Carta del Obispo Iglesia en España

Jesucristo, el rostro de la misericordia, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

Jesucristo, el rostro de la misericordia, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

El papa Francisco comienza la bula de convocatoria del Jubileo con las palabras latinas “Misericordiae vultus” (el rostro de la misericordia). Jesucristo es ese rostro al que debemos mirar constantemente los cristianos para descubrir el corazón misericordioso del Padre. Con este título, el Santo Padre, en continuidad con sus predecesores, nos invita a vivir el tiempo jubilar, contemplando el rostro de Cristo, puesto que quien le ve a él, ve también al Padre (Cfr. Jn 14, 9).

Ahora bien, cuando escuchamos a los estudiosos de la Sagrada Escritura, podemos afirmar que la contemplación del rostro de Cristo equivale a la contemplación de toda su persona y de su obra. Esto quiere decir que Dios, por medio de la encarnación de Jesucristo, ha entrado en el mundo para compartir nuestra condición humana en todo menos en el pecado y para ofrecernos de este modo la salvación eterna.

Si tenemos presente esta equiparación entre el rostro de Cristo y su persona, descubrimos que toda su vida puede leerse y contemplarse desde la clave de la misericordia. Tanto las palabras de Jesús, llenas de compasión hacía cada ser humano, como todos sus gestos y milagros son la manifestación fehaciente del amor entrañable que Él siente por los enfermos, los ignorantes y los que viven en pecado. “En él todo habla de misericordia. Nada en él es falto de compasión” (MV 8).

Por lo tanto, al decir que durante el Año Jubilar es necesario contemplar el rostro de Cristo como manifestación de la misericordia del Padre, implícitamente estamos afirmando que esto es posible porque él previamente se ha dejado ver y nos ha revelado su misericordia. En este sentido, el papa Francisco dirá que “la misericordia es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (MV 2).

En nuestros días, muchos hombres y mujeres, por razones diversas, se han alejado de Dios y han olvidado su pertenencia a la Iglesia. La costumbre de una vida sin Dios les impide preguntarse por su propia identidad como hijos suyos. Ante la contemplación de esta realidad, todos los cristianos deberíamos actuar con la profunda convicción de que, aunque el ser humano viva alejado de Dios, en lo más profundo de su corazón sienten la necesidad de descubrir su rostro y, por tanto, espera encontrarse con él: “Buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro” (EG 14).

La misión de la Iglesia y, por tanto, la responsabilidad de quienes nos confesamos seguidores de Jesucristo consiste en acompañar a estos hermanos en su proceso de búsqueda del rostro de Cristo, respetando los tiempos y la evolución religiosa de cada uno. En este sentido, no deberíamos olvidar nunca que lo que realmente nos hace cristianos y verdaderos seguidores de Jesucristo no es un conjunto de ideas o contenidos doctrinales, sino el encuentro con una Persona que tiene el poder de cambiar radicalmente nuestra existencia y de darle una nueva orientación.

Si esto es así, cada día hemos de purificar la imagen de Dios para no quedarnos en la visión de algunos bautizados que sólo conciben a Dios como “mano poderosa” o “fuerza impersonal”. La búsqueda del verdadero rostro de Dios nos obliga a contemplar el rostro de Jesucristo, enviado al mundo, no para condenar al mundo, sino para que todos los hombres se salven por medio de él.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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