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Iglesia en España

Intervención de monseñor Julián Barrio en la Solemnes Vísperas del Apóstol

Intervención de monseñor Julián Barrio en la Solemnes Vísperas del Apóstol

Con las primeras Vísperas nos disponemos a celebrar la solemnidad de Santiago el Mayor. Lo hacemos con actitud orante junto a su tumba, recordando nuestro compromiso de transmitir la alegría del Evangelio, sabiendo que estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y que la piedra angular  es el mismo Cristo.

  Jesús funda la Iglesia, y a nosotros nos funda en la Iglesia, Madre que nos engendra, cuida y nos hace crecer. Hemos sido engendrados para la santidad en la Santa Iglesia y es necesario mantenernos en comunión con ella para realizar nuestra vocación a la santidad y no correr el riesgo de la esterilidad apostólica. La Iglesia es santa: permanece en el mundo “como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una presencia nueva de Jesucristo, de su partida y de su permanencia.

Ella lo prolonga y lo continúa”[1]. “Su vida íntima -la vida de oración, la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido- no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva”[2]. La Iglesia se siente “pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, que necesita saber proclamar las grandezas de Dios que la han convertido al Señor y ser nuevamente convocada y reunida por El”[3].

Amor y devoción a la Madre Iglesia es amor y devoción a sus hijos cualificados: la Virgen María, los apóstoles, los mártires, los confesores, los santos que gastaron sus vidas con celo evangelizador manifestado en la predicación, alimentados con la oración y sobre todo con el amor a la Eucaristía. Amar a la Iglesia es reconocer su fecundidad. Muchas veces expresamos nuestro escepticismo frente a la esperanza de fecundidad como a su tiempo Sara se sonrió por lo bajo ante la promesa de un hijo. Otras veces, en cambio, nos  mostramos eufóricos y nos dan ganas de cuantificar y planificar de tal modo esa fecundidad que reeditamos el pecado de David cuando su vanidad lo llevó a censar su pueblo para ver con cuantos efectivos contaba y apoyarse en si mismo y no en Dios. Nos sucede también a nosotros.

La fecundidad del Evangelio es tener conciencia de que el Señor no nos abandona y cumple su Palabra de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Es descubrir el “paso del Señor” que nos consuela, nos fortalece en la fe, y nos deja en nuestra misión de administradores para esperarlo en fidelidad “hasta que Él vuelva”, y nos diga: “siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.

El amor a la Iglesia nos inserta en ella y nos  exige disciplina que se manifiesta en la caridad discreta. No ser disciplinado es ser indiscreto, y la indiscreción es siempre falta de amor. El amor discreto nos ayudará a crecer en la “plena conciencia de pertenecer a una gran comunidad que ni el espacio ni el tiempo pueden limitar”[4]. La disciplina no es decoración ni gimnasia de buenos modales. Un corazón indisciplinado puede llegar a configurar el “hombre turba” que no tiene dominadas sus pasiones.

Aprendamos de Santiago la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la “barca” de nuestras seguridades humanas y presunciones ilusorias, y ofrezcamos la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía hasta dar nuestra vida. Las Bienaventuranzas, la Transfiguración y el Calvario son nuestras referencias. Como a los siete pescadores desafortunados entre los que se encontraba Santiago, que no habían pescado nada durante toda la noche, le pedimos al Señor que nos dé la orden de echar la red. Que el grito de la fe nos lleve a decir: “Es el Señor”, síntesis de la fe de la Iglesia. Amén.

 

Intervención de Mons. Julián Barrio en las Solemnes Vísperas del Apóstol

19:30 horas del 24 de julio de 2014

 [1]PABLO VI, Evangelio nuntiandi, 15.

[2]Ibid.

[3]Ibid.

[4]Ibid., 61.



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