Revista Ecclesia » José Luis Méndez: «Lo que hay que eliminar es el sufrimiento, no al que sufre»
José Luis Méndez: «Lo que hay que eliminar es el sufrimiento, no al que sufre»
Imagen extra
Destacada Iglesia en España Última hora

José Luis Méndez: «Lo que hay que eliminar es el sufrimiento, no al que sufre»

En 1948, la incipiente ONU propuso que se estableciera un día donde se pudiera conmemorar la fundación de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El día escogido fue el 7 de abril.

73 años después la OMS se encuentra en el ojo del huracán tras la llegada de la covid-19. La falta de prevención, las distintas versiones arrojadas a lo largo de este último año de pandemia respecto a las medidas de protección o la eficacia de según qué tratamientos ha generado, en un ambiente de sobreinformación, un marco de dudas que los expertos en el ámbito tratan de esclarecer entre el ruido de los telediarios y las terrazas de bar.

Sobre esta cuestión o la recién aprobada Ley de Eutanasia, le preguntamos a José Luis Méndez, director del departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española.

—Tras la recién aprobada Ley de la Eutanasia, ¿dónde quedan los cuidados paliativos? 

La Sociedad Española de Cuidados Paliativos arroja unos datos preocupantes. Más de 60.000 personas mueren con un sufrimiento que es evitable. Me resulta tremendamente llamativo que no exista una ley de cuidados paliativos y sí una ley de la Eutanasia. Si hubiera más unidades de cuidados paliativos en España, se podría hacer mucho más de lo que se está haciendo ahora.  No estamos cumpliendo ni con los ratios mínimos. Definitivamente es una de las grandes asignaturas pendientes que tenemos. No ya solo en lo relativo a la aplicación de estos tratamientos sino también en la pedagogía de lo que es la persona. El concepto no es solo curar. Es cuidar siempre y curar cuando se pueda.   Lo que hay que eliminar es el sufrimiento, no al que sufre. 

— A la vista del ritmo de vacunación tan bajo que se está llevando a cabo en nuestro país y en la mayor parte de Europa y  a la vista de los vaivenes de este último año respecto a las medidas de protección de la salud, ¿cómo debemos adaptarnos al día a día?

En primer lugar, creo que tenemos que seguir siendo muy prudentes con el uso de la mascarilla. Aunque el ritmo de vacunación fuera más rápido de lo que ahora es, nos tenemos que seguir cuidando porque si se cumplen las expectativas de llegar a después del verano con un 70 % de vacunados, seguirá habiendo un 30 %  de la población que estará desprotegida. Este año hemos aprendido que se trata de un virus muy complicado, con una capacidad de mutación tremenda, siendo algunas de sus variantes más infecciosas y agresivas. 

Por otro lado,  uno de los principales problemas que tenemos es que es muy poco creíble la información aportada. Ha ocurrido con las mascarillas, sobre su uso o no, ahora con AstraZeneca… Hay una falta de criterio notable. Desde la UE se tendrían que haber hecho las cosas distintas. Se ha llevado a cabo una mala gestión, no solo de nuestro gobierno sino también por parte de la OMS y de los países europeos.

Necesitamos una medicina que integre e interprete a la persona en su unidad. 

— En estas circunstancias tan especiales, ¿cómo se potencia una pastoral de la salud que sea integral? 

Desde la CEE buscamos aportar información y dinamizar a los delegados para seguir con nuestra tarea de humanizar la asistencia y acompañamiento a los pacientes.  Queremos seguir fortaleciendo los lazos entre las capellanías de los hospitales y el personal sanitario. Está científicamente demostrado que cuando se cuida la dimensión espiritual en un paciente enfermo; cuando se le escucha y trata con afecto y cariño,  hay que dar menos ansiolíticos y se producen mejoras palpables. 

A día de hoy lo que está crisis es el sujeto y lo demás es consecuencia de negación de nuestra propia condición, de nuestra naturaleza. Cuando negamos los deseos de plenitud del corazón del hombre, cuando el hombre se pone en el lugar de Dios, cada uno tiene su propia verdad. Y eso no tiene ningún sentido porque yo tengo una naturaleza que no me he dado. A mi juicio, el gran reto está en el ámbito de la antropología. Necesitamos una medicina que integre e interprete a la persona en su unidad, acogiendo su dimensión física y espiritual. Solo así podremos acompañar mejor. 

— ¿Corremos el riesgo, con los avances en la biotecnología, de acabar cruzando el umbral de la mejora física para adentrarnos de lleno en el transhumanismo o en el posthumanismo? 

Creo que es fundamental aclarar esta cuestión. Todo lo que ayude a que la persona de forma individual pueda manejarse y mejorar su calidad de vida, como por ejemplo alguien que padece de un miembro y se le instala una prótesis biomecánica, pues bienvenida sea. Pero esto no significa dar competencias “sobre-humanas” a ese brazo. No es sustitutivo. La idea no es mejorar la especie sino ayudar a que el individuo pueda mejorar. Para mí, la gran frontera está en si se puede o no hacer transplantes de cerebro. Si cruzas esa línea, cruzas el principio de individualidad. Yo soy lo que soy por los recuerdos que tengo, por los deseos que tengo. Tocar el sistema nervioso central es muy delicado. La medicina tiene que ir en la dirección de poder seguir ayudando al hombre. Sea como sea, no se acaricia igual con una mano de titanio que con una mano de carne y hueso, aunque esta sea temblorosa. 

 



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa