Diócesis Iglesia en España

Jesús Martín, párroco y canónigo de Toledo, en el Octavario de la Virgen del Sagrario

El párroco de San Julián de Toledo y canónigo de la Catedral Primada, Mons. Jesús Martín Gómez presidió una de las Misas del Octavario de la Virgen del Sagrario, que se está realizando en la Catedral con vistas a la Fiesta del próximo 15 de agosto. Concelebraron Mons. Santiago Calvo Valencia, arcipreste, D. Cleofé Sánchez Montealegre, secretario del Cabildo, D. Enrique Carrilo Morales, capellán mayor mozárabe y D. Juan Pedro Sánchez Gamero, canónigo responsable del patrimonio. El Deán, Mons. Juan Sánchez y el resto del Cabildo asistió a la celebración que fue participada por numerosos feligreses. La ofrenda floral estuvo ese día a cargo de los Heraldos del Evangelio de la archidiócesis.

 

Mons. Martín Goméz centró su homilía en la presencia de los laicos en la vida pública. Todos los ocho días de las celebraciones cada canónigo que preside aborda un tema específico vinculado a quienes ese día participan de la Eucaristía.

 

El día 15 de Agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen, la SICP celebra la fiesta de Nuestra Señora del Sagrario, Patrona de la Ciudad de Toledo. La Virgen del Sagrario, coronada canónicamente en 1927, es una bellísima imagen sedente del s. XIII, tallada en madera de peral y recubierta de láminas de plata y filigrana que para esta fiesta se suele revestir con ricos ornamentos.

 

La fiesta viene precedida de un Octavario de preparación; el primer día del mismo la Sagrada Imagen es trasladada procesionalmente desde su Capilla hasta el Altar Mayor de la Catedral, que en razón de la masiva afluencia de fieles, suele prepararse para esta ocasión en el interior de la Puerta de los Leones, bajo el Órgano del Emperador.

 

Estas fueron las palabras del Mons. Martín Gómez:

 

“Saludo con afecto cordial a los hermanos sacerdotes concelebrantes, al
Ilmo Sr Deán y miembros del cabildo primado, a la directiva y socios
de la Esclavitud de la Virgen del Sagrario, a las hermanas religosas de
la catedral y de otros lugares, a los Heraldos del Evangelio, a este grupo
de acólitos, que día tras días sirven al altar con todo esmero. A todos
vosotros, hermanos y hermanas que participáis en este cuarto del día del
Octavario, así como a cuantos lo contemplan por el canal diocesano o lo
escuchan por Radio Santa María de Toledo. A todos, paz y bien.

Es verdad que la expresión “vida pública”, de cuyo tema hoy
corresponde hablar, es muy amplia dado que abarca múltiples aspectos. Al
referirnos a ella queremos decir ahora la presencia del cristiano en aquellas
estructuras sociales que conforman la vida ciudadana, pero realizadas
desde la perspectiva de la fe.

 

La Virgen María estuvo muy presente en la Vida pública de su tiempo
y, sobre todo, de su Hijo, impulsándole y alentándole, desde la cercanía,
en unas ocasiones y desde la distancia, en otras. También el mártir san
Lorenzo, cuya memoria recordamos, dio valiente testimonio público de
la fe en Jesucristo hasta aceptar con gozo el martirio –muriendo en la
parrilla- por confesar a Jesucristo sin amedrentarse ante nadie ni ante nada.

En tiempos no lejanos, no se concebía hablar del compromiso del
cristiano en la vida pública. No se entendía, por parte de muchos, que
tomar parte en estas actividades pudiese llevar consigo dar una respuesta
al evangelio y que las responsabilidades de esta índole tuvieran mucho que
ver con la vida cristiana.

 

Hoy se ha operado un cambio sustancial. Implicarse en la cosa
pública en el momento presente, es desarrollar una de las actividades
más importantes que configuran la vida de los ciudadanos. El concilio
Vaticano II, Los Papas de los últimos tiempos y nuestros propios Pastores,
así como el XXV Sínodo diocesano y los Lineamenta para la preparación
del Sínodo de Obispos que Benedicto XVI ha convocado para el próximo
mes de octubre sobre la Nueva Evangelización en el Año de la Fe, han
hablado y escrito con claridad y animado a los creyentes a perder el miedo
a esta participación, siempre que esté motivada por la fe en Jesús, que a un
cristiano maduro le corresponde.

