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José Antonio Arroyo, misionero burgalés: «Allí donde éste, un sacerdote tiene que llevar la Buena Noticia, ser Buena Noticia»
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José Antonio Arroyo, misionero burgalés: «Allí donde esté un sacerdote tiene que llevar la Buena Noticia, ser Buena Noticia»

La cabra siempre tira al monte, dice el refrán castellano. Y la vocación sacerdotal del burgalés José Antonio Arroyo Victoriano siempre ha estado unida a la misión. De ahí que el presbítero, nacido en Lerma en el seno de una familia de cinco hermanos, se vaya a embarcar en un nuevo proyecto misionero. Su destino, esta vez, la República Centroafricana. En concreto, la diócesis de Mbaïki, que pastorea su paisano, el obispo Jesús Ruiz Molina.

«Mi vocación de misionero me ha vuelto a llamar», confiesa Arroyo en la web de la archidiócesis. El sacerdote, que pertenece al Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), afirma: «Vuelvo a África con ilusión y un poco de vértigo, pero es la llamada del Señor».

El padre Arroyo ya estuvo en misiones en una primera etapa. Fue en Togo, en la diócesis de Dapaong, donde atendió distintas parroquias y acompaño a crecer en la fe a unas Iglesias jóvenes, con «multitud de catecúmenos que habían conocido a Jesús y querían ser bautizados en su nombre». Allí pasó una década en la que contribuyó «a crear comunidad, familia, que se reúne, que es solidaria, que celebra y llora junta. A compartir sus alegrías y sus penas desde el Evangelio… todo desde la realidad concreta donde estaba, donde la vida y todo lo que la rodea está a flor de piel».

Su nombramiento en 2008 como administrador del IEME le trajo de vuelta a España. Pasó en Madrid cinco años, tras los cuales regresó otros dos a Dapaong antes de recalar finalmente en su tierra natal. En el último lustro ha trabajado en Belorado y en los pueblos de la Riojilla Burgalesa atravesados por el Camino de Santiago y la cuenca del río Tirón. Esta última etapa como sacerdote en pequeñas localidades —confiesa— «ha sido una gracia de Dios. Me he sentido muy bien acogido y muy a gusto. Soy feliz siendo cura de pueblo y he tenido la suerte de tener cerca y en mi historia a buenos compañeros y buenas personas que me han ayudado a ser sacerdote».

El obispo de Mbaïki (República Centroafricana), el burgalés Jesús Ruiz Molina, con el Papa Francisco.

Llamada de Dios

Pero la llamada de la misión se ha vuelto a cruzar en su camino, y en unos meses tiene previsto partir rumbo a la República Centroafricana, uno de los países más pobres del mundo. «En Togo —refiere— cerramos un proyecto misionero al considerar que la Iglesia local ya podía caminar por sí sola. El grupo de compañeros que estábamos allí salimos con la intención de reubicarnos en un lugar de primera evangelización, donde la Iglesia estuviera dando sus primeros pasos. Ahora Jesús Ruiz nos ha ofrecido esta posibilidad y nos ha invitado a trabajar en su diócesis». Y añade: «En esto he visto una llamada de Dios. Todo ello en diálogo con don Mario [Iceta, arzobispo de Burgos] y con el director del IEME, claro está».

El Padre Arroyo afirma que el ritmo de trabajo de un sacerdote en África no es el mismo que en España, pues existen expresiones y urgencias distintas. Pero que, más allá de la realidad de cada lugar, el fin es el mismo. «Un sacerdote allí donde esté tiene que llevar la Buena Noticia, ser Buena Noticia», afirma.



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