Carta del Obispo Iglesia en España

Jacinto Sanz y Sanz, sacerdote de Cuéllar, mártir del siglo XX, por Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

Mons. Ángel Rubio Castro
Mons. Ángel Rubio Castro

El pasado día 15 de septiembre se celebró en la santa Iglesia Catedral de Córdoba la clausura de la investigación jurídica diocesana sobre la canonización o declaración del martirio del siervo de Dios Juan Elías Mediva y compañeros entre los presuntos mártires se encuentra el sacerdote Jacinto Sanz y Sanz nacido en Cuéllar el 26 de julio de 1877.

Ingresó en el seminario diocesano de Segovia donde a la edad de 15 años inició sus estudios de filosofía y teología hasta que el 22 de diciembre de 1900 fue ordenado sacerdote. En nuestra diócesis desempeñó los cargos de coadjutor de las parroquias de Sangarcía y ecónomo de Torregutierrez. En 1902 se le asignó por concurso la parroquia de Moraleja de Cuéllar a la vez que asistía también la iglesia de Fuentes de Cuéllar. Pasados algunos años marchó a Córdoba quizá por sus buenas relaciones con el obispo José P. Pozuelo que había ocupado la sede segoviana desde 1890 a 1898. En la diócesis cordobesa fue nombrado párroco de Valenzuela que por aquellos años contaba con una población de casi tres mil habitantes.

 

Allí destacó este noble y sincero segoviano en tiempos difíciles por “la indiferencia religiosa y el arraigo —solía decir Jacinto— que tienen las ideas de los políticos liberales”. Allí trabajó gustosamente por la Iglesia y el evangelio de Cristo, aunque nunca se olvidó de su pueblo natal donde marchaba de vacaciones. Organizó particularmente la catequesis con niños y adultos el domingo, las misiones populares, los acontecimientos y la vida parroquial aunque mucho peor a partir de la proclamación de la República.

En alguna ocasión, escribió Jacinto, se organizaron alborotos y disturbios dentro del templo durante actos de culto; se cantaron letrillas ofensivas y soeces ante su parroquia. Una noche en que el párroco volvía a la parroquia después de llevar la comunión a un enfermo, el alcalde le intimó a que arrojara el Santísimo al suelo. Jacinto no se amilanó, llegó al templo depositó el Santísimo en el sagrario y, a continuación, fue detenido y llevado a la cárcel.

El 19 de julio de 1936, una vez que los números del puesto local de la Guardia Civil marcharon concentrados a Bujalance, el pueblo de Valenzuela se pronunció en favor de la República, manteniendo una situación un tanto extraña dentro del entorno anarquista que la rodeaba. La revolución del comunismo libertario no se proclamó hasta el 2 de septiembre del mismo año, día en que varias decenas de personas de derechas fueron encarceladas en el ayuntamiento.

Entre los detenidos se encontraba el sacerdote Jacinto Sanz. «Este sacerdote —cuenta su sucesor en la parroquia— fue encerrado en la cárcel, de donde lo sacaron después de dos noches obligándole a marcar el paso al grito de U.H.P. (Unión de Hermanos Proletarios), conduciéndole de esta forma hasta el cementerio, en donde, y en una de sus verjas lo ataban. Allí, después de escarnecerle, fue maltratado con palos y bofetadas hasta que sufrió la fractura del cráneo y de un brazo. Después le obligaron a quitar las imágenes y ornamentos de la iglesia, a todo lo cual prendieron fuego, al que fue arrojado el sacerdote por negarse a gritar: “¡Viva el comunismo! ¡Muera la Religión!”, gritando por el contrario “¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva la Religión!”. Después de estar breves momentos en medio de la hoguera, este digno sacerdote logró echarse fuera de ella, siendo entonces rematado con un tiro». Era el 4 de septiembre de 1936.

Tres condiciones señala la Iglesia para declarar el martirio, si lo considera suficientemente probado: 1) que consten datos de su muerte materialmente: dónde, cuándo, cómo, con testigos de esa muerte; 2) que haya sido matado por odio a la fe. No sirve cualquier muerte, ni siquiera la de un caído de la guerra por muy heroica que fuera. Es preciso demostrar que fue matado por odio a la fe. Este es el elemento formal del martirio; 3) y lo más importante: que el que es asesinado muere perdonando a sus enemigos, muere bendiciendo, manifestando un amor más grande que el odio y que la muerte.

A partir del siglo II se denominó “mártir” al cristiano que encarnaba el ideal evangélico y daba su vida en virtud de un testimonio ejemplar. Esperamos que la diócesis de Segovia pueda pronto venerar al sacerdote que hoy recordamos.

 

+ Ángel Rubio Castro

Obispo de Segovia

GD Star Rating
loading...
GD Star Rating
loading...
Print Friendly, PDF & Email