 

El seglar no puede ni debe acudir a estos campos para medrar, ni por
arribismo, ni para enriquecerse, ni por la fama, el prestigio o el poder.
Estas motivaciones son contrarias al evangelio. El único móvil que
debe primar es el servicio desinteresado, la preocupación por los más
desfavorecidos, el velar por los que se encuentran en inferioridad de
condiciones, la búsqueda de un equilibrio económico más proporcionado
en el entorno: pueblo, ciudad, comunidad autónoma o en el propio país. En
definitiva, se trata de crear unas condiciones de vida más fraternas y una
sociedad más justa y equilibrada.

 

El cristiano que desee dar una respuesta adecuada, desde la fe, a los
hombres de hoy y ejercer un servicio generoso, como lo hizo María, debe
tener clara conciencia, de que si le es posible, ha de implicarse de una u
otra forma, de manera directa o indirecta, en el mundo de las actividades
ciudadanas. El dar una respuesta y manifestar públicamente las propias
convicciones personales y eclesiales son imperativos ineludibles de las
propias creencias.

 

La presencia de los laicos en estos campos debe dar sentido a su
actividad como creyentes, tratando de evangelizarlas, so pena de que
existan razones que le eximan del ejercicio de estas responsabilidades
ciudadanas. Cada uno debe saber en cuántas y en cuáles ha de implicarse.

 

La libertad de los católicos en la vida pública, no justifica la separación
entre sus convicciones religiosas y morales y sus decisiones. La diversidad
de opiniones en los asuntos temporales es legítima; pero esto no debe
impedir nunca la necesaria coincidencia de los cristianos en la defensa
y promoción de los valores y proyectos de vida derivados de la moral
evangélica.

 

Los creyentes, en el ejercicio de sus derechos ciudadanos, deben
participar en aquellas instituciones civiles -ayuntamientos, docencia,
centros cívicos, asociaciones de vecinos, de padres de alumnos, de amas
de casa, de cultura, de recreo, de deporte… encaminadas a favorecer el
ejercicio de estos derechos y el cumplimiento de sus responsabilidades. Las
ha de promover como un servicio al bien común y como lugares propicios
para anunciar, desde ellas, el evangelio de Jesucristo.

 

La Iglesia ofrece los principios que deben dar forma y sentido al amplio
campo de la actividad pública de los cristianos. Hay que partir de lo que
afirma la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual: “La
Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su
historia”. Si se quiere concretar esta afirmación debemos recordar que es responsabilidad nuestra difundir cada vez más el reino de la justicia y de
la caridad entre los pueblos, que se ha de predicar la verdad evangélica e
iluminar todos los sectores con su doctrina y con el testimonio de vida.

 

También invita la Iglesia a esforzarse por crear un clima en el que
los privilegiados en las diferentes áreas de la vida pública sean los más
desfavorecidos, los débiles, los que carecen de casi todo…

 

Es necesario, así mismo, favorecer iniciativas que beneficien la vida en
cualquiera de sus estadios.

 

Por eso los cristianos que se dedican a la vida pública, tienen necesidad y
derecho a ser ayudados y acompañados por la misma Iglesia.

 

Así para una verdadera y eficaz actividad, por parte de los seglares, es
preciso impulsar recursos y apoyar instituciones dedicados a la formación
de los católicos para que actúen en los diferentes ámbitos de la vida con
verdadera inspiración evangélica y adecuada preparación profesional.

 

Esto lleva a preguntarnos: ¿Cómo es posible hacerlo? ¿Pueden unos
cristianos coherentes con su fe realizar este camino que traza la Iglesia de
forma limpia, sin mancharse las manos? Muchos hombres y mujeres lo han
hecho y lo hacen. Pero sólo es posible realizarlo con la acción de Dios, con
la imprescindible ayuda de la Virgen María. Ella, que supo estar presente
en aquellas situaciones que reclamaban su presencia, está impulsando a
cuantos tienen responsabilidades en estos ámbitos. Ella fue la primera
creyente que seducida por Dios se entregó sin reservas a los hombres. ¿Se
ha olvidado María de nosotros? Evidentemente no. Cuando el Señor se
la encomendó a Juan al pie de la cruz dicéndole: “Ahí tienes a tu Hijo”,
desde aquel instante nos la entregaba a nosotros para que velase en nuestro
caminar hacia el Padre. Pero muy especialmente para que impulsara y nos
diera los resortes necesarios para no equivocarnos, cuando mirando al bien
común y pensando siempre, como ella en los más desfavorecido, como
cantamos en el himno del magnificat, nos decidamos todos, sin miedo
y con valentía, a construir la ciudad temporal. En ella descubriremos la
alegría de vivir y así será anticipo y representación de la ciudad celeste
donde contemplaremos a Dios con las manos llenas y los ojos limpios,
como ya lo hace san Lorenzo y, de manera singular, María, la Virgen del
Sagrario”.

 

Por José Alberto Rugeles Martínez

 

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