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Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: Abrirse al otro

Este 27 de septiembre la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. «Como Jesucristo, obligados a huir», reza el título del mensaje del Papa Francisco. Una reflexión que profundiza sobre cómo Jesús, al poco de nacer, tiene que vivir la experiencia de ser desplazado y refugiado junto a sus padres.

Cuatro verbos, acoger, proteger, promover e integrar, vuelven a ser las claves de una jornada en la que recordarlos es más causalidad que casualidad. Verse forzado a salir de la tierra no lo es siempre por una guerra. Muchas son las personas que, con diferentes acentos, dan respuesta a estas cuatro actitudes cristianas. No se trata solo de migrantes, también se trata de nuestros miedos, de la caridad, de todas las personas, de nuestra humanidad, de la no exclusión y de entender que los últimos serán los primeros.

En estas páginas hemos recogido cuatro ejemplos, uno por cada acción a la que nos vuelve a invitar el Papa este año. Detrás de cada una de estas iniciativas sopla el Espíritu, abriéndonos a lo bueno, y lo nuevo, que viene de fuera; a ver al extranjero como algo más que como un «pobre» que necesita nuestra ayuda, sino como alguien que puede enriquecer nuestra vida y fe.

Acogida en el proyecto Pinardi-Nicoli

Moses Kourouma tiene 20 años y es de Guinea Conakry. Reconoce que está «preocupado», porque al día siguiente de nuestra entrevista le van a dar noticias sobre su solicitud de asilo. «No sé qué va a salir de la reunión, pero lo más importante es que ahora me siento mejor. Hay cosas más allá de los papeles, y dentro de mí hay fuerza para seguir», expresa.

En los últimos siete meses, ha aprendido «todo» sobre cómo es la vida en España, algo que ha sido posible gracias al proyecto Pinardi-Nicoli, compartido entre salesianos e hijas de la caridad, en el que viven 18 solicitantes de protección internacional que tienen entre 18 y 25 años, repartidos en cuatro pisos. En uno de ellos, Moses ha encontrado «una familia», en sus propias palabras. «Cuando necesitamos algo o hemos tenido un problema, el educador siempre ha estado», añade.

Ahora, el problema de Moses es el mismo de la mayoría de los que han pasado por el proyecto: la certeza de que es muy probable que su solicitud sea denegada. De los 68 chicos y chicas acompañados a lo largo de los últimos años, solo cuatro han recibido respuesta favorable. Cuando llega una denegación se produce uno de los momentos más duros, explica el educador de Moses, Alberto Gallardo: «Cuando rechazaron al primero, fue horrible». El tiempo y la repetición no elimina el sufrimiento, pero sí hace que estén mejor preparados. «En este proceso, que es muy duro a nivel emocional, les acompañamos».

El proyecto Pinardi-Nicoli está subvencionado directamente por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Cuando alguien deja de ser solicitante de asilo, se queda en situación administrativa irregular: sin papeles. Entonces, la única opción que le queda es esperar a cumplir tres años en España y comenzar el proceso de arraigo, con el que se puede aspirar a regularizar la situación. Mientras tanto, la única opción es vivir gracias a la solidaridad de otros o a través de trabajos en negro. Acogida es también salir al paso de esta realidad en la que la ayuda institucional flaquea.

«No nos podemos desentender. No podemos aceptar que, cuando se deniega la solicitud, tengan que salir del recurso en 15 días sin alternativa, y buscamos derivarlos a otro recurso. Para esas situaciones, también hemos habilitado otro piso en Leganés, donde hemos tenido hasta siete chicos», explica Francisca García, Hija de la Caridad, miembro de este proyecto y con varias décadas de trabajo con migrantes.

