Iglesia en España

Inmaculada 2017, por Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

INMACULADA 2017

La historia no es una sucesión de acontecimientos casuales, sino que hay un designio de Dios. De él nos habla la segunda lectura de la solemnidad de la Inmaculada, el himno de Efesios. Dios nos ha elegido en Cristo antes de crear el mundo y lo ha hecho con una finalidad: “para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor”. Éste es el designio divino.

La relación de Dios con el mundo, efectivamente, se expresa con la palabra crear. No significa transformar aquello que ya existe, sino producir algo de la nada, desde un vacío. Dios muestra su poder en esta acción creadora. Si se dice de nosotros, hombres y mujeres, que somos creados de la “nada”, esto significa que no somos Dios, sin duda, pero no se afirma con ello que nuestro origen sea la nada y la indeterminación indiferente, sino que es precisamente Dios, que nos ha creado por amor. Hace falta, pues, en nosotros que nos dejemos de algún modo crear, como María. Hablemos de esta creación/concepción de María. Fue inmaculada. ¿Qué quiere decir esto? Que lo recibe todo de Dios y que se deja crear.

En la literatura de los Padres de la Iglesia, escritores y pastores de los primeros siglos cristianos, la imagen de la Virgen es la luna, pues con ésta se la compara. Mientras toda la tierra, que no está iluminada por el sol, está en la oscuridad, la luna toma, también durante la noche, la luz dorada del día. Igualmente es símbolo de María el mar (en latín el plural de esta palabra es maria), en el que, como se imaginaban los antiguos, el sol declina en el atardecer y surge puro y resplandeciente tras la aurora. Por eso ser creados significa recibir. Pero no se trata, y menos en María, de un recibir pasivo, de una falta de actividad. Hay siempre una colaboración del ser humano con Dios.

¿Cómo se puede imaginar esta colaboración? No como cuando dos caballos tiran juntos del mismo carro. La obra que realiza la gracia de Dios es toda de Dios y toda nuestra, pero desde un punto de vista distinto. María es llena de gracia porque el Omnipotente ha hecho en ella cosas grandes (cfr. Lc 1,49). No tiene nada que no haya recibido de Dios. Sin embargo, lo que ha recibido es la realidad sublime. Cristo dice en el Evangelio: “Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo” (Jn 5,17). Conocemos un icono oriental llamado “El ojo que no duerme”. Representa la imagen de la Virgen María con el Niño en brazos, que duerme con un ojo cerrado y otro abierto. Se refiere a un versículo del Cantar de los Cantares (5,2): “Yo dormía, peor mi corazón velaba”. Expresa el icono la actividad de Cristo en el mundo.

Pero con la gracia, el ser humano participa en la acción de Dios omnipresente y omnipotente. Quiere esto decir que, si admitimos que la joven Virgen de Nazaret recibió la plenitud de la gracia (es la llena de gracia), debemos también admitir que encontramos actividad de Nuestra Señora dondequiera que Dios trabaja: en la Iglesia, en los sacramentos, en las oraciones, en las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, en las vocaciones al matrimonio y, en general, en cualquier lugar donde recibimos un don del Padre de las luces. Claro, si Dios trabaja en la naturaleza, en el viento, en las maravillas de la providencia, ¿no va a trabajar en un alma creada a su imagen y semejanza y plenamente dispuesta a dejarse guiar por Él como María?

No nos extraña que de la Virgen dijera san Bernardo: “De María jamás diremos lo suficiente”. Tampoco nos extraña que los fieles pongan las imágenes de la Virgen en todas partes donde rezan, frecuenten los santuarios marianos, recen el rosario, etc. En ella vemos a aquélla en que el Señor trabajó más y la que mejor se abrió a la acción de la gracia, precisamente para que fuera posible que llegara a ser la Madre de Dios e inmaculada en su concepción.

