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Javier Cremades: pasión por la Iglesia y por el Papa. Por César Franco

Conocí a Javier Cremades cuando ambos éramos capellanes universitarios en la Universidad Complutense de Madrid. Él era capellán de la facultad de Ciencias de la Información y yo de la Escuela de Caminos, Canales y Puertos. Posteriormente, los dos trabajamos en la facultad de Derecho que era la que más actividad desarrolla. Javier pasaba prácticamente toda la jornada atendiendo a los universitarios, dedicado a la confesión y al acompañamiento espiritual.

Siendo ya obispo auxiliar, recibí el encargo de la Pastoral Universitaria y pude comprobar su entrega apostólica en este campo, nada fácil por cierto. También pude constatar su trabajo con jóvenes en la Iglesia del Espíritu Santo, encomendada a la Prelatura del Opus Dei, donde fui en varias ocasiones a realizar el sacramento de la Confirmación.

Posteriormente le he tratado más en el Comité Organizador de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 de la que fui coordinador general y Javier responsable de los actos centrales de la jornada. Tuvimos que trabajar codo con codo intensamente.

Lo primero que quiero destacar es que fue un sacerdote de los pies a la cabeza, un hombre de Dios. Aprovechaba cualquier circunstancia para hacer apostolado y presentar a Cristo a los jóvenes. Y lo hacía con cercanía y mucho sentido del humor. Siempre le he conocido alegre, trabajador incansable, con gran creatividad. Todavía tengo en casa la cruz que ideó como si fuera una medicina con un prospecto médico que es una original catequesis sobre el sentido de la redención de Cristo. Siempre lo he visto feliz con su sacerdocio y con un entrañable amor a la Virgen, que para él, como buen maño, es la Pilarica.

Durante la preparación de la JMJ manifestó un tesón enorme en lo que se proponía, luchando contra viento y marea por conseguirlo, consciente de que era la voluntad de Dios… No se dejaba vencer por las dificultades, que eran muchas, y tenía una confianza enorme en la Providencia. No se me olvidará en la tormenta de la vigilia de jóvenes, cuando parecía que todo iba en contra, cómo se dirigía al Señor y a la Virgen, bajo la lluvia, diciéndoles con mucho genio: «no podéis hacernos esto, que lo hacemos por vosotros».

También era experto en guardarse alguna carta para sacarla en el momento oportuno y ofrecer soluciones a los problemas que se planteaban y que parecían no tener solución. Las iniciativas que proponía, creativas, estaban impregnadas de verdadera pasión por la Iglesia y por el Papa.

Hace unos dos años cuando me llamó por teléfono porque quería visitarme en Segovia. Yo no sabía nada de su enfermedad, pero percibí enseguida que estaba seriamente enfermo. Me contó lo que le pasaba con enorme paz y serenidad y con su típico sentido del humor. Hasta me dijo más o menos el tiempo que le quedaba de vida, según el diagnóstico de los médicos. Me edificó mucho el modo como había aceptado la enfermedad y su inquebrantable confianza en el Señor.

Posteriormente, con la enfermedad muy avanzada, pude hablar todavía una vez por teléfono y, al exponerle las dificultades de mi diócesis, me dijo con mucho cariño y convicción: «pues ya sabes, aquí me tienes para lo que necesites». Estaba entregado en manos de Dios.

Por César Franco
Obispo de Segovia



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