Uno de los principales objetivos de la acogida es el de lograr que crezcan en habilidades sociales y en capacidades y formación para afrontar el «después» del proyecto, sea cual sea la situación administrativa en la que tengan que abandonarlo. Moses recuerda que, cuando entró en el piso, no podía dormir bien, tenía los horarios cambiados y rehuía el contacto con la gente. Tras un curso de habilidades sociales y varios que le han preparado para posibles trabajos, se siente más seguro. «En Pinardi confían en mí, y yo ahora me siento más responsable», señala. Esa confianza se ve enriquecida, también, por la compañía que se hacen entre quienes viven en el piso.

«Cuando entra alguien nuevo, le acompañamos al mercado para que sepa dónde comprar, y le enseñamos dónde tiene que ir al hospital si se encuentra mal», comenta. Eso también es acogida, en una situación común: la de la espera de unos papeles que rara vez llegan».

Protección en el proyecto ALMA

Sentirse protegida es, en numerosas ocasiones, «la sensación de libertad mayor que puede experimentar una persona en este mundo». Florentine H., de Costa de Marfil, solicitante de protección internacional en España, llegó a nuestro país tras huir de una situación de violencia, malos tratos y amenazas. «Metió su pasado en una maleta muy difícil de cargar». Así lo explica sor Magdalena Herrera, que desde 2010, trabaja, junto con otras Hijas de la Caridad en el proyecto ALMA Vicenciana (Apoyo en la Lucha de la Mujer Amenazada) que atiende entre la Línea de la Concepción y Sevilla a mujeres migrantes, algunas de ellas acompañadas de menores.

Como Florentine, muchas de ellas suelen llegar desde los Centros de Estancia Temporal de Inmigrantes de Ceuta y Melilla o bien directamente por la costa, a través de embarcaciones ilegales. «La gran mayoría son parte de un entramado de violencia, manipulación y amenazas, donde no tienen poder de decisión. A veces, las chicas crean un lazo de dependencia tan grande con las “mafias” que las trafican que les es casi imposible desprenderse». Una coacción constante respecto a sus familiares en origen por la que «sienten que su negativa puede suponer una amenaza hacia ellos» y además, vinculan esta manipulación «a rituales religiosos que ocupan un lugar prioritario en sus culturas».

Cuando entran en la Península, «ellas consideran que ya ha pasado lo peor, pero no saben a lo que se enfrentan». La realidad es que muchas de ellas prefieren pertenecer a «un tratante» cuya pertenencia les hace sentirse protegidas, «porque prefieren que abusen de ellas uno solo». La primera intención de este proyecto «es que las mujeres se encuentren seguras. Su vulnerabilidad es extrema. Han sufrido mucho en su país y todavía más en el trayecto. En los bosques de Nador, en Marruecos, donde esperan su paso a España, son maltratadas, violadas, abusadas en todos los sentidos. Llegan muy afectadas y se rompen al hablar de ello. Les cuesta mucho confiar».

Es el caso de Florentine, que «al principio no se abandonó en nosotras, y seguía fiándose de sus compatriotas. De hecho dejó nuestra casa durante unas semanas y fue conducida a un prostíbulo en Almería. Ella misma pidió volver. Fue una gran alegría, la recibimos de nuevo con los brazos abiertos, recuperando poco a poco su dignidad». Florentine afirma que con las hermanas puede sentirse ella misma, «son como familia, me hacen sentir cariño, y me dan fuerzas para seguir adelante». Casos como el suyo son la «cara» de una moneda cuya «cruz» es muy dura. Florentine ahora trabaja como monitora de noche en uno de estos centros de acogida, y se ha convertido en referente de vida de muchas mujeres que llegan sin rumbo. «He estudiado un curso de peluquería», su profesión en Costa de Marfil, «y me he sacado el carné de conducir».

Sor Magdalena alerta de que la Trata de mujeres «es un problema que está en todos los países del mundo y, aunque no lo visibilicemos, en nuestro entorno existe. Es una pobreza emergente y nosotras, las Hijas de la Caridad, queremos luchar contra ella y estar presentes dándoles esa seguridad, protección y fortaleza que necesitan».

