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Jornada del Migrante 2021: Un «nosotros» grande como la humanidad, por Emilce Cuda

Convertirnos en un nosotros grande como la humanidad significa conformarnos como un pueblo, como una sola familia que habita una sola casa. Significa hacer realidad la catolicidad dando testimonio de nuestra fe con actos concretos, es decir, curando, resucitando, encontrando. Para eso, es necesario salir-adentro, porque si uno es el pueblo que conforma la familia humana, entonces las fronteras son internas, existenciales. Migrantes, refugiados, desplazados sociales y esclavos son la consecuencia -cristianamente inaceptable- de haber levantado muros al interior de nuestros propios países, ciudades, barrios, familias, iglesias, sindicatos, gobiernos, movimientos populares, empresas y universidades. Muros discursivos que, profesando otro credo -no el de la unidad en la diferencia, sino el de la infinita división-, impiden tender puentes firmes que garanticen el tránsito digno de la movilidad física y social de las personas. Constituirnos como humanidad en un nosotros-pueblo es el desafío que nos presenta hoy la situación de injusticia que padecen los migrantes.

Alcanzar la unidad en la diferencia es la historia de la salvación en sentido teológico, y también la historia de la mejor política (FT 154). El proyecto creador de Dios consiste en que, a su imagen y semejanza, vayamos conformando la comunión en la diversidad. Nos creo diferentes pero complementarios, eso significa que necesitamos de lo distinto para constituir nuestra identidad. Cuando -como individuos, sectores sociales o pueblos-, caemos en la tentación de autosuficiencia, despreciando los aportes de lo diferente, no solo nos alejamos del proyecto divino, sino que también impedimos la constitución de nuestra plena humanidad.

Dios, misericordioso, ofrece la reconciliación para reanudar la marcha hacia la unidad, pero no la ofrece a una persona sino a un pueblo. Que todos sean uno en la diferencia, así como Dios es uno y trino, no es algo que se añade accidentalmente a la prédica cristiana. La unidad, según el credo que profesamos, es la forma constitutiva de las relaciones humanas tanto como de la relación intratrinitaria, de manera que está al principio y al final de la historia. El problema no es la unidad sino la división que se entromete como condición de posibilidad de la injusticia. La intención que se oculta tras mostrar la diferencia como falta aplicada en los migrantes, es el menosprecio y la desvalorización de las personas, para luego facilitar su explotación. Se lo deja en falta culturalmente para luego justificar la marginalidad a la que se lo somete, sin darse cuenta de que con eso se impide la integración de saberes, riquezas y afectos, algo perjudicial para toda la familia humana. Un círculo vicioso en el que la falta nos vuelve el otro. Por eso, el desconocimiento de la diversidad como valor es la causa directa de la injusticia social que genera la desigualdad económica e impide la reconciliación.

Cuando rezamos el credo cristiano confirmamos que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es creador, redentor y animador de todas las cosas a su imagen y semejanza. Si la vida comunitaria se conforma armoniosamente en la diferencia, mediante una comunicación amorosa de reconocimiento mutuo, las relaciones humanas reflejan la belleza de su creador. Pero si negamos, anulamos y aniquilamos las diferencias, la unidad de un pueblo deviene individualismo, nacionalismo y falsa mística comunitaria (FT 28). Por eso mismo, la unidad se constituye en la comunicación, y rezar juntos es parte del proceso constitutivo. Orar con otros es repetir un mismo credo. Estar en oración es tomar posición en un canto comunitario de alabanza recíproca. El proyecto histórico salvífico, para realizarse efectivamente como Reino de los Cielos, supone imitar a su creador en la comunicación constante de reconocimiento entre las personas divinas. Se trata de comunicar la riqueza del migrante y no la falta.

La forma, que aparece en la unidad de las diferencias, es simbólica. Eso significa que el sentido aparece como símbolo de unidad entre las partes, y desaparece en la división. Profesar que creemos en Dios uno y trino, es profesar también que creemos en esa forma de unidad. Orar juntos no es una repetición sin sentido; por el contrario, es el símbolo de unidad donde el sentido de una comunidad aparece. Cuando dejamos de comunicarnos, de repetir juntos la alabanza de reconocimiento mutuo por las benditas diferencias en las que fuimos creados para complementarnos y enriquecernos, la realidad se deforma, la comunidad se fragmenta, y los pueblos se enfrentan. Cada uno de nosotros pasa a ser el otro y se pierde el sentido que posibilita el diálogo social. Dejamos de estar en oración cuando repetimos el discurso de la falta, otro credo que justifica la exclusión, la explotación, el extractivismos, el racismo, la apropiación y el saqueo. Pero Dios, en su infinita misericordia, se encarna para reconciliarnos y restablecer la comunicación armoniosa entre las partes. Jesús el Cristo, símbolo de unidad, es el modelo a imitar, es la forma del nosotros que debe adquirir el diálogo social geopolítico en respuesta al clamor de la movilidad humana no reconocida en su dignidad.

Para los cristianos, la unidad en la diferencia, no sobreviene a la comunidad sino que es su fundamento. Unirse es la decisión principal para salvarse. La unidad en la diferencia es un acto de fe en Dios y de confianza en el pueblo de Dios. Es la toma de posición orante del que dice: si, creo. La comunidad de un nosotros grande como la humanidad repite un mismo credo como acto de comunicación que pone en valor los cuerpos de todos los seres humanos.



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