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«Jesús no solo está en la Eucaristía, también en los pobres», por Carlos González

El corazón tiembla cuando se sabe huérfano y desvestido de un plato de comida. Con la aparición del coronavirus en España, la curva de emergencia social comenzó a crecer casi en paralelo a la de emergencia sanitaria. Un argumento clave que la Iglesia, con Jesús de Nazaret al frente, no ha dejado abandonado a la intemperie. Muchas parroquias, asociaciones, comunidades, ONG, etc., están movilizando todos sus recursos para ofrecer servicio, acompañamiento y oración a todos los afectados por el COVID-19. La finalidad es una: poner corazón en tantas manos heridas que olvidaron ver la luz por tantas lágrimas de desconsuelo. Y el camino, escrito en voz baja, es el amor.
«Hace tanto tiempo que nadie me besa…». Fueron las últimas palabras que le dijo Lola, una anciana de 80 años, al padre Ángel, después de que el sacerdote posara en su frente un beso de paz y de ternura. Cinco minutos más tarde, una ambulancia llegaba a la residencia para llevarla al hospital. Hoy, mientras todo un país tiembla de angustia, ella ya no siente miedo, ni soledad, ni frío. Porque la pobreza, en estos tiempos de pandemia, no solo llega a los hogares en forma de hambre y carestía.
El camino es el amor. Y en su regazo, habita la Iglesia, con tantas y tantas iniciativas que atienden necesidades pastorales, espirituales, sociales, asistenciales y educativas allí donde el confinamiento apaga, por segundos, las razones al verbo continuar.

Mensajeros de Jesús, y también de la Paz

Es miércoles, y acaba de terminar el cocido solidario que Mensajeros de la Paz ha repartido desde las puertas de la iglesia de San Antón de Madrid a los más desfavorecidos por causa de la pandemia. Donado por el restaurante Shukram y a tan solo dos días de la celebración de san Isidro, el patrón de Madrid ha presidido este entrañable encuentro. El padre Ángel, tan generoso como de costumbre, atiende a mi llamada sin reproche. Está confinado desde hace más de dos meses, aunque sigue de pie, «y sobre todo de rodillas, rezando, que es lo que uno sabe hacer mejor». Para él, la bondad es el principio del tacto, y el respeto por los otros es la primera condición para saber vivir. Y, cuando se trata de darse al hermano, lo cumple a la perfección.
«La pobreza, en este tiempo, se ha multiplicado por tres o por cuatro». Y hoy, «en el cocido, por ejemplo, donde hemos guardado todas las normas de seguridad, el cambio ha sido muy notorio», confiesa el presidente de Mensajeros de la Paz. Y lo hace, dejando —a su paso— la nota principal de la melodía… «En la Iglesia estamos unidos para hacer el bien, y no miramos el color de la ONG o de la gente que está en la fila». Sin embargo, añade con la voz ahogada, «qué difícil es todo esto para el que duerme en la calle, que ni siquiera tiene un sitio donde lavarse las manos…». Aunque durante estos meses de confinamiento se ha seguido ayudando a más de 1.200 familias, la fundación Mensajeros de la Paz ya ha abierto —de forma presencial— sus comedores sociales y el banco de alimentos para que las familias que lo necesiten puedan acudir a solicitar ayuda.

«Esto solo se hace por amor»

