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Jornada del Migrante 2021: Soñar como única humanidad, por Virginia Azcuy y Carolina Bacher

El mensaje de Francisco para la 107° Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021 concluye con una cita de la profecía de Joel que anticipa un futuro común lleno de esperanza: “derramaré mi espíritu sobre todos los seres humanos: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones; también sobre los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu en aquellos días” (Jl 3,1-2). Estas palabras del libro de Joel fueron escritas para responder a una experiencia de devastación y de crisis: “El campo está devastado, la tierra está de duelo, porque el trigo ha sido arrasado, ha faltado el vino nuevo y el aceite fresco se agotó” (1,10). En este contexto, el clamor popular resuena preguntando dónde está Dios y quién es Él (cf. Jl 2,1-11). Finalmente, se hace escuchar la respuesta del Señor, en la cual se encuentra condensada la teología de este escrito: “Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor su Dios, porque él es bondadoso y compasivo” (Jl 2,13). La llamada a la conversión, como la oferta de amistad con Dios, es para cada una y cada uno: desgarrar el corazón, volverlo bueno y compasivo, nos prepara para poder recibir el Espíritu, nos permite soñar juntos en tiempos de crisis, en medio de los muros que nos separan. La conversión hace posible derribar estos muros y construir los puentes necesarios hacia las personas, familias y grupos migrantes o refugiados.

Compartimos una esperanza que incluye a cada una y cada uno

El libro de Joel también nos recuerda que el Señor, al dirigirse a todos, incluye a quienes en general son desatendidos, olvidados y descartados. Ante todo, recuerda que el fundamento de nuestra esperanza está en la identidad de Dios, “que es bondadoso y compasivo, lento a la ira y rico en fidelidad” (Jl 2,13). Esta afirmación es un eco de las palabras dichas por el Señor a Moisés (Ex 34,6), con el añadido que dice: “Él mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado” (Ex 34,6), que significa que la fidelidad del Señor dura para siempre, va más allá de nuestra debilidad. Con su declaración, Joel augura que su generación pasará de la desgracia a la gracia en virtud de la identidad de Dios y que el don que él nos dará es su espíritu, por medio del cual Judá y Jerusalén serán restauradas: “derramaré mi espíritu sobre todos los seres humanos: sus hijos y sus hijas profetizarán” (Jl 3,1). La visión que presenta Joel de esta nueva comunidad parece cumplir un deseo de Moisés: que todo el pueblo profetice y Yahvé infunda a todos su espíritu (cf. Nm 11,29). El Espíritu transmite el don de profecía, mediante sueños y visiones; según consta en Núm 12,6, Dios se revela a un profeta en una visión y le habla en un sueño. Lo sorprendente en la efusión del espíritu anunciada por Joel es que ella incluirá a los sectores desvalorizados socialmente y con frecuencia excluidos de las bendiciones divinas: los hijos/as sometidos/as a los padres, los siervos y siervas, los ancianos que no siempre son considerados aptos para tomar decisiones. La acción del Espíritu es inclusiva.

Para nuestra generación también hay una esperanza de salvación, si invocamos al Señor y soñamos un nosotros inclusivo (Jl 3,5). En relación con quienes son migrantes, pedimos el espíritu que nos haga respetar la dignidad de cada una y cada uno, con una disposición nueva en el corazón que nos ayude a no hacer acepción de personas, sino a valorar los sueños de todos y todas, junto al sueño compartido de un nosotros plural. Gracias a la efusión del Espíritu podemos soñar, pensar y gestar juntos un mundo abierto y un corazón abierto al mundo entero, que dé acogida a los migrantes (FT 131).

Un camino para espíritus libres dispuestos a encuentros reales

La convicción del Papa Francisco es que este sueño de un nosotros inclusivo se fragua en un camino de fraternidad, local y universal que puede ser recorrido solo por aquellos espíritus libres dispuestos a encuentros reales. A ellos los une una esperanza compartida para involucrarse en aquello que les llena el corazón y les eleva el espíritu hacia cosas grandes: la verdad, la bondad, la belleza, la justicia y el amor (cf. FT 50 y 55). Son personas y comunidades que también están dispuestas a arriesgarse a mirar más allá de sí, saliendo de su comodidad y de sus seguridades, abriéndose confiadamente a los grandes ideales e involucrándose en las soluciones posibles.

Hoy Dios sigue mostrando sus caminos a través de los sueños, como lo hizo en la vida de San José (cf. Mt 1,19-25). La unción del Espíritu que recibimos en el bautismo suscita en nosotros la capacidad de soñar y profetizar, si estamos abiertos a sus sugerencias. El Espíritu nos va inspirando a través de los diálogos y los consensos comunitarios y sociales aquellas iniciativas que permiten gestar sueños compartidos al servicio del bien común. Estos sueños necesitan un punto de partida cotidiano para poder formularse, por eso se apoyan en lo que ya se está realizando de forma creativa y localmente. El Reino de Dios está entre nosotros (cf. Lc 17,21), por eso es muy importante tomar contacto con las búsquedas y las pequeñas experiencias, para poder percibir los gérmenes de la vida nueva que claman por expandirse y para sostener la esperanza de que los sueños son posibles de realizar (cf. FT 169).

Soñamos juntos a partir de los gérmenes de vida compartida

A partir de algunas experiencias pastorales es posible imaginar que el sueño de un nosotros que incluya a los migrantes y a los refugiados es posible a través de una acogida cordial que priorice la escucha atenta, su inserción en espacios educativos y laborales y la defensa efectiva de sus derechos.

Algunos pueblos tienen formas tradicionales de resolver conflictos que también pueden ofrecernos inspiraciones para imaginar procesos que avancen hacia la paz en la aldea global. Para ello se requiere identificar algunas prácticas de justicia centradas en el valor de la comunidad. De esta manera es posible asumir procesos de paz, reconciliación y perdón que sean sostenibles.

Las distintas religiones también ofrecen un importante aporte para la fraternidad (cf. FT 271ss). Los espacios que los creyentes de diversas tradiciones comparten para servicio al bien común son como pequeños laboratorios para imaginar sociedades en las que el diálogo y la unidad prevalezcan sobre el conflicto (cf. EG 226ss). Hay unas experiencias interesantes que se han configurado en torno al arte. Tal es el caso de algunos coros compuestos por integrantes de diversas tradiciones religiosas, cuyo repertorio incluye obras que dan cuenta de tal diversidad.

Muchas de estas iniciativas al comienzo han encontrado resistencias, pero con el transcurso del tiempo, van abriéndose espacio a través de los testimonios de la fraternidad surgida en la vida compartida.

Y nosotros, ¿estamos dispuestas y dispuestos a soñar con otros una humanidad donde todos puedan vivir dignamente? ¿Somos capaces de comprometer nuestra vida en ello? Junto al Papa Francisco le pedimos al Señor “que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas. Amén” (FT 287).

Por Virginia R. Azcuy y Carolina Bacher Martínez



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