Coronavirus

José Carlos Bermejo: «En medio de tanto dolor, Dios está más visible que nunca»

Son las 13.13 horas de un jueves diferente. Hoy el mundo tiembla de miedo. Y también de frío. Pero la vida promete volver, y pasar su mano silente por nuestras mejillas. Pasar, acariciando las lágrimas, para volver a ser lo que fue. Porque todo esto pasará. ¡Hay esperanza! Porque el corazón sigue latiendo, aunque sea de puntillas. El COVID-19 ha llegado con su peor cara. La más sombría de todas. Y lo ha hecho para que entendamos, con dolor, que besar y abrazar son la mejor cura para el alma. En las calles, el silencio rompe los tímpanos al corazón del ruido. El hogar se hace ternura, manta y refugio. Pero, más que nunca, anhelamos besar la luz. Tanto, que resulta casi imposible no asomarse por la ventana para saberse, en algún momento del día, a salvo.
Me asomo. Y, al despertar de la brisa, descubro la mirada de José Carlos Bermejo: un corazón de barro y bondad que, a diario, se deja el alma por cuidar. Con pasión y compasión. Cueste lo que cueste. Sea cuando sea. El director del Centro de Humanización de la Salud San Camilo abre las puertas de su intimidad, y también de su hogar. Allí, lejos de su Valladolid natal, asentado a las afueras de la localidad madrileña de Tres Cantos y en una morada con vistas al cielo, este religioso camilo, experto en humanización de la salud, counselling y duelo entrega su corazón —«a pie de obra y con el riesgo de morir»— a mayores, enfermos y pobres «al final de la vida».

—La pasión por cuidar en la fragilidad está en el ADN de los profesionales, también vulnerables, pero tenaces y fieles. ¿Cómo nació su pasión por cuidar en la fragilidad?
—Mi pasión por contribuir a humanizar el mundo de la salud mediante una cultura del cuidado centrado en la persona, se ha ido tejiendo a lo largo de los años por ósmosis de mis mentores y apasionados formadores. He tenido el lujo de contar con religiosos camilos en mi vida, que me han conectado con el genio de la caridad que fue san Camilo de Lelis, un gran reformador de la historia de la asistencia sanitaria en el siglo XVI. Conocerle a él, de manos de mis compañeros, me ha llevado a saborear el potencial que hay en el encuentro con el Jesús histórico que arrancó el movimiento más importante de toda la historia de la pasión por la salud de la humanidad. Comencé mi camino vocacional con los religiosos camilos con solo 11 años.

—Desde entonces hasta hoy, toda una vida acompañando historias desnudas, corazones delicados y soledades —a veces deshabitadas—. Ante tanto dolor, ¿no le duele la vida?
—Hay un precio inevitable en el trabajo con las personas que sufren. Lo llamamos «fatiga por compasión», el precio de la empatía. Es inevitable. Cuando este se vuelve patológico, lo designamos como «síndrome del burn-out» o desgaste profesional. Le puede suceder a cualquier profesional de la relación de ayuda en el sufrimiento. Y me duelen especialmente algunos sufrimientos evitables que habitan a personas con las que me encuentro, porque tienen un color de injusticia. Pero me duelen también los sufrimientos evitables por el mero hecho de entrar en ellos. Hay un sufrimiento vicario que hay que estar dispuesto a pagar por decidir trabajar en el mundo de la humanización de la salud.

—¿Cómo hace para seguir con el alma en pie?
—Seguir en pie, en el transcurrir de los años en contacto con la cara oscura de la vida, es posible cultivando los recursos internos, los valores, así como construyendo relaciones de soporte recíproco tanto en comunidad como en la amistad. Seguir en pie, con el paso del tiempo, es posible si dejamos que Dios haga su trabajo como artista del cuidado a través de nuestra frágil condición humana. Y es posible si nos consideramos sanadores heridos y, por tanto, también necesitados de ser mimados y acariciados por los demás, apoyándonos en el ancla de la esperanza comunitaria.