A este sacerdote de 83 años, aún le tiembla la voz cuando pronuncia la palabra «pobre», porque sabe que, detrás de esa apariencia deslustrada, palpita un sacramento vivo: «Jesús no está solo en la Eucaristía, está en cada uno de los pobres». Y, en estos días, mucho más. «Y está no solo en los que mueren a causa del coronavirus, sino también en los sanitarios que curan». Una confesión que reposa sobre el Dios que, días tras día, ha cincelado su ministerio. Un puñado de fe que este apóstol de cabello nevado ofrece con los ojos nublados de nostalgia: «Durante este tiempo, ha salido lo más precioso de todos nosotros, que es la solidaridad». Porque «hay gente que ni siquiera puede comer una vez al día, y esto es tremendo», reconoce. «Ver colas y colas de gente esperando para que te den un trozo de pan era impensable. Eso lo vivimos los niños de la posguerra. Y volver a ver esto duele, y mucho». Un recuerdo que, aunque ahoga sus instintos, va meciendo lentamente la marea de los que sufren. «Ya no pensamos en calidad de vida, sino en sobrevivir y en poder comer».
Sin embargo, su voz, al igual que su mirada, deja un poso de esperanza… «Poner la vida en los más necesitados te da una felicidad interna. Es un privilegio poder hacer el bien, y yo lo tengo. Podemos acariciar a la gente, darles un trozo de pan, un kilo de azúcar…». Estar, sin más, al lado de los últimos. Ser Iglesia. Y vivir como tal, pienso para mí. «¿Y qué siente su corazón cuando lo hace?», le pregunto, a medida que su garganta rehíla de emoción. «Cuando lo haces, sientes que has hecho algo importante. Aunque a veces cuesta. Pero hay personas que, materialmente, no pueden hacer ningún bien, porque no tienen nada…». Y usted, «¿por qué lo hace?», insisto, consciente de que, en ocasiones, la recompensa solo se ve desde el cielo. «Esto, desde luego, no se hace por dinero; se hace por amor. Yo he recibido muchos palos, pero más palos recibe el que duerme cada día en la calle. Abrazar a un niño, consolar a un triste o hacerle sonreír a un anciano compensa todos los esfuerzos y te enseña que, al final, todo merece la pena».

«Es desesperante y nos encontramos desbordadas»

Allí donde el corazón zozobra, grita con fuerza la esperanza. Porque no todo está perdido mientras haya una sola mano dispuesta a adentrarse en el mar para salvar a quien se ahoga. Así que mi siguiente parada telefónica estaba en Puente de Vallecas. Allí, en la calle Encarnación González del barrio de San Diego, me espera la hermana María del Socorro. Es la madre superiora de la comunidad de las Siervas de Jesús de la Caridad de Vallecas, tiene 50 años y, junto a cinco hermanas, reparte 900 comidas al día.
«La realidad que estamos encontrando es muy triste. Mucha gente se ha quedado sin trabajo, familias enteras, con niños, jóvenes… Esta crisis ha hecho que las peticiones de ayuda se tripliquen y, sinceramente, es desesperante y nos encontramos desbordadas». Son sus primeras palabras de desahogo, tras el saludo y el encuentro inicial.
Sor Socorro, desde que entró al convento hace 34 años, jamás había vivido algo igual. En su camino tras las huellas de la Belleza, la religiosa reconoce el cansancio de los días pesados y la melancolía que, a veces, envuelve sus ojos. «Somos seis hermanas y trabajamos principalmente con voluntarios, pero son grupos de alto riesgo, y ahora no pueden estar. Estamos repartiendo unos 500 bocadillos al día, de lunes a sábado, además del reparto de comidas para familias de bajos recursos, que son unas 300, cuando antes teníamos 70». Así que «imagínate la situación», revela, sin descuidar en ningún momento a la Providencia que nos sostiene delicadamente entre sus dedos.

«El rostro de Dios muchas veces se te esconde»

Hablar con la hermana Mª del Socorro es descubrir cómo, ante la desolación y las ruinas, también crecen árboles colmados de hermosura. «Aquí vemos el rostro de Jesús en el pobre necesitado que nos mira», revela, mientras desvela su vocación agradecida al otro lado del teléfono. «Es muy doloroso decirle a la gente que no podemos ayudarles más…». Por eso, confiesa, tras unos segundos de silencio y quietud, «el rostro de Dios muchas veces se te esconde, y en estos momentos más». Todo el mundo «está pidiendo por el fin de la pandemia, y te preguntas: ¿dónde está Dios?». Una pregunta que ella misma responde al instante… «O sea, te lo cuestionas humanamente, pero el Señor a lo mejor está permitiendo esto para una purificación de toda la humanidad. Y es que nos hemos acomodado tanto…».
Y cuando parece que nada está claro del todo, insiste en su mirada primera: «El rostro de Dios lo veo, sobre todo, en estos pobres. Ellos son los que más sufren».

