencia o el silencio de Dios, sobre el valor de la oración. Sin duda, estas cuestiones u otras parecidas han estado presentes en la experiencia de muchos. Por eso, cuando nuestros alumnos vuelvan al colegio, es el momento de tratarlas con ellos, de manera adecuada a cada edad. Es una oportunidad y una necesidad. Habrá que hacerlo en los primeros momentos, sin forzar las cosas. Pero habrá que ir haciéndolo también más adelante. La experiencia vivida por los alumnos y profesores será un recordatorio y un estímulo para tratarlas.
En realidad, esa es la tarea última de toda escuela: ayudar a plantear las cuestiones fundamentales en el nivel adecuado y proponer respuestas posibles, para que puedan ir tomando sus opciones vitales cada vez con más madurez. Y si se trata de una escuela católica, la dimensión trascendente y la dimensión religiosa deben estar presentes en esos planteamientos.

Por Carlos González

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