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Jornada del Migrante 2021: Constituirnos nosotros que cuida la Casa Común, por Carolina Bacher Martínez

Otro aspecto de la sección Un mundo cada vez más inclusivo del mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021 nos pide que hagamos buen uso de los dones que el Señor nos ha dado. La parábola referida a las monedas de plata (cf. Lc 19,11-28) nos ayuda a situarnos en el horizonte del Reino, recuperando el vínculo entre los dones recibidos, el uso que de ellos hacemos en nuestras acciones cotidianas y su plenificación en el Reino definitivo: ¡Él nos pedirá cuenta de nuestras acciones! Una pista importante que nos ofrece esta parábola está en la respuesta dada por Jesús a los fariseos: “no se podrá decir [del Reino que] está aquí o está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17,21). De este modo, a través de la cita de este texto, Francisco parece querer invitarnos al discernimiento de los signos de este tiempo, particularmente en la situación de la movilidad humana. ¿Cómo se manifiesta el Reino de Dios en medio de las migraciones?, ¿qué conversión nos señala esta presencia silenciosa del Señor entre nosotros, en solidaridad con las personas, familias y grupos que migran?

La casa común es el don recibido

En ocasiones comprendemos que la naturaleza es sólo un sistema para analizar, estudiar y gestionar y nos olvidamos que, en realidad, ella es un don que surge de un Dios Padre que nos convoca a la comunión. El medio ambiente es un bien colectivo y una responsabilidad de todos (cf. LS 76).

La tierra es una herencia común, cuyos frutos fueron creados para beneficiar a todos. Por eso el cuidado de la casa común tiene un horizonte social que tiene en cuenta a los más postergados y no puede descuidarse. Es necesario que sea administrada para el bien de todos (cf. LS 93).

Los cambios del clima originan migraciones de animales y pérdidas de especies vegetales que no logran adaptarse. Esto afecta los recursos productivos de los más pobres, quienes por esto también se ven obligados a migrar: es una tragedia internacional el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental (cf. LS 25).

El cuidado de la casa común nos exige cambios en nuestros estilos de vida, en los modelos de producción, de consumo y en las estructuras de poder. Cada uno desde su experiencia, su cultura, y sus capacidades puede colaborar como instrumento de Dios en este cuidado de la creación para beneficio de todos sin exclusión (cf. LS 5 y 14).

¿Cómo podemos recuperar la conciencia del don de la casa común?, ¿qué llamados de conversión percibimos en las enseñanzas de Francisco en la encíclica Laudato si’?

La tarea es el desarrollo sostenible, equilibrado e inclusivo

La propuesta del Papa implica un desarrollo para todos que incluye a la casa común, ya que el mundo existe para todos; se busca “que cada persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a su desarrollo integral” (FT 118).

Estas enseñanzas nos invitan a pensar en la promoción de una economía creativa desde las entrañas de los pueblos que abra más espacios a la cultura popular. Los migrantes tienen un lugar destacado en esta economía: partiendo de las tradiciones de sus ancestros, pueden experimentar y recrear su cultura a partir del diálogo con nuevos saberes, y ofrecer un aporte significativo en cada nación y a la aldea global.

Este proceso suscitará nuevas oportunidades de trabajo partiendo de lo que los pueblos tienen para brindarse entre sí y a las nuevas generaciones: no hay apertura entre pueblos sino desde el amor a la tierra y a las propias características culturales. Sin duda esta recreación de la economía popular puede ser un camino para superar la tensión entre la valoración de lo local y los horizontes globales (cf. FT 142-143). Como bien lo refiere el Papa Francisco: “el futuro no es monocromático, sino que es posible si nos animamos a mirarlo en la variedad y en la diversidad de lo que cada uno puede aportar” (FT 100). ¡Porque la diversidad es un don ¡para un futuro “de color”!

Rostros que interpelan en la migración

Los estudios de las últimas décadas han prestado atención a la feminización del fenómeno migratorio. Las mujeres desempeñan roles importantes en las distintas etapas del proceso migratorio, liderando iniciativas de colaboración y estableciendo redes migratorias que vinculan los lugares de origen y destino. Un caso emblemático en este sentido es la migración de mujeres latinoamericanas a España.

Sin embargo, también padecen situaciones de exclusión, especialmente en los casos de las migrantes indocumentadas. En otras circunstancias, si bien son fenómenos distintos, la migración femenina se convierte en trata de mujeres. Este hecho supone formas de coacción, abuso y esclavitud por parte de redes criminales y la corrupción de las autoridades que permiten el encubrimiento (cf. S. Novik, et al, Las migraciones en América Latina, CLACSO 2008, 249-253).

Junto a los rostros de mujeres en situación de migración, también resulta prioritario destacar el horizonte de las nuevas generaciones.

La migración de jóvenes latinoamericanos comporta un gran desafío: hace más de cuatro décadas que ellas y ellos emigran a países vecinos o hacia el norte industrializado. Este proceso erosiona la fuerza laboral emergente de la región.

No se puede hablar de desarrollo sostenible si no se considera la solidaridad intergeneracional. Es una cuestión de justicia básica que la tierra también pertenece a los que vendrán (cf. LS 159).

Estos y otros rostros particulares nos recuerdan la enseñanza de Francisco en Fratelli tutti sobre la necesidad de mantener un corazón abierto al mundo entero y en particular frente al problema migratorio.

El sujeto es un nosotros cada vez más amplio y diverso

Todo ser humano tiene derecho a vivir en un lugar donde pueda realizarse integralmente, ya sea que lo pueda hacer en su propio país o en otro país hacia el cual emigra. Como comunidad eclesial queremos acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos, poniendo en práctica el espíritu de un corazón abierto. El encuentro de identidades culturales y religiosas diferentes es una experiencia de fraternidad que nos va conformando como un nosotros cada vez más grande y diverso (cf. FT 129).

Caminamos hacia una sociedad mundial, una comunión universal, que da lugar a cada grupo y a cada persona, que acepta el reto de cuidar a los frágiles y reconoce a cada ser humano como un hermano o una hermana.

Jesús nos enseñó a no seguir de largo y a prestar atención a lo que pasa a nuestro alrededor. El icono del buen samaritano en este sentido nos muestra una opción de fondo, que hoy puede inspirar nuestra vocación a ser ciudadanos del mundo entero. Tenemos una nueva oportunidad: ser otros buenos samaritanos y samaritanas.

La vida y las enseñanzas del Señor cuestionan la mentalidad racista que excluye a un determinado grupo de la participación en los bienes de la creación y de la comunidad humana. Como en la parábola de las monedas de plata, estamos invitados a recibir el don y hacerlo fructificar construyendo puentes de diálogo social y derribando muros de desconfianza. Estamos llamados a construir un nosotros que cuida la casa común.

Por Carolina Bacher Martínez

Profesora de Teología Pastoral en la Universidad Católica Argentina



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