Una ternura maternal al servicio de los últimos

La ternura maternal de las Siervas de Jesús de la Caridad no solo se conjuga en la oración. Las obras, que comienzan a fraguar desde la madrugada, forman parte de su jornada. Y ahora más que nunca. «Estar con los más necesitados es una manera de darlo todo», asevera. «Realmente terminamos rendidas y cansadísimas; y, sin embargo, no tiramos la toalla, seguimos ahí». Y ellos también siguen, mirándolas, gracias a sus manos generosas y buenas. «A estas personas necesitadas, si no les ayudas tú, ¿quién lo va a hacer?», suspira, con todo el peso de su llamada. «Entonces, te das cuenta de que lo que te sostiene es una satisfacción interna que te da esa fuerza que necesitas». La gente tiene una idea «muy equivocada» de las monjas. O, al menos, eso dice sor Socorro. «Nosotras seguimos con la oración, que es lo que nos da fuerza. La oración, ante todo. Y, de ahí, nace todo lo demás. Porque trabajamos mucho. Desde las cinco y media de la mañana empezamos a rezar y a trabajar. Aunque también somos personas y nos cansamos».
Y «supongo que, también, vendrán momentos de abatimiento», le digo, sacando a la luz el misterio que encierra una vida religiosa que apenas se conoce. Y ella no se guarda nada, porque sabe que, más allá del cansancio, desea caminar despacio mientras su corazón late como si su Madre —la que es, también, de Jesús­— le recitase poemas al oído. Con pasos cortos de mendigo, que se balancea mientras se ríe el mundo, desbordada de una sensibilidad que solo Dios conoce. Y así lo reconoce: «A pesar de que vienen momentos de angustia, de estrés y de abatimiento porque te ves desbordada, hay una fuerza que te empuja; y, al final, te sientes bien contigo misma. Aunque sabes que, en realidad, no eres tú quien lo está haciendo, sino que es el Señor quien lo hace a través de nuestras pobres manos».

«Los hijos llevaban semanas alimentándose de agua y pan»

Dios nunca rompe sus promesas. O, al menos, así palpitan los ojos de quien le mira y se prende en el silencio de sus pupilas. Uno de ellos es Conrado Giménez, el presidente de la Fundación Madrina. Son las dos de la tarde de un jueves atípico, y atiende mi llamada desde los bajos de la parroquia Santa María Micaela, ubicada en pleno corazón de Madrid. «Aquí, cada día, se nos agotan siete toneladas», confiesa, «y ten en cuenta que hemos pasado de atender 400 casos a 2.500 al día». Una cifra que, desde luego, no deja indiferente a nadie.
La Fundación Madrina, que lleva 20 años trabajando para ayudar a las madres y a sus bebés, ha percibido, de primera mano, cómo la crisis sanitaria del coronavirus ha despertado todas sus alarmas. «Desde la Fundación, combatimos, sobre todo, el riesgo alimentario de los niños, y también el de los adultos», afirma Giménez. Detalle que ahora, en estos momentos, va mucho más allá de la infancia y la maternidad… «Estamos viviendo de la Providencia, con cerca de 200 voluntarios. Si lo vieras… Tenemos colas kilométricas y estamos repartiendo 500 cestas de comida de alimentos sólidos, procedentes de mercamadrina, de restaurantes solidarios, de donaciones de distintas empresas… Lo hacemos con la ayuda de Correos, de servicios sociales de instituciones, fundaciones y parroquias», confiesa el presidente de Madrina, sin dejar de prestar atención a las personas que, durante la conversación, se acercan para darle las gracias. «Es María, tiene cinco hijos y hace unos días nos enteramos de que los niños llevaban semanas alimentándose de agua y pan».

