Blog del director Ecumenismo

Informe sobre la actual situación ecuménica, por el cardenal Kasper en 2008

La Semana de oración por la unidad de los cristianos  nació en 1908 y se ha convertido en una cita esperada y bien insertada en la vida de las distintas Iglesias y confesiones cristianas.

“No ceséis de orar” es el lema de esta Semana del ecumenismo 2008. Como en años anteriores, los materiales de la misma son preparados conjuntamente por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y Consejo Ecuménico de Iglesias. Toda la cristiandad celebra también esta Semana en las mismas fechas.

En las vísperas de la Semana de oración por la unidad de los cristianos de 2008, se hizo pública la intervención del cardenal alemán Walter Kasper, presidente entonces del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, en la reunión del colegio cardenalicio del 23 de noviembre de 2007, un día antes de que el Papa Benedicto XVI creara 23 nuevos cardenales. El Papa presidió esta reunión y escuchó también el informe de Kasper. Este informe nos ofrece una espléndida, realista y cristiana visión panorámica del ecumenismo hoy. Se trata de un completo chequeo a un aspecto capital de la vida de la Iglesia como es el de la búsqueda de la unidad. He aquí una síntesis de este informe sobre el ecumenismo hoy.

Un camino necesario e irreversible

El ecumenismo, que es realidad esencialmente distinta al diálogo interreligioso, encuentra su fundamento en la voluntad expresa de Jesucristo de que “todos sean uno” (Jn. 17, 21). El Concilio Vaticano II consideró la promoción de la unidad de los cristianos como uno de sus principales objetivos y como un impulso del Espíritu Santo. El Papa Juan Pablo II declaró que el trabajo y la búsqueda ecuménica es un camino irreversible. Por su parte, Benedicto XVI, desde el primer día de su ministerio apostólico, asumió como compromiso primario el quehacer ecuménico, sin escatimar energías. Para ello, no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos, sino también gestos concretos que entren en los corazones y sacudan las conciencias, impulsando a la conversión interior, que es el verdadero progreso en el camino ecuménico.

Por todo ello, el ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado. El ecumenismo no es sinónimo de un humanismo ingenuo ni de relativismo teológico. Es un ecumenismo de la verdad y de la caridad, ambas íntimamente unidas. Es preciso respetar el diálogo de la verdad, cuyas normas concretas están recogidas en “Directorio ecuménico” del año 1993.

La fraternidad recuperada

El resultado más significativo del ecumenismo de los últimos decenios -y también el más gratificante- no son los diversos documentos, sino la fraternidad recuperada, el saber que somos hermanos en Cristo, el haber aprendido a apreciarnos los unos a los otros, la toma de conciencia de la necesidad de la unidad y el haber emprendido juntos el camino hacia la unidad plena.

A lo largo de este cerca de medio siglo de ecumenismo activo, se ha pasado del entusiasmo inicial, a actitudes actuales de mayor sobriedad y realismo. Esto significa que el ecumenismo se ha vuelto más maduro y adulto, que es más consciente de lo arduo del camino y, a la vez, que es un mandato del Señor, que sus discípulos deben recorrer inexcusablemente. El ecumenismo es ya una realidad diaria, percibida como algo normal en la vida de la Iglesia.

Las Iglesias del primer milenio

Dentro de la misión ecuménica de la Iglesia, hay que campos y destinatarios distintos. El primero de ellos son las antiguas Iglesias orientales y las Iglesias ortodoxas del primer milenio, a las que la Iglesia católica reconoce como Iglesias puesto que, a nivel eclesiológico, han mantenido como nosotros la fe y la sucesión apostólica.

Con estas Iglesias del primer milenio se han recorrido en estos años importantes etapas. En los años 1980 y 1990 se lograron consensos y se superaron diferencias en materia cristológica. La segunda fase del diálogo -la actual- se centra en la eclesiología -es decir, el concepto de comunión eclesial y sus criterios-. En este sentido, está prevista una nueva reunión, en la ciudad de Damasco, del 27 de enero al 2 de febrero. Se discutirá el borrador de un documento sobre “Naturaleza, constitución y misión de la Iglesia”.

El diálogo con las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina, siríaca y eslava se inició oficialmente en 1980. Con estas Iglesia tenemos en común los dogmas del primer milenio, la Eucaristía y los demás sacramentos, la veneración a María, Madre de Dios, y a los santos, y la estructura episcopal de la Iglesia.