—En estos momentos, inmersos en plena crisis por el coronavirus, con cifras cada vez más dolorosas de personas que mueren solas, sin absolutamente nadie alrededor… ¿Cómo puede el ser humano afrontar la pérdida de los seres queridos en estas circunstancias?
—Es muy duro. Muchas personas se habían prometido fidelidad «en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, todos los días de la vida». Y ahora, en esta crisis, los motivos de salud comunitaria nos obligan a estar separados en la pena más grande: la separación final, la muerte. Nos expresamos, en el cuidado recíproco, la naturaleza de nuestro amor, de nuestro vínculo. Y ahora nos vemos privados de esta clave de oro del amor: la presencia en el morir.

—Una clave, sin duda, sagrada…
—Sí. Y tenemos que reaccionar con creatividad y reforzar el sentimiento comunitario. Traspasar en el corazón la confianza a los cuidadores profesionales, transmitirles mensajes que puedan hacerles llegar a los enfermos aislados, hacérselos llegar con las tecnologías de la comunicación que se pueda, suplir la caricia física por la caricia emocional y espiritual. La palabra también tiene el poder de acariciar. La ausencia de ritos y solidaridad en los primeros momentos de duelo es otra variable de sufrimiento que puede dificultar el trabajo de elaboración del dolor por la pérdida de un ser querido. Hay personas que están reaccionando con creatividad y creando asambleas virtuales y oraciones, y ritos que son seguidos en comunidad virtual. Son oportunidades de expresión de la solidaridad en tiempos de distancia física.

—Y qué importante es no recrearse en el drama para poder avanzar, ¿verdad?
—Necesitamos el dinamismo de la esperanza. Es propio de la esperanza lamentarse, en un primer momento. El que se lamenta es porque desea que las cosas no sean como son, sino de otra manera. Ahora bien, el que se instala en la lamentación no arranca el dinamismo de trabajar porque se haga realidad lo que anhela. Por eso, es penoso recrearse en el drama. Es saludable desahogarse y expresar los sentimientos, también los de desánimo; pero, a la vez, necesitamos comprometernos responsablemente por lo deseado, confiando en nuestros recursos, en los demás, en los recursos del corazón, en Dios mismo.

—Sin embargo, el hecho de no poder acompañar —de cuerpo presente— el dolor y la partida, ¿es un factor que puede aumentar el riesgo de complicación en el duelo?
—Efectivamente, no poder estar al final y en lo que rodea el morir, tanto antes de que se produzca, como después, es un factor que puede aumentar la vulnerabilidad al duelo complicado. La ausencia impide no solo el contacto físico, sino que en ocasiones impide la expresión directa de claves de cierre, como es darse las gracias, pedir perdón, verificar visiblemente el dolor de la separación, contemplar la naturaleza de la muerte como proceso, levantar acta de la verdad impuesta por la naturaleza, que es la transformación del ser vivo en cadáver…

—Pero, a veces, parece que solamente cuenta el final. Y entonces…
—Lo importante es no cargar las tintas sobre el valor de la presencia física en esos instantes, cuanto cultivar una mirada más amplia que lleve a tomar conciencia de que el final ha sido un proceso más largo, no solo el de separación o aislamiento. Lo importante es impedir que la valoración de esta ausencia sea solo negativa, puesto que se puede leer también como un acto de amor a la salud propia y de la comunidad. Lo importante es tener el coraje de pedir ayuda con naturalidad a referentes expertos en el acompañamiento en duelo complicado, como los Centros de Escucha San Camilo, que existen en España a partir del primero, fundado en 1997.

—¿Y dónde está Dios en medio de tanto dolor, angustia, incomprensión, impotencia y sufrimiento?
—Dios está más visible que nunca, si cabe. Lo estamos viendo en su bondad y misericordia en el batallón de profesionales de la salud y del cuidado en centros de mayores, que, en circunstancias límite y sin suficientes recursos de protección, están mostrando la ternura de Dios y su presencia saludable: que da salud y cuidado. Dios está más visible que nunca —como siempre ha estado— en la persona que sufre y está crucificada en su cama, en su casa, en la residencia o en el hospital, esperando que otro ser humano tenga lo suficiente y necesario para cuidarle dignamente. Dios sufre en el que sufre, sana a través del cuidador.