«Cada vez viene gente mejor vestida»

La Providencia es, sin ninguna duda, la mejor brújula donde descansar los cansancios cuando las fuerzas ya no llegan. Y en la Fundación Madrina, mucho más. «Cada día se vacía el banco de alimentos que tenemos aquí y no sabemos qué va a pasar mañana», sostiene Conrado, que está preparando el banco para el día siguiente junto a Francisco, a Pilar y a Susana, tres voluntarios a los que la fundación «les ha cambiado la vida». Es, tal y como reconoce, un verdadero milagro… «Es Providencia divina; hoy ya está vacío y, de repente, empiezan a entrar donaciones cuando vamos a reponer, que no sabemos cómo ni de dónde proceden, y se llena de nuevo el banco para mañana».
Así, todos los días. Llegan personas «de todas las nacionalidades y condiciones» que jamás habían sentido necesidad de solicitar ayuda, y mucho menos comida para afrontar el día. «La gente está en la fila desde las seis de la mañana y, cuando llegan a por su comida, la mayoría se pone a llorar», relata, volviéndose a emocionar mientras pone nombre y rostro a cada uno de los que recuerda. «La mayoría es la primera vez que lo hace, y nos encontramos con empresarios y familias que siempre han vivido muy bien, pero que ahora se han quedado sin poder comer». Y, por eso, «seguimos, de lunes a domingo, desde el amanecer hasta las doce de la noche, y así se ha conseguido salir adelante».
«Cada vez viene gente mejor vestida», deja caer, bajando la voz y alzando la mirada al mismo cielo en el que Conrado nunca ha dejado de creer…

«Aquí todos los días palpas a Dios»

Y todo esto, «¿por qué lo hacéis?», le pregunto, mientras percibo su mirada y su fe algo cansadas. «Por amor de Dios. La Fundación Madrina es obra de la Virgen, y aquí tenemos, presidiéndonos, a la Virgen de Schoenstat . Todo el mundo que viene es porque la Virgen, de una manera u otra, actúa. Ella va llamando, a su manera, a los voluntarios para ayudar, y ya contamos con 200». Estos han decidido dejarlo todo «y jugarse la vida por los más necesitados», pero «aquí nadie se queda son comer», añade contundente Conrado. Además, «estamos protegidos frente a la pandemia y no tenemos miedo». Pero, «¿nada?», le insisto. «No, porque estamos sellados por el manto de la Virgen, que nos cubre a todos para seguir haciendo esta labor tan necesaria, para que ninguno de los hijos de la Virgen tenga hambre y para que ninguna madre pueda dudar de seguir adelante con su embarazo».
Una confianza ciega, para otros incomprensible, pero que está dando sus frutos allá donde el hambre le rompe las razones al corazón… «Esta mañana ha venido un señor de 93 años que nos ha dado 5 euros —todo lo que tenía— para comprar comida… Son detalles que, sin duda, derriten el corazón de Dios».
Esto «es un milagro cada día». Dios, continúa Giménez, «te da los medios para hacer su obra, y Él hace lo imposible. Tan solo necesita personas que le digan sí. Y yo, en su momento, le dije que sí, cuando muchos me dijeron que era un loco por buscar voluntarios cuando empezó toda la pandemia, y Dios los convence y los sella a fuego». Aquí, «todos los días palpas a Dios», y «yo les pido a los voluntarios que acojan a las madres y a los niños como si la Virgen misma les abrazase. Exactamente igual. Todos los días estamos viendo a Dios en los ojos sufrientes de estas madres y de estos niños que atendemos».

