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Jornada Mundial de la Vida Consagrada: Un tiempo para volver a lo esencial

Hace un año nos reuníamos con ellos para abordar los retos y desafíos de la vida consagrada. Mercedes LujánReena Sahaya JosephAna BernándezAntonio Bohórquez SJTeresa Rodríguez y Juan Manuel Martínez OP comparten para nuestra revista sus vivencias más profundas durante este año de pandemia. Con una situación completamente distinta, marcada y herida, estos jóvenes consagrados lanzan su testimonio en medio del mundo. Las propias condiciones de este virus que nos asola, han impedido que estén todos y que participen de nuevo de esta experiencia del II Coloquio ECCLESIA. No ha tenido el mismo calor de la presencialidad pero hemos recogido los beneficios que nos ha «regalado» el mundo virtual.

Con un diálogo fraterno hemos descubierto la fuerza de aquellos jóvenes que han acogido con profundidad y generosidad la fragilidad del día a día y tejen historias de vida común, paciencia y perdón. Una misión compartida desde todas las realidades de la vida consagrada que se han «atrevido» a elegir, con alegría, «la fraternidad divina». Así reza el lema de la Jornada para la Vida Consagrada de este año 2021, año en el que, en medio de innumerables desafíos, estos hombres y mujeres «se convierten en aceite y vino para las heridas de este mundo». Tal y como ha expresado el Papa Francisco, ellos «pueden despertar al mundo», son tejedores de lazos samaritanos hacia dentro y hacia fuera, están llamados a ser «expertos en la misericordia que salen con valentía hasta los confines de la evangelización».

Testimonio de fraternidad

Los obispos españoles recuerdan en su mensaje para este 2 de febrero que son ya 25 años desde que el Papa Juan Pablo II instituyera esta jornada en 1995. Una fecha que nos permite echar la vista atrás para «presentar» todo lo que los consagrados han trabajado, orado, sufrido y esperado «y que nos impulsa, asimismo, a emprender un nuevo tramo del camino, sabiendo que somos capaces de alumbrar cualquier oscuridad, cualquier incertidumbre». Ahora más que nunca, con la covid-19 marcando la agenda de cualquier movimiento de nuestras vidas, los obispos destacan que la vocación se convierte en «ese signo visible de la cercanía del Padre con cada ser humano», con cada rostro concreto que experimenta nuevas formas de injusticia, aflicción y desesperanza. En todos esos «descartados», las personas consagradas «se miran y se sienten llamadas» a ser este testimonio sereno que, como expresa el Papa en la encíclica Fratelli tutti, sueña con «la aspiración mundial a la fraternidad».

«El marco no cambia, pero lo esencial sí»

El prefecto de la Congregación para los Obispos, cardenal Marc Ouellet, escribió a principios del mes de marzo, con la «bomba» de la pandemia recién estallada, que era «la hora de la vida contemplativa». En un momento en que, a pesar del heroísmo de todos los que trabajaban en primera línea contra la enfermedad, la vida contemplativa «estaba al lado de la cama de los enfermos, a través de ese espíritu que ensancha los corazones hasta las fronteras más escondidas de la humanidad doliente». Y es que, «aunque nuestro marco no ha cambiado, lo esencial de la vida sí lo ha hecho»…

Para seguir leyendo este reportaje de Sara de la Torre visita el número 4.061



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