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Jesús Sánchez Adalid, sacerdote y escritor: «Si hubiera tenido que elegir, por encima de todo, mi vocación de cura»
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«Si hubiera tenido que elegir, lo tengo claro: mi vocación de cura». Conversamos con Jesús Sánchez Adalid

Hay historias personales sepultadas por el ruido. Focos, micrófonos, conferencias y reconocimientos literarios pueden llegar a empañar, a crear una imagen distorsionada, de un sacerdote que además de atender su parroquia en el día a día debe lidiar con el éxito que sus novelas han ido cosechando durante los últimos veinte años. Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, 1962) se considera un cura como cualquier otro. Ama su vocación y no duda de que si la vida le hubiera forzado a elegir entre la literatura o la vida sacerdotal, el seguimiento de Dios habría sido su primera elección. A propósito de su última obra, Las armas de la luz, hablamos con el escritor extremeño de su trabajo pastoral, de la Iglesia rural, del mundo artístico, la belleza, los riesgos de la industria literaria hoy y, por supuesto, de su novela.

—¿Cuál es el día a día de un sacerdote que vende centenares de miles de libros en todo el mundo?

—Hace ya algún tiempo que me voy dando cuenta de que el mundo en el que vivimos simplifica las cosas. El lado mediático que poseo hace que la gente genere una imagen de mí como si yo estuviera en un limbo intelectual y me dedicase solamente a estar entre libros y bibliotecas. Sin embargo, cuando desaparece la campaña de promoción de la novela de turno, yo vuelvo a mi vida ordinaria donde la escritura me ocupa un tiempo diario pero mi día a día es como el de cualquier sacerdote. Tengo una parroquia, San José, de Mérida, donde desenvuelvo mi ministerio entre una población de fieles de diversas clases sociales. Celebro entierros, sacramentos y la Misa diaria. Estoy al frente de la catequesis y las cosas ordinarias de la iglesia. Llevo además un grupo de 97 scouts.

—¿Cómo es compatibilizar esa doble vocación?

—Para mí sigue siendo un misterio. Siento cercano a Dios. Sin su ayuda, no habría podido seguir adelante. Siempre he tenido parroquia. Mis años anteriores han sido en el ámbito rural y desde hace seis años estoy en la ciudad. La covid-19, imagino que como para tanta otra gente, me ha servido para replantearme un poco la vida y darme cuenta de que intentar abarcarlo todo a veces va en detrimento de la calidad de las cosas que haces y de la propia salud. En este momento procuro estar más centrado en mi ministerio pastoral y en profundizar en lo que van a ser mis novelas.

—¿En qué momento decide ser sacerdote?

—Yo tuve un breve periodo laboral, aunque muy intenso, como juez. Estaba recién salido de la carrera. Era en los años ochenta. A diferencia de lo que se cree hoy en día, fue una época difícil. La transición política está idealizada. No fue la maravilla de las maravillas. Había un submundo, un barro oscuro, con mucha drogadicción, familias desestructuradas, muchos jóvenes perdidos… Entonces yo tenía un buen despacho, un buen coche y decidí dejar todo eso. Al principio no sabía si iba a ser misionero o cooperante. Pero al poco tiempo me di cuenta de que era Dios quien me llamaba a una vocación religiosa. Mi fe fue adquiriendo consistencia y empecé a configurar toda mi vida. Estudié Filosofía y después ingresé al seminario metropolitano de Badajoz. Y aquí me ordené de sacerdote. Siempre he estado donde me han mandado. Fue después de estar en un pueblo al sur de Extremadura y tras mi paso por la Universidad Pontificia de Salamanca, cuando recalé en Alange. Y ahí surgió mi vocación literaria. Fue algo que no pude rechazar.

—¿Ha llegado a estar en conflicto su tarea pastoral con la vida de escritor?

—Cuando surge el éxito, cuando empiezas a tener lectores, cuando tienes que trasladarte a tener reuniones de marketing con editores, cuando tienes que ir a las ferias del libro… Entonces, notaba que entraba en conflicto con mi vida sacerdotal. Era como si tuviera que desarrollar dos personalidades. Me daba cuenta de que al mundo en general, el ser cura, no le importaba. Lo que buscaban de mí era el Sánchez Adalid de los libros y las conferencias.

—¿Cómo solventa esta situación?

—No cambiando de vida. Lo tuve claro. No hice lo que se suele hacer en estos casos, yendo detrás del éxito, persiguiéndolo. Podría haberme ido a Madrid o a Barcelona, pero permanecí en el mismo pueblo en el que estaba, viviendo en la misma casa, conservando los mismos amigos, cuidando la relación con mi familia y no desatendiendo ninguna de mis tareas pastorales; estando con los fieles de la parroquia y con los pobres. Si la vida me hubiera dado a elegir, lo tengo claro: por encima de todo, mi vocación de cura. Lo que ha sucedido después, en todos estos años, es un misterio. No sé cómo he podido compaginar las dos cosas.

—¿Qué es lo que le fortalece en su día a día?

—La oración. Cualquier hombre que se siente religioso sabe que necesita la oración. Es la roca a la que te agarras. Pero no solo en el ministerio sacerdotal sino en todos los ámbitos de la vida. Ante la enfermedad, ante los problemas ordinarios, si te alejas de Dios, avanzas hacia la oscuridad. Cuando te acercas a Dios estás cerca de la luz. Esto no es fácil y requiere de una búsqueda. Pero Dios siempre acaba hablando, de una forma u otra.