«Pasamos de dar 300 comidas diarias a 900»

Decía Paulo Coelho que «cuando todos los días resultan iguales es porque el hombre ha dejado de percibir las cosas buenas que surgen en su vida cada vez que el sol cruza el cielo». Y, en estos tiempos de angustia e impaciencia, debemos aferrarnos a la bondad de muchos para mantener nuestra embarcación a salvo. Aunque las olas columpien a destiempo nuestra marea. Aunque el sol tarde varias noches en volver.
Donde amanece cada día es en el comedor social San José, de la parroquia San Ramón Nonato de Madrid. Este comedor surgió hace seis años y, como cuenta José Manuel Horcajo, su párroco, «nunca se había visto desbordado de esta manera». Los que acuden asiduamente a la parroquia aseguran que el éxito de este refugio vallecano está en que las puertas del templo siempre permanecen abiertas, como dos brazos que esperan —sin tiempo, en medio de una tempestad— un espacio de escucha, acogida y cuidado.
Al comienzo de la pandemia y del confinamiento, asegura el padre Horcajo, pensaron en cerrar el comedor: «Falta de voluntarios, incertidumbre, ausencia de muchos comensales que tenían miedo de salir… Pero empezó a llegar más gente a pedir comida: quince, treinta, ochenta, cien, trescientos… Como no podíamos dar las comidas dentro (tal y como hacíamos hasta el momento), inventamos un ingenioso sistema de reparto en diversos modelos para que pudieran llevarse comida caliente». Total, «que pasamos de dar trescientas comidas diarias a novecientas: se triplicó la cosa. Una auténtica locura».

«Esperan largas filas, durante horas, solo para un bocadillo»

Horcajo conoce, de primera mano, la gravedad del coronavirus, ya que administró el sacramento de la Unción de Enfermos al primer contagiado del hospital Gregorio Marañón, el 3 de marzo. Y, por eso, ahora, desde el comedor, con Jesús en el centro de su andar, no desampara a ninguna de las personas que acuden a pedirle auxilio. «Estábamos desbordados y cada día intentábamos llegar a todos con cierto orden», cuenta el sacerdote, quien se encontró una carga policial, contenedores ardiendo y jóvenes encapuchados corriendo el día que llegó a su nuevo destino en el Puente de Vallecas. Hoy, diez años más tarde, drogadictos, vagabundos y prostitutas que acudieron a la parroquia solicitando ayuda, testimonian la Palabra a través de los numerosos grupos de evangelización. Y también forman parte de la cadena de solidaridad que, en estos momentos, arropa uno de los barrios de Madrid con mayor pobreza, tasa de inmigración e inseguridad.
Durante los primeros días de pandemia, «la necesidad de algunas personas me dejaba pasmado», porque «esperaban largas filas pacientemente durante horas, a veces, solo para llevarse un bocadillo. Algo nunca visto». Cada día, continúa el párroco, «al terminar de atender a algunas personas en la parroquia, me pasaba por el comedor, que está enfrente, y preguntaba al encargado: “¿Han venido hoy más?”. “Sí, padre”, me decía, “la fila es más larga que ayer”». Entonces «me asomaba y veía que llegaba hasta el final de la manzana. “Vaya, llega hasta el final”, le decía. “No, padre, la fila sigue por el otro lado, llega hasta la parroquia y continúa”. Total, que no se veía el final…».

«Cada día es un milagro»

La parroquia cobija, entre otras muchas labores de acción social, los hogares de María de Villota, que alojan provisionalmente a personas sin techo. Estos tenían miedo de contagiarse pero, al ver las filas que se formaban para solicitar ayuda en el comedor, se conmovieron y decidieron sumarse a la causa. «Al final, ¡qué bonito!, los pobres que estaban temporalmente acogidos, se han convertido en los voluntarios que cada día cocinan, ponen los paquetes, pasan la lista, sirven la comida y recogen todo después». De esta manera, «se cumple el lema de nuestra parroquia: Pobres que evangelizan a otros pobres».
Mientras me cuenta, el teléfono del padre Horcajo no deja de sonar. Y, con un carácter amable y paciente, a nadie le dice que no. Solamente les anima a esperar y a confiar. En lugares así, la espera y la confianza son unas aliadas perfectas si quieres llegar indemne al final del día… «¿Y cómo es posible llegar a tantas personas y, además, hacerlo sin miedo?», le interpelo, desde una trinchera que, desde luego, ya ha ocupado en demasiadas ocasiones. «Cada día, estos voluntarios se levantan a rezar un poquito y, a las ocho de la mañana, ya están funcionando las ollas y los bocatas. Preparan un menú según los recursos que nos hayan traído». Y siempre, como en tantos otros lugares, con la Providencia como protagonista de la escena… «Hace unos días nos llegó desde Mallorca un cargamento de 450 lubinas; o sea, que adivina qué hay de comer. Si llegan patatas, huevos, pescado, etc., todo se cocina. Y lo que sobra, se guarda. Cuando falta, se hacen bocatas, pero nadie se ha quedado sin comer».
Como sucede en los lugares anteriores que ponen su vida al servicio de los más necesitados, aquí «cada día es un milagro», tal y como reconoce el párroco. «A veces he amanecido con la preocupación de no tener nada para cocinar. Hubo momentos, al principio, de desabastecimiento en los mercados, y no sabíamos qué preparar. Pero siempre llega algo a tiempo. Es sorprendente. Ya nos hemos acostumbrado, pero a cualquiera se le pondrían los pelos de punta, ver que tendrás una fila de cientos de personas y no tener nada que darles… Es un puro milagro».

