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Jornada del Migrante 2021: Aprender a vivir juntos, por Virginia R. Azcuy

El llamado del papa Francisco a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigido a hombres y mujeres de todo el mundo en la 107° Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021, se presenta en el horizonte de un camino común. ¿Cómo podemos recomponer la familia humana?, ¿cómo construir un futuro “lleno de color”, en la diversidad, sin personas y familias excluidas?, ¿cuáles son los muros que nos separan y los puentes que podemos construir para el encuentro?

Las migraciones: un nosotros roto y fracturado

En su carta encíclica Fratelli tutti, Francisco presenta la situación de los migrantes que salen de sus países buscando una vida mejor para sí y sus familias y muchas veces encuentran marginación y estigmatización en los países que los reciben (cf. FT 37-41). Las personas migrantes no son consideradas suficientemente dignas para participar en la vida social como cualquier otro, se olvida que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona y se les exige ser protagonistas de su propio rescate.

Las migraciones contemporáneas expresan muchas veces un nosotros roto y fracturado, porque están afectadas por una “pérdida de ese ‘sentido de la responsabilidad fraterna’, sobre el que se basa toda sociedad civil” (FT 40). Con frecuencia se trata de evitar a toda costa la llegada de personas migrantes, tanto desde algunos regímenes políticos populistas como desde planteamientos económicos liberales (cf. FT 37. Cuando se recibe a quienes migran, no se dice que no son humanos, pero en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que son considerados menos valiosos e importantes, menos humanos (cf. FT 39).

¿Cómo recomponer la familia humana?

Quienes emigran “tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia viven un desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que pierden a los elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra uno de los padres o ambos, dejando a los hijos en el país de origen”. Por consiguiente, también “hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra” (cf. FT 38).

Ante la realidad de las migraciones, un elemento determinante del futuro del mundo, Francisco plantea a los cristianos que es inaceptable que compartan esta mentalidad y estas actitudes y hace un llamado a recuperar las hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno (cf. FT 39).

¿Cómo reconstruir un futuro “lleno de color”?

En su mensaje, Francisco propone como guía el relato de la venida del Espíritu Santo que da lugar al nacimiento de la Iglesia (cf. Hch 2,1-13), una imagen muy querida por él. La escena tiene lugar en Pentecostés o fiesta judía de las semanas que recordaba la alianza de Dios con su pueblo, formado por las doce tribus de Israel (Dt 16,9-10); gracias al descenso del Espíritu se forma el nuevo pueblo, integrado por todas las naciones (Hch 2,9-11), que hablan diversas lenguas y logran comunicarse (2,8.11). La imagen de Pentecostés evoca, para los cristianos, la manifestación del Espíritu como “una experiencia continuada en la Iglesia” (S. Guijarro, Los cuatro evangelios, Salamanca 2016, 420). Con ella, Francisco quiere señalarnos un futuro lleno de color, el don de la diversidad que puede expresarse en las relaciones interculturales que se dan en el encuentro de los pueblos.

En el contexto de las migraciones, Fratelli tutti recuerda que la llegada de personas diferentes, que proceden de un contexto vital y cultural distinto, se convierte en un don, porque “las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre personas y entre culturas: para las comunidades y las sociedades a las que llegan son una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral de todos”. Por esta razón, el papa pide “especialmente a los jóvenes que no caigan en las redes de quienes quieren enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como seres peligrosos y como si no tuvieran la misma inalienable dignidad de todo ser humano” (FT 133).

Derribar muros y construir puentes…

Para responder a estos desafíos, el mensaje de Francisco invita a dejarnos renovar en nuestra vocación como pueblo de Dios y ciudad santa. Junto al relato de la venida del Espíritu en la fiesta de Pentecostés, menciona también el icono de la nueva Jerusalén para presentarnos el espacio ideal, en el cual todos los pueblos se encuentran unidos.

El profeta Isaías presenta cómo la ciudad de Jerusalén es glorificada por Dios y se convierte en lugar de peregrinación para todos los pueblos del mundo (cf. Is 60,1-22); en su descripción de la ciudad se destaca que sus “puertas estarán siempre abiertas” (60,11), como signo de paz y protección para todos sus habitantes. La figura de esta transfiguración de la ciudad y las relaciones de quienes la habitan sirve, en el contexto de las migraciones, para orientar la transformación de las fronteras en lugares privilegiados de encuentro. ¿Qué muros nos impiden caminar hacia un mundo cada vez más inclusivo?, ¿cómo podemos derribarlos?

A la idea de Isaías se suma la imagen de la Jerusalén celestial (Ap 21,1-8) para encender el ideal del nosotros cada vez más grande. Con esta visión, el texto dice “que [la ciudad] bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21,2), en referencia a los nuevos desposorios entre Jerusalén y Dios. En definitiva, se trata de la novedad que llega con Cristo, el Alfa y el Omega (cf. Ap 21,6), que hace posible un cielo nuevo y una tierra nueva, una ciudad nueva. Y esta novedad está expresada en la voz que se oye: “Esta es la morada de Dios entre los seres humanos: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Ap 21,3-4). La razón de este cambio está en la ternura solidaria del Dios-con-nosotros, que desciende para estar con su pueblo y convertirlo en un pueblo de hijos e hijas. Solo si reconocemos de donde venimos y a quien pertenecemos, podremos construir una ciudad de puertas abiertas, sin excluidas/os ni marginadas/os y así dejar florecer el milagro del nosotros cada vez más grande.

En este sentido, vale la pena recordar que “la verdadera calidad de los distintos países del mundo se mide por esta capacidad de pensar no sólo como país, sino también como familia humana, y esto se prueba especialmente en las épocas críticas. Los nacionalismos cerrados expresan en definitiva esta incapacidad de gratuidad, el error de creer que pueden desarrollarse al margen de la ruina de los demás y que cerrándose al resto estarán más protegidos. El inmigrante es visto como un usurpador que no ofrece nada. Así, se llega a pensar ingenuamente que los pobres son peligrosos o inútiles y que los poderosos son generosos benefactores. Sólo una cultura social y política que incorpore la acogida gratuita podrá tener futuro” (FT 141).

Por Virginia R. Azcuy

Pontificia Universidad Católica de Chile



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