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Jornada del Misionero Diocesano, por Jesús Murgui Soriano, obispo de Orihuela-Alicante

Jornada del Misionero Diocesano, por Jesús Murgui Soriano, obispo de Orihuela-Alicante

Jornada del Misionero Diocesano. III Domingo de Pascua

 

4 de mayo de 2014 “Marcados a fuego por la misión”

 

Nuestro Papa Francisco no se cansa de animar a toda la Iglesia para que salga a anunciar la novedad del Evangelio a todos. De su Exhortación Apostólica “La alegría del evangelio” se ha tomado el sugerente lema para esta Jornada del Misionero Diocesano. En el n. 273 se nos dice:

“La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar”.

Son palabras preciosas que pueden ayudarnos a entender el sentido de esta Jornada diocesana.

Estamos marcados por la misión

La misión no es algo accidental en la vida de la Iglesia ni de cada cristiano. “La salida misionera es paradigma de toda obra de la Iglesia” (EG 15). El cristiano no se siente cómodo mirando sólo hacia adentro; su mirada se dirige hacia afuera, a tantos hombres que no conocen a Jesucristo y que tienen derecho a recibir el Evangelio. La tarea constante de la Iglesia es “anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente” (EG 259).

Por eso puede decir el Papa Francisco que la misión no es sólo una parte de mi vida: la abarca por entero. No es tampoco un apéndice o una consecuencia: ser cristiano no significa otra cosa que ser misionero. Decir “soy cristiano” es lo mismo que decir “soy una misión en esta tierra, y para esto estoy en el mundo”.

El Espíritu Santo que recibimos en nuestro bautismo y confirmación nos ha marcado. En la carta a los Efesios nos dice S. Pablo que hemos sido “marcados por con el sello del Espíritu Santo prometido” (1, 13). Esta marca significa que pertenecemos a Cristo, que somos propiedad suya. Pero esta marca significa también que existimos para cantar a Cristo, para alabarle, para proclamar su nombre.

Así lo han entendido muchos hombres y mujeres de nuestra tierra, que, abandonando las comodidades y seguridades, se han puesto en marcha hacia tierras lejanas empujados por el Espíritu con el fin de compartir con todos la alegría de creer, de ofrecer a todos la vida de Jesucristo. A ellos recordamos en esta jornada, que nos ayuda también a tomar conciencia de que nunca una comunidad o una parroquia puede dejar de ser misionera. A ellos agradecemos también todos sus esfuerzos y trabajos.

Para iluminar y bendecir

En el texto que comentamos recuerda también el Papa la misión consiste en “iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar”. El evangelizador no trabaja nunca para sí mismo, no busca su gloria sino que vive para proclamar las hazañas del Dios que le llamó para salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa (cf. 1 Pe 2, 9). Por eso, la palabra del misionero no es desencantada ni pesimista, ni en su lenguaje encuentran eco la queja y el lamento (cf. EV 85, 159). Su misión no es reprochar sino bendecir porque anuncia una gran luz, recibida en la muerte y resurrección de Cristo.

En la primera lectura de este domingo leemos el testimonio firme de Pedro el día de Pentecostés, que ve realizada en Jesucristo la promesa del salmo 15: con su resurrección se han roto las ataduras de la muerte y por eso se alegra nuestro corazón y exulta nuestra lengua. Esto es lo que queremos cantar y proclamar con toda nuestra vida.

Nuestros misioneros diocesanos están en la avanzadilla. Ellos han entendido que toda su existencia tiene como fin llevar a los hombres el mensaje de luz y gracia, de bendición y alegría que produce el Evangelio.

 

Nuestro apoyo es necesario

Para que siga siendo así, los misioneros necesitan nuestro apoyo. Por ello cada año la Fundación diocesana “Misión y promoción” nos recuerda la responsabilidad que tenemos como Iglesia-madre de orar por ellos y de hacer todo lo posible para que puedan llevar a cabo sus proyectos evangelizadores. Con este fin se realizará una colecta en todas nuestras parroquias, que después la Fundación “Misión y promoción” se encargará de distribuir entre los diversos proyectos que presentan nuestros misioneros. Y no olvidemos nunca que estos hombres y mujeres, nacidos en nuestra tierra, y que se encuentran anunciando a Cristo en los cinco continentes, deben ocupar un lugar muy singular en el corazón de nuestra Iglesia Diocesana y de cada uno de nosotros.

Recibid mi saludo y bendición

+ JESÚS MURGUI SORIANO

OBISPO DE ORIHUELA-ALICANTE



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