Estos importantísimos puntos de unidad ya existían en el primer milenio. La separación verdadera y efectiva se produjo a través de un largo proceso de alejamiento y alineación, a causa de una falta de comprensión y amor recíprocos. Lo que sucede hoy día es necesariamente un proceso inverso de reconciliación mutua. El Papa Pablo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras, en el penúltimo día del Concilio Vaticano II, cancelaron las excomuniones mutuas de 1054 y sobre esta base se han recuperado algunas formas de comunión eclesial del primer milenio. Y tras ello y los avances de estos cuarenta años, como señalaba el Papa Benedicto XVI el pasado 29 de junio, “con estas Iglesias estamos ya en un comunión eclesial casi plena”. Sigue siendo necesaria una continua purificación de la memoria y muchas oraciones. La base común del primer milenio reclama y la avala la unidad plena.

El documento de Rávena

Un importante, significativo, aunque todavía modesto paso, se ha dado asimismo en la reunión de la Comisión teológica internacional para el diálogo católico-ortodoxa, celebrada en Rávena el pasado mes de octubre. Dicha reunión fue precedida en 2006 por otra en Belgrado. El documento de Rávena, titulado “Consecuencias eclesiológicas y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia. Comunión, conciliaridad y autoridad”, ha constituido un hito muy destacable. Por primera vez, los interlocutores ortodoxos han reconocido un nivel universal de la Iglesia y han admitido que también en este nivel existe un “Protos”, un Primado, que sólo puede ser el Obispo de Roma según la “taxis”, el orden, de la Iglesia antigua.

Se trata de un primer paso. El camino hacia la comunión eclesial plena será aún largo y difícil. Pero este documento pone las bases para el diálogo futuro. “El papel del Obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio” será el tema de estudio de la próxima reunión de la citada Comisión.

Patriarcado de Moscú

La relación con Moscú es más compleja, aun cuando en los últimos años se ha allanado sensiblemente. El cambio político llegado a la Europa del Este en 1989, con la simbólica caída del muro de Berlín y lo que vino después, en vez de simplificar estas relaciones las complicó. La vuelta de las Iglesias católicas orientales a la vida pública, tras decenios de silencio, persecución y martirio, ha sido vista por las Iglesias ortodoxas como amenaza de un nuevo “uniatismo”. Y a pesar de las aclaraciones efectuadas en los encuentros de Balamand (1993) y de Baltimore (2000), el diálogo se estancó. La situación de crisis se agudizó sobre todo con la Iglesia ortodoxa rusa después de la erección canónica de cuatro diócesis católicas en Rusia, en el año 2002.

Ahora, sin embargo, se perciben inequívocos signos de deshielo. Sería muy útil, por ello, un encuentro entre el Papa y el Patriarca de Moscú. El patriarcado de Moscú no excluye este encuentro, pero considera oportuno resolver antes los problemas que, a su parecer, existen en Rusia y, sobre todo, en Ucrania.

Con todo, no han cesado de producirse encuentros a otros niveles. El cardenal Etchegaray ha sido recibido en dos recientes ocasiones por el patriarca Alexis II, quien en otoño viajó a París y estuvo en la catedral de Notre Dame, una visita considerada por ambas partes como un paso importante.

Comunidades eclesiales de la Reforma

También con las comunidades eclesiales nacidas de la llamada reforma luterana del siglo XVI existen relaciones, se registran signos estimulantes y hay una conciencia común en torno a la unidad.

Con ellas se han alcanzados ciertos niveles de consensos doctrinales en temas como la justificación (1999). En muchos lugares existe una fecunda colaboración en el ámbito social y humanitario. Se ha generalizado progresivamente una actitud de confianza mutua y de amistad, aun cuando no faltan tampoco tonos más duros y ásperas desilusiones.

