Cultura

IV Centenario de Cervantes, poema de Francisco Vaquerizo: Los azotes de Sancho

IV Centenario de Cervantes, poema de Francisco Vaquerizo: Los azotes de Sancho

Sumándome, una vez más, al Aniversario de Cervantes, os envío este poema que tiene su miga, creo yo. Porque no está bien que los de abajo tengan que pagar los encantos y encantamientos de los de arriba. Espero que  os recuerde – por mis exalumnos/as lo digo –  nuestras clases comentando el Quijote. (¿O es mucho esperar?) Feliz primavera y que la Virgen María nos proteja en este mes de Mayo “florido y hermoso”. Un abrazo. Francisco.

 

LOS  AZOTES  DE  SANCHO

 

Estaba el pobre Sancho

más harto ya de azotes que otra cosa

y, por no desairar a don Quijote,

acudió a la artimaña

de latigar los árboles.

¿Qué otro remedio le quedaba al hombre

para salir de lance tan extremo

y mantener incólumes

sus tiernas posaderas?

 

No tuvo otro remedio

y, al fin y al cabo, todo lo que hacía,

era en pura y legítima defensa;

que la necesidad tiene cara de hereje

y obliga a lo que sea,

como bien dijo el clásico.

 

Por otra parte,

encantamiento y desencantamiento

son palabras mayores,

ilimitados vértices,

extremos últimos

donde los escuderos

pierden la orientación,

el equilibrio

y hasta la propia esencia,

si se descuidan,

pierden.

 

Para desencantar a las princesas,

como en la guerra y el amor, son válidas

todas las maturrangas,

todos los trucos,

todas las argucias.

 

Por eso, al ver a Sancho dar azotes

a las duras encinas,

no hay por qué levantar el grito al cielo.

Demasiado hizo ya

dándose a sí los seis u ocho primeros;

que a carne delicada,

todas las carnes son de igual natura.

 

Pobres los escuderos

que han de cargar con sus escuderías,

que han de cargar con los ajenos cargos

para que los andantes caballeros

se den tranquilamente

al ejercicio

de sus caballerías.

 

Y pobres los hidalgos ingeniosos

que acaban siendo víctimas

de sus propios engaños,

que confunden las voces con los ecos,

las posaderas con los troncos de árbol.

 

Por eso y por mil cosas

que mejor es dejarlas en su sitio,

sean ambos a dos bien alabados

– hidalgo y escudero -,

por inocente el uno

y porque, sin comerlo ni beberlo,

se vio el otro metido en un tinglado

que desbordaba, en mucho,

los compromisos de su escudería.

 

Yo veo bien que Sancho latigara los troncos

y no sus posaderas,

porque la dignidad del ser humano

está muy por encima

de nigromancias y de encantamientos.

 

fin

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