—¿Y cómo y cuánto ayudan la fe y la mirada creyente que pone la esperanza en algún rincón del cielo?
—La dimensión espiritual es un factor que protege la resiliencia, la posibilidad de crecer en la situación traumática. El dinamismo de la esperanza, propio del ser humano y muy particular del creyente, refuerza el compromiso por el bien y la paciencia en la adversidad. El dinamismo sanante de la esperanza construye comunidad y esfuerzo por ayudarnos unos a otros, tanto física como emocional y espiritualmente. La fe en Dios permite cultivar la interioridad y la relación personal con lo más íntimo de nosotros mismos, y dirigirnos —desde lo hondo— a Aquel que siempre ha estado y estará de nuestra parte y con nosotros.

—¿Qué le diría, desde un corazón como el suyo, que tanto sabe de batallas, silencios y consuelos, a alguien que debe despedirse de un ser querido dándole un beso y una caricia con mascarilla y guantes de látex?
—Que suelte la lengua y use las palabras. Con ellas puede acariciar. Si en otro momento el silencio era el mejor compañero de la caricia física y la presencia, ahora puede ser al revés. La palabra puede ser el mejor vehículo para decir lo que diría la piel. Decir gracias, te quiero, adiós, pedir perdón, resumir lo que ha significado uno para otro o pedir un legado espiritual si el otro lo puede hacer, son claves para estar en los momentos de despedida, cuando esto es posible.

—Los camilos hacen un voto solemne de «cuidar a los enfermos, incluso con peligro de la propia vida». ¿Qué sentido tiene este voto y hasta dónde están sus manos dispuestas a cumplirlo?
—Estoy haciéndolo, junto con mi comunidad. Estamos a pie de obra en el Centro San Camilo de Tres Cantos, para mayores y enfermos al final de la vida. Nada nos echará para atrás. Pero esto que era en otros tiempos algo que definía a la Orden porque, de lo contrario, muchas personas se retiraban del cuidado en situaciones de contagio, hoy forma parte de la generalidad de los profesionales de la salud. La humanización a la que hemos asistido, se expresa también en esta conciencia de los profesionales (salvo rara excepción), de tener que cuidar porque está en el carné de identidad de todos los profesionales del cuidado.

—Un carné de identidad que, imagino, da sentido del primero al último de los latidos que configuran la Orden. Y un camino por el que san Camilo de Lelis hacía especial hincapié, en su afán de servir a los pobres y morir por ellos… Qué manera tan preciosa y, a la vez, tan complicada de imitar a Jesús, ¿no?
—Esta es una manera muy inmediata de seguir a Jesús. Leer el texto del Juicio Final, en Mt 25, 31-46, nos hace tomar conciencia a todos los cristianos que nos juzgamos a nosotros mismos, es decir, nos construimos un cielo o un infierno en el mismo gesto del cuidado. El cielo es el mundo del cuidarse sin condiciones. Ese es un paraíso impregnado de la presencia de Dios.

—Tal vez, en esos segundos, cuando más duele vivir (o morir), nos damos cuenta de la importancia de un beso, un abrazo, una caricia o un mirar a los ojos mientras pronuncias el nombre de un ser querido…
—Uno de los aprendizajes de la crisis por coronavirus es la conciencia del valor del contacto físico. El mismo Jesús lo puso en valor, tal como lo descubrimos en las narraciones de los milagros de curación. La mirada, en estos momentos, refuerza su valor al estar restringida la posibilidad del contacto físico. También la mirada puede acariciar. La sabiduría popular dice que «hay miradas que matan». Pero es igualmente cierto que «hay miradas que dan vida», que ayudan al otro a ponerse de pie, a resucitar, a levantar el ánimo, a consolar, a sostenerse recíprocamente. La mirada tiene un poder impresionante y es terapia para el desanimado.

—¿Cuál es el mejor mensaje de esperanza que puede escribirse en una corona de flores?
—Sencillamente: te quiero, gracias, a Dios.

Por Carlos González
@CharlyTotusTuus

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