La situación ecuménica no ha sufrido ninguna interrupción, sino un profundo cambio, el mismo cambio experimentado en la Iglesia y en la sociedad. Algunos aspectos de esta transformación son la necesidad de dialogar sobre eclesiología y ministerios. También hay que buscar un concepto común de unidad eclesial y de las consecuencias que de él se derivan como la intercomunión u hospitalidad eucarística. Asimismo han surgido nuevas divergencias en el campo ético, la defensa de la vida, el matrimonio y la sexualidad. La crisis al respecto se evidencia, por ejemplo, en la situación de la Comunión Anglicana. Un cuarto factor de nueva dificultad lo constituye la preeminencia en la teología reformada actual de las corrientes liberales, que hace que, a veces, los fundamentos cristológicos y trinitarios, que habían sido hasta ahora un presupuesto común, puedan diluirse. En frase literal de Kasper, “lo que considerábamos nuestro patrimonio común ha comenzado a deshacerse en muchos puntos como los glaciares en los Alpes”.

Signos más alentadores vienen de otras corrientes teológicas más próximas a la sensibilidad católica, con traducciones en la liturgia, en la vida monástica y en comunidades pietistas. Estas últimas, ante la actual crisis ética, se vinculan en posiciones muy próximas a las defendidas por la Iglesia católica.

Todos estos grupos, junto a otros católicos, se han constituido recientemente en “redes espirituales” en torno a monasterios como Chevetogne, Bose y, sobre todo, Taizé, y también en movimientos como los Focolares y “Chemin neuf”. En ellos y a través de ellos, el ecumenismo vuelve a sus orígenes en pequeños grupos de oración, de diálogo y de estudio bíblico.

También resultan de interés encuentros y actividades como las realizadas, en 2007, en Porto Alegre, con motivo de la Asamblea Plenaria del Consejo Ecuménico de Iglesia; y en Sibiu, en septiembre, con la III Asamblea Ecuménica Europea.

 

Los emergentes grupos carismáticos y pentecostales

Cerca de cuatrocientos millones de fieles en todo el mundo

-sobre todo, en América Latina- se insertan en un conglomerado de grupos carismáticos y pentecostales. No tienen una estructura común ni un órgano central y son muy diversos entre sí. Son los que vulgarmente entendemos por “sectas”. El diálogo, que no resulta fácil por la carencia de estructuras, sí es posible con los pentecostales clásicos.

Refiriéndose a ellos, el Papa Juan Pablo II afirmó que este fenómeno no debe considerarse solo de modo negativo, pues, más allá de los innegables problemas, testimonian el deseo de una experiencia espiritual, si bien muchas veces prometen una felicidad puramente terrena.

Ante esta situación, es necesaria la autocrítica: ¿Por qué tantos cristianos abandonan nuestra Iglesia? ¿Cuáles son nuestras carencias pastorales y cómo podemos reaccionar ante este nuevo desafío con una renovación litúrgica, catequética, pastoral y espiritual?

¿De qué modo proseguir el camino ecuménico?

 Se debe partir del patrimonio común de fe y permanecer fieles a lo ya conseguido. A partir de ahí es preciso dar testimonio común de esta vez en un mundo cada vez más secularizado. Esto significa, en la situación actual, redescubrir y reforzar también los fundamentos de la fe cristiana. De hecho todo se tambalea y se vacía de sentido sin una fe consciente en el Dios vivo, uno y trino, en la divinidad de Cristo, en la fuerza salvífica de la cruz y de la resurrección. Para quien ya no sabe lo que es el pecado y lo que es estar implicado en el pecado, la justificación del pecador no tiene ninguna importancia.

Sólo desde esta fe común es posible el diálogo sobre las diferencias. El diálogo ha de hacerse de modo claro, pero no polémica, sin ofender la sensibilidad de los demás, sin desacreditarlos. Es preciso dar testimonio de la riqueza y de la belleza de la fe de un modo positivo y acogedor, esperando la correspondiente reciprocidad. De este modo se vivirá el ecumenismo del intercambio, no solo de ideas, sino también de dones, cuajado de enriquecimiento mutuo.

En el diálogo fundamentado en el intercambio espiritual, el diálogo teológico desempeñará también en el futuro un papel esencial. Sin embargo, solo será fecundo si está sostenido por un ecumenismo de la oración, de la conversión del corazón y de la santificación personal.

Es necesario hacer todo lo posible, reconocer con gratitud los dones recibidos en materia ecuménica y mirar al futuro con esperanza. Basta echar, con un mínimo de realismo, una mirada los signos de los tiempos para comprender que no hay ninguna alternativa realista al ecumenismo, y sobre ninguna alternativa de fe.

 

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