Carta del Obispo Iglesia en España

Jesucristo en el centro de la Navidad, carta apostólica del obispo de León

JESUCRISTO EN EL CENTRO DE LA NAVIDAD

Queridos diocesanos:

¡Feliz y santa Navidad a todos y a cada uno! A vuestras familias y personas queridas, a los pequeños y a los mayores, a los que sois felices y a los que lo pasáis mal por algún motivo. ¡Que Jesús, nuestro redentor y amigo, os visite y os colme de alegría y de esperanza, sea cual sea vuestra condición personal o religiosa! Es Navidad. Cada uno tiene en estas fechas la sensibilidad a flor de piel por muchos motivos. Esta es mi convicción: “En Cristo están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento… mi espíritu está con vosotros, alegrándome de veros en vuestro puesto y firmes en vuestra fe… proceded unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe que os enseñaron y rebosando agradecimiento” (Col 2,3ss.5).

No quisiera que mis palabras distrajeran a unos o molestaran a otros. Cada uno sabe al llegar estas celebraciones cómo comportarse. Deseo, sí, que no se olvide lo que está en el origen de estas fiestas porque lo saben hasta los niños más pequeños, aunque reconozco que mucha gente prefiere apelar al solsticio de invierno en la noche más larga del año, para motivar la Navidad y justificar la fiesta. Olvidando, curiosamente, que la Navidad se celebra también en los países del hemisferio sur, donde sucede lo contrario que en el hemisferio norte en lo que al sol se refiere. Luego este no es el principal apoyo de la Navidad. Por otra parte no sabemos tampoco en qué época concreta del año nació Jesucristo cuyo nacimiento celebramos. A los evangelistas se les debió olvidar este dato, síntoma de que no era decisivo para los primeros cristianos. Para estos y para los creyentes actuales lo esencial es que el Hijo de Dios se hizo hombre y “habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” (Jn 1,14)

Sin embargo los evangelistas sí tomaron nota de que nació en un establo porque no hubo lugar en la posada para María en avanzado estado de gestación, y para el bueno de José, su esposo. Como advirtieron también otros detalles: que el Niño fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre, que llegaron unos pastores avisados por un ángel y que se volvieron muy contentos después de ver al Niño y a su madre, y que se oyó un canto que decía: “Gloria Dios en el cielo y en la tierra paz…” (cf. Lc 2,8-20).

¡Asombroso dentro de la sencillez y ternura del relato! Porque aquel hecho, al parecer insignificante, fue realmente un acontecimiento que cambió el curso de la historia humana. Aquello fue el comienzo del pueblo cristiano, de nuestro propio comienzo como hijos de Dios que nos reconocemos creyentes en Jesucristo por encima de tantas divisiones entre los hombres basadas en el color de la piel y en otros motivos más bien de separación que de encuentro. Es más, aquel nacimiento desencadenó una ola gigante que sigue transformando mentes y corazones, haciendo superar odios y enfrentamientos y ofreciendo una visión transcendente de la dignidad humana que nos iguala en el ideal y nos exige respetar, proteger y ayudar a toda persona sea cual sea su origen o condición, viendo en cada ser humano a un hijo de Dios y tratándolo con amor.

En el centro de la Navidad está Jesucristo para que, quienes nos llamamos sus discípulos, nos esforcemos en hacer realidad la concordia propia de los hijos del mismo Padre que nos adoptó como herederos para hacernos semejantes a su Hijo que, con este fin, se hizo semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. De nuevo: ¡Feliz Navidad!

+ Julián, Obispo de León

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