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José Luis Segovia: «La Iglesia ha estado donde los Servicios Sociales no han llegado»

El coronavirus se ha cebado con Madrid, que ha llegado a ser uno de los principales focos de esta pandemia mundial. Además de los muertos y afectados a nivel de salud, la enfermedad también está teniendo graves consecuencias para muchas personas que están cayendo en una vulnerabilidad extrema. Según el informe presentado por Cáritas diocesana de Madrid, las ayudas han aumentado en un 94% y el 68% de las atenciones han sido en el ámbito de la alimentación.
Así nos lo ha explicado José Luis Segovia, vicario para el Desarrollo Humano Integral y la Innovación de Madrid, que lamenta que la falta de ingresos de las familias haya provocado que la periodicidad de las intervenciones haya aumentado, e incluso, familias que no habían acudido nunca antes a Cáritas o no lo habían hecho en los últimos cinco años, están en las llamadas «colas del hambre».

—Esta crisis ha llevado a una situación límite a muchas personas, en tan solo tres meses. ¿Cómo se ha multiplicado la Iglesia para llegar a tantos?
—Efectivamente, en Madrid hemos multiplicado prácticamente por cuatro el número de expedientes familiares, de atención familiar. Pero a mí me gustaría destacar que lo que se ha multiplicado más aún es la solidaridad. Me siento muy orgulloso. Orgulloso de la Iglesia de Madrid, que ha sido capaz de no echar el cierre, a diferencia de lo que ha ocurrido en los Servicios Sociales municipales que sí cerraron. Nosotros hemos mantenido la presencia en todas las vicarías desde el momento cero, porque nos parecía que era vital la presencia física en la atención a las personas. Lo nuestro no es simplemente una atención social, sino que es el ejercicio de la caridad.

—Y además, la caridad no cierra…
—La caridad de Cristo nos urge y nos motiva. Esto implica asumir un nivel mayor de riesgo y también de compromiso y eso nos ha hecho decir «no se cierra». Por tanto, todas las vicarías han estado operativas. Como cosa inédita, se ha mantenido una atención veinticuatro horas los siete días de la semana. Se ha pretendido que ninguna persona quedase fuera del paraguas, al menos en la escucha y en la atención urgente. Siempre ha habido alguien que respondía al teléfono gracias a voluntarios que han estado disponibles y a los profesionales que han estado entregándose, también voluntariamente, para poder valorar una demanda de alimentos urgente a deshora y que esa persona tuviera una bolsa con alimentos para poder comer. La solidaridad de los técnicos de Cáritas, sumado al excelente trabajo que ha habido en equipo, ha dado como resultado a la propia Iglesia. Cáritas, la delegación de Juventud, Pastoral Penitenciaria, Pastoral Gitana, la Pastoral Universitaria… todos sumando. Y ese resultado es la Iglesia de Jesús, que ha hecho un esfuerzo enorme de trabajo en equipo, de trabajo conjunto para que «no se pierda ninguno de los que nos han sido confiados», como dice el Evangelio.

—Esa unión se ha visto, sobre todo en las semanas más duras de confinamiento, en el conjunto de la sociedad.
—¡Ha sido un trabajo tan bonito de sinergia, de coordinación de cosas realmente distintas! La solidaridad de la sociedad madrileña ha sido impresionante: Han llegado donaciones como nunca, donaciones en especie pero también de empresas que han reconvertido su productividad orientada hacia el servicio al prójimo, entregada gratuitamente o a precio de coste, que nos ha permitido distribuir alimentos preparados, precocinados, atender a gente a la que no se podía llegar de otra manera. Esa solidaridad me ha impresionado y me ha emocionado muchísimo, sobre todo la que viene «del mundo joven». Porque desde el comienzo de la pandemia, a la lista única que tenemos de Cáritas Madrid, se han incorporado tres mil personas con una edad media de 30 años, gente universitaria, que no había tenido ninguna experiencia de voluntariado y que se ha apuntado sin reservas. Esta gente está dando «el do de pecho» en el ejercicio de la caridad y de la solidaridad. Esta reacción habla muy bien del ser humano y que Dios no se ha equivocado cuando decidió que iba a encarnarse en nuestra condición. Las personas somos capaces en momentos difíciles de sacar también la mejor versión de nosotros mismos.

