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Irán: Sahar Khodayari, el John Joseph de Irán

Mujeres iraníes celebran un gol en un partido contra Bolivia / EFE

La noticia ha dado la vuelta al mundo, y aún colea. El 10 de septiembre murió en un hospital de Teherán una joven y vitalista iraní, apasionada del fútbol, llamada Sahar Khodayari. La muchacha, firme defensora de los derechos de las mujeres, falleció a consecuencia de las heridas que ella misma se infligió al quemarse a lo bonzo, a modo de protesta, ante las puertas del tribunal que la había condenado.

¿Por qué fue condenada? ¿Cuál fue su delito para que el juez la mandara medio año a la cárcel? Muy sencillo: colarse en un estadio de fútbol a ver un partido de su equipo del alma, el Esteghlal. Sí, no es ningún error: colarse en un estadio de fútbol.

Sahar, conocida como “la chica azul” por los colores con que se vestía para animar a sus ídolos, se disfrazó de hombre para entrar al campo. Pero, ¡ay!, cometió el error de hacerse un selfie en la grada y de enviar la foto a su hermana. Fue descubierta y arrestada. Tras pasar unos días en una cárcel femenina, pudo salir en libertad bajo caución, pero con cargos. Había infringido la ley que impide a las mujeres asistir a los espectáculos deportivos de hombres. Los hechos ocurrieron el pasado 12 de marzo, pero hasta primeros de septiembre no tuvo lugar la vista. Y en ella un Tribunal Islámico Revolucionario le impuso esa pena: seis meses de prisión. Incrédula y harta, no pudo soportar la presión y no encontró mejor manera de hacerse oír y de protestar que inmolarse, prenderse fuego ante la propia sede judicial, con el consabido fatal desenlace.

El caso recuerda, en cierto modo, al del obispo John Joseph, de Pakistán. Este prelado, que presidía la Comisión Justicia y Paz del episcopado, también se quitó la vida a la entrada de un tribunal. Ocurrió el 6 de mayo de 1998. Se pegó un tiro en la cabeza en Sahiwal, donde se estaba juzgando por blasfemia a un cristiano llamado Ayyub Masih. Joshep, que sufría una severa depresión, murió en el acto, pero el revuelo mediático y la conmoción que causó su muerte hizo que el tal Ayyub, para quien se pedía la pena capital, fuese luego puesto en libertad.

Occidente comenzó a enterarse entonces de la persecución legal que sufrían los cristianos y demás minorías en Pakistán a través de esa ley, hasta entonces prácticamente desconocida para la opinión pública. “Algo muy gordo debe de estar pasando allá para que todo un obispo, para quien la vida ha de ser sagrada y un don de Dios, se la quite públicamente en flagrante violación de sus creencias y convicciones más profundas”, se pensó por aquí. Luego, con los años, el caso de Asia Bibi y la proliferación de internet y las redes sociales, llevaron este drama hasta el último rincón del planeta, pero en 1998 eran muy pocos los que tenían constancia del sufrimiento de aquellos hermanos.

Lo mismo ha ocurrido ahora con la joven Sahar, cuya muerte ha corrido como la pólvora. El mundo en general, y el del deporte en particular, ha alzado su voz indignada. Pide explicaciones, sobre todo a la FIFA, el órgano internacional que regula el fútbol. Y reclama sanciones para un gobierno que discrimina así a los aficionados, para unas autoridades que solo en partidos de selección muy señalados ha permitido a las mujeres entremezclarse en las gradas con los hombres.

¿Servirá para algo la muerte de la joven Sahar, la aficionada al deporte? Es poco probable. Los ayatolás no van a ver la luz de repente. Pero su nombre tampoco caerá en el olvido para los defensores de los derechos humanos y de la igualdad de derechos de la mujer. Y al igual que hoy en Pakistán algunos siguen recordando cada año el sacrificio máximo del obispo Joseph y lo consideran un mártir, quizá la muerte de Sahar sirva al menos para concienciar.

Un último apunte. Sahar fue detenida en el estadio Azadi de Teherán. En persa, “Azadi” significa “libertad”. Qué paradoja.

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