Promoción en el Centro Sopeña Madrid

Después de la primera clase de español, pidió que le pusieran en un nivel más básico. «Aguanta una semana y luego vemos», le respondieron a Mohammed Kutub Uddin Chowdhury. Aguantó y se convirtió en un alumno aplicado, agradecido por la oportunidad y querido por las profesoras del Centro Sopeña Madrid, aprendiendo español durante diez meses hasta que la pandemia obligó a suspender las clases.

Su película favorita es Interstellar, y estudió Matemáticas en la universidad. Mohammed quiere estudiar contabilidad, porque trabaja en Mercamadrid haciendo facturas para una cadena de 58 fruterías desde las 3 de la madrugada hasta las 12 o la 1 del mediodía. Después, come y descansa hasta las 4 de la tarde, cuando tiene que dar clases por zoom a su sobrino, precisamente de matemáticas. Tras dos horas, aprovecha para comer algo y descansar un poco antes de tener que volver a Mercamadrid. «Leo y estudio por mi cuenta para mejorar, aún me cuesta hablar», explica. También espera regresar a las clases presenciales, en cuanto su sobrino apruebe Matemáticas. Quizá, si consigue estudiar en España, pueda trabajar de profesor. «Me gusta, en Bangladesh era maestro de Infantil», aclara.

El Centro Sopeña Madrid ofrece formación a adultos, la mayor parte de ellos migrantes. El caso de Mohammed puede parecer sorprendente por su formación previa, pero allí explican que su caso no es nada extraordinario. «Muchos vienen con estudios, aunque no pueda parecerlo. Otros, aunque no tengan estudios, han desempeñado un oficio en su país. En cada persona hay muchísimas potencialidades y hay que sacarlas». Quien lo aclara es Ana Alfara, coordinadora de los cursos de capacitación del centro. En 2019 pasaron por sus aulas 880 alumnos de 61 nacionalidades: Más o menos, uno de cada tres países del globo tenían algún tipo de representación en este edificio de Vallecas, abierto desde 1959. «Hasta 2012 se llamaba OSCUS, y todavía muchos nos conocen así. La primera aparición de las catequistas en esta zona es cuando su fundadora, Dolores Sopeña, empezó a visitarla a finales del siglo XIX», añade Alzara. Entonces los migrantes eran españoles y venían del campo.

«Precisamente, uno de los valores que destacamos es el de la promoción. Realizamos el acompañamiento a través de un itinerario integral, no solo de conocimientos», apunta la coordinadora. Por ejemplo, en aspectos tan señalados como el respeto a los horarios. El seguimiento dura hasta seis meses después de acceder al empleo».

Integrar: «Cuánto nos cuesta que un inmigrante sea catequista»

«Solo soy una creyente que quiere compartir la fe con mis hermanos, gente que tiene que verse acogida en nuestra Iglesia». Así se presenta Leire Atxega, delegada del Servicio de Atención Pastoral al Inmigrante de la diócesis de San Sebastián. A cada palabra que pronuncia, aflora su sensibilidad hacia la realidad de quien ha tenido que dejarlo todo para cambiar de frontera, de entorno. Quizá le resulte un poco más fácil que a muchos por su experiencia de ocho años como misionera en República Dominicana y Haití. Una de las cosas que le revuelve es ver cómo, a veces, en la Iglesia, es tan difícil acoger a personas creyentes de otros países.

«¡Cuánto nos cuesta que un inmigrante sea catequista! ¡Pero si son las familias que más traen a sus hijos a la comunión! Claro, algunos los ven como diciendo “pobrecitos”», es una de las quejas que repite Leire.

Afortunadamente, hay ejemplos que demuestran que sí es posible. Marcia Velásquez, de 38 años, lleva catorce años en España. «Para los que venimos de fuera, la Iglesia es el punto de referencia. Llegué a España el 2 octubre de 2006 y una conocida me dijo que había misas el primer y tercer sábado cada mes… y ahí que fui», recuerda. Hoy, es catequista en dos parroquias, con un grupo de comunión y otro de poscomunión.