Algunos puristas nos dicen que menos hablar de María y más de Cristo, o que el sacrificio de la Misa, la cruz y el sagrario tienen que tener un puesto más importante que las imágenes de la Virgen. ¿Quién lo duda? Pero, ¿significa esto que hay que ser unos iconoclastas de María? No entenderíamos la obra de Dios, si opusiéramos el Hijo de Dios a su Madre. Hace ya muchos años que el Papa Pío XII trató de reconciliar estas aparentes dificultades (encíclica Ad coeli reginam). No sé si lo consiguió, pues aparece el problema de cuando en cuando. Hablaba le Papa de la introducción de una nueva fiesta de la Virgen, María reina del cielo, y de la consagración del mundo al corazón de la Virgen María. Y afirma: todas estas devociones marianas perderían eficacia si no hiciésemos el esfuerzo de imitar las virtudes de María, si no buscásemos la justicia, si no cultivásemos la castidad. La mejor devoción mariana es vivir una verdadera vida cristiana, en la que Dios hace y hacemos nosotros.

Podemos pensar que la Concepción Inmaculada de la Virgen María hace de ella una persona sin libertad, pues sólo puede hacer el bien y no pecar. No es así. María, concebida sin mancha de pecado, esto es, Inmaculada, acepta libremente ser Madre del Redentor. Precisamente su asentimiento es más libre porque no pesa sobre Ella la carga del pecado. Y junto con la sanación de su libertad, Dios le concedió multitud de gracias orientadas hacia el don de ser la Madre del Salvador.

Si la mejor devoción mariana es vivir una verdadera vida cristiana, entonces el que evita el pecado, el que trata de superará las imperfecciones, que sigue fielmente los deberes del propio estado, que busca instruirse en la fe, que vive con la Iglesia, que ayuda a los pobres, es una persona que cultiva el culto mariano, aunque no lo diga en voz alta. Cuando colaboramos con la gracia de Dios, estamos también en íntimo contacto con María, que es la llena de gracia.

“La vida nueva –escribe san León Magno- que comenzó en el útero de la Virgen, comienza también en la fuente bautismal. Dios le ha dado al agua lo que le ha dado a su Madre. La fuerza del Altísimo y la sombra del Espíritu Santo (cfr. Lc 1,35) hacen de María la Madre del Redentor, y ellos también actúan en el agua del Bautismo para el renacimiento de los fieles”.

La llena de gracia, la concepción inmaculada son ciertamente privilegios personales de María, pero no la separan de los demás hombres y mujeres. Al contrario, la unen íntimamente con ellos, de modo que verdaderamente podamos llamarla madre nuestra, madre de la gracia. Lo que necesitamos es creernos que Dios puede hacer en nosotros obras grandes, maravillas, porque somos “capaces de Dios” y Él se ha mostrado capaz de amarnos y llenarnos.

Precisamente porque Dios ha elegido a María como su madre terrena, la ha purificado del pecado. Algo que tiene consecuencias también para nuestra vida cristiana. Todos somos elegidos por vocación divina para ejercitar alguna función en el Reino de Dios. Si somos conscientes de esta elección, y si colaboramos con nuestra vocación, la gracia divina nos purifica progresivamente del pecado y de todas sus consecuencias hereditarias y nos conduce a la santidad. Pero esto no será posible si no creemos en esta posibilidad. “Dichosa tú que has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45). Pidámosle a Ella que nos consiga del Señor ser fieles, esto es, creer que podemos ser cristianos en esta sociedad, que esto no es un sueño inalcanzable.

“Gracias porque supiste ser la más maternal de las vírgenes, la más virginal de las madres. // Gracias porque entendiste la maternidad // como un servicio a la vida ¡Y qué Vida! // Gracias porque entendiste la virginidad // como una entrega ¡y qué entrega! // Gracias por ser alegre en un tiempo de tristes, // por ser valiente en un tiempo de cobardes. //Gracias por atreverte a ir embarazada hasta Belén, // gracias por dar a luz donde cualquier otra mujer// se hubiera avergonzado… (Gracias) por ser entre los hombres y mujeres todos de la tierra // la que más se ha parecido a tu Hijo, // la que más cerca ha estado y está aún de Dios. (J. L. Martín Descalzo, Razones, p. 1074-75)

Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

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