Carta del Obispo Iglesia en España

Jesús en medio de nosotros, por César Franco, obispo de Segovia

Jesús en medio de nosotros, por César Franco, obispo de Segovia

Me pregunto muchas veces si los cristianos, al participar en la eucaristía dominical, somos conscientes de la gracia inmensa que recibimos. El hecho de poder hacerlo cada domingo le ha arrebatado la sorprendente novedad que describe el evangelio de hoy. Los discípulos estaban cerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. De repente, Jesús entró en la estancia y «se puso en medio». Les dirige el saludo de siempre: «paz a vosotros», el mismo que el sacerdote utiliza cada domingo. Y al mostrarles las manos y los pies, dice el evangelio que «se llenaron de alegría al ver al Señor».

Cada domingo sucede la misma escena. No nos domina el miedo, pero sí la rutina, que nos priva del asombro. Jesús se nos presenta vivo, aunque no nos muestre sus llagas, pero sabemos que está ahí. ¿Y la alegría? ¿Desborda alegría nuestra liturgia? ¿Son nuestros cantos invitación al gozo por ver al Señor? Es verdad que no lo vemos como lo vieron los apóstoles, testigos de la fe. Pero, acabadas las apariciones, descubrían al Señor en los signos que dejó: la Eucaristía es el signo por excelencia. La que nos hace ser Cuerpo de Cristo, Iglesia del Señor.

Celebrar el domingo es celebrar la presencia del Resucitado que se nos revela con la novedad del primer día. Somos nosotros los que, como Tomás, seguimos pidiendo «ver» con los ojos de la carne, «tocar» con nuestras manos para poder creer. Olvidamos que hay formas de ver y de tocar que trascienden lo físico. El alma tiene sus sentidos: ve, oye, toca, gusta y huele. Hay un mundo, decía Ortega y Gasset, más allá de las superficies y de lo tangible, que es el de las «realidades religiosas». La liturgia nos permite entrar en ese mundo gracias a los signos que Cristo mismo ha instituido. Para ello, nuestro espíritu debe hacerse sensible, despertar a ese mundo que supera lo meramente físico. Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús cuando partió el pan, y María Magdalena lo reconoció cuando escuchó su nombre. ¿Qué nos pasa a nosotros? ¿No vemos la fracción del pan? ¿No escuchamos las misma palabras que escucharon los apóstoles? ¿No percibimos que Cristo habla y nos invita a entrar en comunión con él?

Hay un gesto de Jesús, cuando se aparece a sus apóstoles el mismo día de la resurrección, que está cargado de simbolismo y significación. Jesús, dice el evangelio, «sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo». Este gesto recuerda al del Creador, insuflando su aliento en el barro de Adán, para hacer de él un ser vivo. Jesús resucitado sopla sobre los apóstoles para otorgarles el poder de dar la vida mediante el perdón de los pecados. Ese soplo de Cristo no ha terminado. El Resucitado sigue exhalando su aliento sobre la Iglesia, sobre nosotros, para que tengamos vida. Es el soplo del Espíritu capaz de despertar los sentidos del alma y hacernos ver, tocar, oír, oler y gustar el mundo nuevo en el que nos ha introducido la Resurrección de Cristo. Los cristianos no nos inventamos las realidades espirituales propias de la fe, no nos autosugestionamos para percibir lo que trasciende los sentidos. No vivimos de la ilusión de creer, sino de la certeza que nos otorga la fe, la misma certeza con que Tomás tocó las llagas de Cristo, los de Emaús reconocieron a Cristo en la fracción del pan y la Magdalena escuchó de labios de Cristo su propio nombre. Esas «pruebas» de que Cristo vive nos permiten a nosotros celebrar la eucaristía de cada domingo con un alegría desbordante, con el frescor de la primera mañana de Pascua y reconocer que Cristo se hace presente en nuestras asambleas, se pone en medio de nosotros y nos saluda con la paz. Lo mismo que entonces.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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