—Hace unas semanas, desde las diócesis extremeñas, se propuso un repique de campanas por la España vaciada. La Iglesia se ve afectada precisamente por la falta de fieles en estos lugares. ¿Cómo vive esta realidad?

—Es una cuestión complicada. La solución la va a decir el tiempo. Tenemos un problema vocacional grave. La mayor parte de mi vida sacerdotal la he pasado en un pueblo. En estos años he visto cómo desaparecía el farmacéutico, el médico, el maestro… Los que más hemos aguantado somos los curas. Llegó un momento en el que prácticamente el único profesional con carrera era yo. Eso me hizo trabajar directamente con los jóvenes y los niños para procurar que salieran a estudiar. La solución es muy compleja… Difícilmente podría dar una fórmula para resolver esta problemática. La llamada de atención de los obispos es para hacer ver que esta realidad nos afecta y nos preocupa.

—¿Cómo vivió lo más duro de la pandemia? ¿Cómo mantuvo el contacto con los parroquianos?

—Hubo un primer momento terrible porque teníamos toda una programación para la Cuaresma y la Semana Santa que se vio repentinamente suspendida el año pasado. Fue muy triste el dejar de ir a la iglesia y no poder encontrarte con los fieles. Yo, en aquel momento, recurrí a las nuevas tecnologías. El whatsapp facilita mucho las cosas porque puedes conectar con la gente, mandarles oraciones, ánimo y reconstituir a las personas que han sufrido alguna pérdida o padecen la enfermedad. Tan pronto volvimos a esta especie de «relativa normalidad» nos pusimos a funcionar inmediatamente. Gracias a Dios en mi parroquia la nave es grande y contamos con un aforo amplio. Eso nos ha permitido celebrar, con las medidas sanitarias oportunas, la Semana Santa con devoción. La gente estaba deseando volver a la Iglesia. Cuando han venido ha sido de corazón, contentos, a participar de la celebración con sinceridad. Ha sido muy emocionante el reencuentro con la feligresía. Y ahí estamos, esperando con esperanza que los mayores terminen de vacunarse y que podamos volver a hacer todo de nuevo.

Echo mucho de menos las actividades con los jóvenes. No hemos podido hacer el campamento este año, ni encuentros, ni retiros, ni ejercicios espirituales… Son actividades fundamentales en la vida de una parroquia que esperamos ir retomando poco a poco.

—La covid-19 nos ha forzado a parar, a hacer silencio. ¿Es éste capaz de sanarnos en mitad del ruido?

—Indudablemente. He tenido esta experiencia personal hace poco. Cuando llegó el confinamiento cesaron todas las obligaciones inmediatas. Yo tenía muchos propósitos en mente,  entre ellos, publicar tan pronto como pudiera Las armas de la luz. Al tener que encerrarme en casa, el encuentro con uno mismo, el silencio, la soledad… Había desaparecido el culto y el contacto diario con los fieles, por lo que en ese momento apareció ante mí otra perspectiva de la realidad. Me permitió repensar mejor lo que estaba haciendo. En mi caso, conseguí una mejor estructura para la novela —pensaba que ya la tenía escrita— y la rehice por completo. Y aquí la meditación, el tiempo para hacer las cosas bien y la paciencia me permitieron concluir la novela de tal forma que ahora estoy mucho más satisfecho de lo que estaba entonces. Y en mi vida personal es donde se produce el gran milagro. Me empiezo a dar cuenta de que lo esencial queda sepultado por la agitación que nos produce esta vida. Esto no es un tópico. Hay que abrir el alma, hay que abrir el corazón para encontrarlo. Esto no solamente aparece en El principito sino que aparece en el libro de Samuel. La obra de Pablo D´Ors, que leo y releo permanentemente, nos invita a redescubrir el Cristo interior. Tenemos que encontrarnos con Él, buscar dentro de nosotros para hallar nuestra propia verdad.

—¿Cómo se puede hacer una oda a la belleza de Dios en lo cotidiano?

—A mí siempre me ha ayudado mucho la naturaleza. Tal vez porque me formé en una espiritualidad muy concreta, que es la del movimiento scout. Me enseñaron que el contacto con la naturaleza era una gran escuela de vida. Yo procuro salir diariamente al campo. Oro en la contemplación de cuanto hay. Los colores, los aromas… Da igual que sea primavera, invierno o verano. Ahí busco el silencio y la paz.

Por otro lado, el rezar en el templo, delante del Santísimo y con los fieles. Es algo que me llena profundamente. La oración comunitaria… Entiendo la Eucaristía como ese gran encuentro en el que todos somos uno y en el que Dios está en medio de todos, haciéndose presente con su promesa: «Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» y «cuando estéis reunidos dos o más en mi nombre, allí estaré yo». Eso me llena. El domingo es un día de felicidad del cual ya no podría prescindir.

—¿Qué propuesta tiene la Iglesia para poder sanar las heridas que cada quien lleva a cuestas?

—La Iglesia tiene un gran mensaje. Lo ha tenido siempre y lo tendrá siempre. Ahora bien, tiene que entender que es susceptible de purificación. Igual que nosotros padecemos, la Iglesia, como cuerpo místico, tiene que sufrir los avatares de la historia. Ahora tenemos un momento de adversidad. Hemos vivido grandes escándalos dentro de la Iglesia. Cosas que nos han causado un dolor tremendo. Abusos, mala gestión económica… Sufro con todo esto, como miembro de la Iglesia.

Pero de esos escombros lo que saldrá será una Iglesia más purificada y verdadera. Hoy en día nadie va a Misa por una cuestión social o por encontrarse allí con nadie. El que va ahora va de verdad. Y eso me reconstruye mucho…

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