—¿Y va a seguir haciendo falta esa solidaridad y ayuda para salir juntos de esta crisis?
—Desgraciadamente, venimos de una situación que arrastra la crisis de 2008, no superada, y en concreto en Madrid, los datos del Informe FOESSA nos hablaban de que ha habido una recuperación en cifras macroeconómicas importante, pero que ha sido una recuperación desigual. La Comunidad de Madrid es una de las que tiene las tasas mayores de desigualdad. La población que se encuentra en los tramos inferiores de renta estaba en una situación bastante comprometida cuando ha llegado la crisis de la pandemia, y eso ha provocado un efecto devastador, una situación de precariedad, incluso de vulnerabilidad, de hambre. Las personas que tenemos ahora mismo en demanda de alimentos no son el perfil clásico del pobre, sino gente familiarmente integrada que tenía un trabajo, pero que ha llegado un ERTE o ha quedado en situación de desempleo, o que tenía algunas deudas y que ahora mismo se han visto colapsados. El tema alimentos ha sido el de emergencia primera, pero ahora se incrementan las necesidades de vivienda o suministros. Nos hemos encontrado a gente que estaba pagando por vivir en una plaza de garaje.

—Y tras los alimentos y la vivienda, vendrá el problema del trabajo…
—El desempleo es lo que va a hacer que esa brecha de desigualdad crezca, de ahí que sea muy importante lograr un nuevo pacto social entre todos los actores. Ahora no se trata de generar dialécticas sino al revés, crear diálogo y consenso. El papel que tienen las administraciones públicas a la hora de liderar políticas sociales tiene que compaginarse con las empresas y la generación de tejido social que ayude a promover nuevos contratos. Tenemos que desarrollar nuevas sinergias, nuevos consensos que nos ayuden a salir adelante. Se necesitan iniciativas con responsabilidad social corporativa sin olvidarnos del compromiso del tercer sector, de la sociedad civil y de los particulares. Esta crisis la sacaremos adelante en la medida en que cada actor asuma su responsabilidad, empezando por los particulares. Si yo me ofrezco a mis vecinos para echarles una mano en aquello que necesiten, este vecino ya no va a tener la urgencia de ir a una instancia administrativa para que se lo solucionen y no vamos a colapsar el sistema. Si, además, la parroquia es capaz de atender lo que tiene alrededor, seguimos respondiendo desde el propio territorio y no corremos el riesgo de que se colapsen los niveles superiores. Tiene que primar el principio de subsidiariedad.

—¿Y cuáles son los desafíos que tenemos como Iglesia para responder a la demanda que va a surgir a partir de ahora?
—Yo creo que el desafío que tiene siempre la Iglesia es el de aunar las obras y las palabras, es decir, la Iglesia existe para evangelizar y en este tiempo eso significa, más que nunca, dar buenas noticias de parte de Dios. Además de las situaciones económicas, que van a ser importantísimas, está también la necesidad de una oferta de sentido desde nuestras convicciones más profundas. Esta crisis nos ha dejado desnortados, con una inseguridad existencial enorme. Por eso, el Evangelio, y ese papel fundamental de la Iglesia, constituye una hoja de ruta, una cartografía y una brújula idóneas para dar sentido a la existencia de las personas. Ahora, el anuncio del Evangelio tiene más significado que antes, si cabe, pero junto con ello, la vía de la caridad, que en la historia de la Iglesia y en los momentos de crisis, ha sido una vía privilegiada para mostrar la ternura, el cariño y la mano larga de Dios que se acerca a las personas que sufren. Con todo ello hay otro desafío importante, que es el emocional. Nos vamos a encontrar con muchas personas con depresión, crisis matrimoniales, problemas en las familias, crispación y tensiones, personas que se encuentran solas… Ahí tenemos que ser capaces de apoyar, de mediar, de operar como un actor de reconciliación, de perdón, que trate de tender puentes.

—Y además tenemos las mejores herramientas para llevar a cabo esos retos.
—Así es, la fortaleza de la Iglesia en general, y de Cáritas en particular, aglutina un sinfín de manos como las congregaciones religiosas y muchas otras entidades de Iglesia que están trabajando también en todo el territorio. Nosotros no somos la UME (Unidad Militar de Emergencias) que es un órgano centralizado que puede acudir a cualquier sitio y que lanza paracaidistas. No, nosotros somos una organización diseminada por todo el territorio, nuestra cultura organizacional es territorial. Queremos activar al máximo las Cáritas parroquiales dándoles todo el apoyo desde la estructura, a ellas y a los párrocos que han estado al frente, haciendo un ejercicio de la caridad en nombre de toda la comunidad. Por eso, la campaña «quiero ser tu vecino de apoyo», hace crecer esa fortaleza. La línea de fuerza es esa, la proximidad, la vecindad, la solidaridad que ha explotado en la Iglesia y que efectivamente nos ha desbordado. Al igual que se han multiplicado las necesidades, se ha multiplicado la gracia de la solidaridad y de la caridad. El culto se ha suspendido para evitar aglomeraciones, pero las iglesias han permanecido y permanecen abiertas. Como dijo nuestro arzobispo, el cardenal Osoro, «hemos estado confinados, pero no cerrados».

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