En el empeño por hacer realidad la integración, la Pastoral de Inmigrantes de San Sebastián se organiza por una comisión internacional a la que pertenecen nueve personas de Honduras, Colombia, Nicaragua, Senegal y España. Este grupo se reúne una vez al mes para organizar las actividades. «Siempre surgen problemas e inquietudes, e insistimos a las parroquias para que den el cambio», comenta Leire. Y no son pocas las actividades que realizan, muchas de ellas junto a otras delegaciones diocesanas de pastoral. Por ejemplo, todos los años participan en la peregrinación a Lourdes. «Pero solo vamos el domingo, porque muchas de las participantes son empleadas del hogar, trabajan como internas y es el único día libre que tienen», cuenta Marcia.

Tras años y años de presencia, este año la Pastoral de Inmigrantes tendrá una visibilidad y protagonismo especiales; será el 27 de septiembre, en la Jornada del Migrante y del Refugiado, cuenta Leire: «Llamé al obispo, José Ignacio Munilla, porque queríamos celebrarla en la catedral. Para nosotros es importante, porque se televisará. Ese día estaba previsto el inicio de curso, así nos pareció buena idea unirnos. Le pedí al obispo vía libre para los cantos, y me la dio». Es un pequeño paso, pero este año en el inicio de curso en la diócesis de San Sebastián sonará música africana, la que muchos podrán escuchar en sus casas sintonizando Teledonosti.

Necesidad de facilitar las regularizaciones de inmigrantes y los derechos de los refugiados

«Una persona migrante, un solicitante de asilo, una persona refugiada no pierde sus derechos por el camino, sino que es sujeto de derechos ahí dónde está, por el hecho de ser persona». El diagnóstico de Natalia Peiro, secretaria general de Cáritas Española, sirvió de marco para la presentación virtual el 15 de septiembre del informe elaborado por la institución, junto a la Universidad Pontificia Comillas, «Un arraigo sobre el alambre, la integración de la población inmigrante en España».

Este estudio aborda la realidad de hombres y mujeres que suponen el 3,5% de la población mundial, y el 16,32% de los habitantes de nuestro país. Son nuestros vecinos, los de la puerta de al lado, se encargan de nuestros hijos y de nuestros abuelos para que podamos trabajar. Son nuestros cuidadores. Además, recogen la fruta, la venden, gracias a ellos llega a nuestra mesa cualquier producto que compramos online. Muchos de ellos siguen estando en situación irregular, aunque ninguna persona debería serlo. Son millones de inmigrantes, 7,74 millones, en España.

Natalia Peiro lo tiene claro: «Nos gustaría que nuestro país fuera más comprometido y facilitara las regularizaciones y los derechos de los refugiados» y así aboga por acabar con la desigualdad que sufren, especialmente en el ámbito laboral.

Según indica este informe de Cáritas y Comillas, la gran mayoría de los trabajadores de origen inmigrante (73%, el 75% en el caso de las mujeres) están expulsados de la Norma Social de Empleo; con salarios mensuales medios de 926 euros, un 38% menos que el de los trabajadores españoles, que es de 1.477 euros. Alrededor del 40% de los ocupados inmigrantes tienen contratos temporales, el doble que el de los trabajadores españoles, 22%.

Los autores del estudio apuestan por el retorno a unas políticas de integración que reduzcan las desigualdades entre ciudadanos y que, para ser inclusivas y efectivas, no tengan el apellido de ningún colectivo más allá que el de la globalidad de las personas y familias más vulnerables de nuestra sociedad. «Los datos que hemos encontrado tienen muy poco que ver con las imágenes que nos hacemos de la inmigración», resaltó Juan Iglesias, experto del IUEM de la Universidad Pontificia Comillas, quien presentó algunos de los principales datos del informe, que nos muestran cómo se está produciendo una fuerte feminización, así como de un porcentaje de juventud muy importante.

Por Sara de la Torre y Asier Solana

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