«Los mismos que cocinan son pobres que han vivido en la calle»

Aparentar, en demasiadas ocasiones, tiene más letras que ser. Y la respuesta, casi siempre, se encuentra en el fondo, donde los ojos no pueden ver… «He visto en la fila a algunos muy bien vestidos, gente que ha dado donativos en otros momentos y ahora esperan pacientemente su turno», reconoce el padre José Manuel, a la vez que confiesa que «muchos están sedientos de Dios, pero están turbados, abatidos, desanimados y desorientados». Cada persona que espera «es un regalo de Dios», y «creo que muchos saben que los mismos que cocinan, son pobres como ellos, y han probado la dureza de quedarse en la calle». De hecho, «muchos de los que reciben, me piden ser voluntarios».
De repente, el teléfono del sacerdote comienza a sonar de manera insistente. «Es mi madre», me dice, «me llama con frecuencia porque tiene miedo de que me contagie». Y se emociona, porque sabe que el porvenir de un hijo es obra de su madre. Ella también lo sabe; y, por eso, cuando piensa en él, ve —en los pobres— la mano cuidadosa de su hijo. «A mí me enseñan mucho los pobres», susurra Horcajo, «son toda una escuela y, en sus sufrimientos y esperanzas, veo a Dios con su fuerza que nos habla».

Donde la luz nunca naufraga

El sol ha caído en Madrid con una templanza inusitada. A lo lejos, aún queda luz en los bolsillos. Y cuando estoy a punto de terminar este reportaje, me llama la hermana Mª del Socorro. Se ha confundido y me ha marcado sin querer. Pero intuyo que Dios está detrás. Así que, antes de que vuelva al silencio de su alcoba, aprovecho para preguntarle algo que se me olvidó… «Por cierto, hermana, ¿tiene miedo?». Su respuesta, como suponía, no tarda ni dos segundos en llegar… «Tal vez soy demasiado atrevida, pero interiormente no siento ningún miedo a contagiarme. Y si el Señor me quiere llevar, tampoco creo que se pierda tanto…». Bueno, «¿se ganará mucho en el cielo, ¿no?», le respondo, entre las risas de ambos. «No, no, para el cielo todavía me falta mucho», confiesa la superiora. «Entonces todavía no tiene que ir», le respondo, de nuevo. «No, aún tengo que ganármelo, pero la verdad es que no tengo miedo de estar en contacto con los pobres. No sé si es atrevimiento o es la gracia del Señor, pero no siento ningún miedo».
Tal vez, Dios también llora en su cuarto, cuando nadie le ve. Con ese amor compasivo que experimenta quien entra en contacto con el alma del pobre, del herido, del hambriento, para compartir ambos los latidos de sus corazones. Y, mientras, ahí permanece la Iglesia, tan rica en soledades, consuelos y esperanzas, donde más sangra la herida cuando el mundo se rompe, al borde del alud, quedándose en silencio para habitar el grito que se calla donde la Luz, a tientas, pervive lentamente…

Por Carlos González (@charlywriter_)

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