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Al abrir la puerta

Indignación y Compasión

Tiene que ser esto del estrés pandémico, si no, no logro a acertar cómo me indigna todo de manera tan intensa…

                …la política, la economía, la televisión, la sociedad, las medidas sobre el virus, la prensa, los independentistas, las derechas, las izquierdas, las redes sociales, la política internacional, el canal de Suez, el fútbol, los franceses de turismo, la hipocresía, las traiciones, los dimes y diretes, los posicionamientos ideológicamente totalitarios y excluyentes, los insultos, que se dediquen los (h)unos y los otros a todo menos a lo importante, también dentro de la Iglesia no crean…

Y en medio tantos dramas y situaciones personales de auténtico sufrimiento. Y nosotros anestesiados por la barahúnda de lo que nos rodea, noqueados por tal desorden y tal manipulación, se nos escapa que las manos que tenemos, ese otro rostro, no están solo para cerrarlas en un puño indignados sino, sobre todo, para abrirlas a darse, a ayudar, a amar…

De esta no salimos indignándonos. O no solo. Si la indignación no es una palanca para la acción, le sucede lo mismo que a la lástima, que degrada a quien la tiene y a quien la recibe. La batalla cultural, la batalla por hacer de nuestra sociedad algo bien distinto a lo que los malos quieren, tiene muchos frentes, es evidente. La reflexión, la comunicación, el diálogo, la crítica, pero al final –lo saben bien tantos- la civilización se salva en los gestos concretos y particulares de amor.

En estos días que comenzamos la Santa Semana Mayor de nuestra fe, hay que volver a decirlo: la entrega por amor, concreta, en cuerpo, en pan y vino, real, hasta la muerte, es lo que cambia el mundo. Lo pequeño es lo que cambia el mundo.

Que la indignación sea en todo caso motor para la compasión, la activa, la operante, la que cambia el mundo, la que encarna la batalla por otra realidad.

 

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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