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Opinión

Indiferentismo religioso de una generación malograda, por Roberto Esteban

Indiferentismo religioso de una generación malograda, por Roberto Esteban

El sociólogo José Juan Toharia, presidente del instituto de investigación de la opinión pública Metroscopia, una especie de nuevo sacerdote del estado positivo de la Humanidad, nos ofrece en su último estudio realizado para el diario El País un diagnóstico realista y esperanzado sobre la situación de la juventud en la sociedad actual, pero con tintes ideológicos y tendentes a la demagogia, congratulándose del poder de un conocimiento sin virtud para la reacción, de una morigerada actitud buenista, sin convicción real para cambiar las cosas.

¿A qué viene esa mesura cuando no existe un temor último, cuando hay una mentalidad que solamente mira las cosas de este mundo enteramente secularizado? La demoscopia no es fuente de inspiración política, ni crea la verdad de las cosas, convirtiéndose en intolerable cuando pretende marcar un camino de salvación.

Para el citado sociólogo, nuestros jóvenes son “una generación que no se puede perder”. Recuerda con vaguedad su análisis la situación de los primeros cristianos, en quienes la fuerza de Dios se manifiesta en su propia debilidad: “nos aprietan, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan”.

También los jóvenes están apesadumbrados, pero sin victimismos; no experimentan la necesidad de revueltas “sesentayochistas”, pero son conscientes de la urgencia de una regeneración democrática; están decepcionados, pero confían en el sistema político y sienten extraña nostalgia de una Transición que no conocieron, siendo capaces incluso de integrar en su visión las lealtades locales y la comprensión hacia las culturas lejanas, de hacer de todos los seres humanos semejantes a nuestros conciudadanos.

Pero a diferencia de los cristianos, cuya fuerza estaba en la presencia de Dios en medio de las dificultades, los jóvenes de hoy, alejados de lo sobrenatural, exigen más presencia estatal en sus vidas con el fin de recuperar ilusiones dilapidadas y trascender una crisis económica de naturaleza profundamente moral. También lo pronosticaba el mismo San Pablo: “llegará un día en que ya no soporten la doctrina sana, antes bien se dediquen a buscar continuamente nuevos maestros amoldados a sus gustos y que halaguen sus oídos”.

Quisiera detenerme sólo en dos cuestiones relevantes del citado estudio realizado entre los días 1 y 29 de abril. En primer lugar, la demanda de los jóvenes para que sea el maná del Estado quien se ocupe de los ciudadanos, prefiriendo así el yugo de la felicidad pública a la libertad personal. Y, por otro lado, el indiferentismo en materia religiosa, propio de un liberalismo destructor insuflado en el ámbito académico.

Según el estudio, el 83 % de los jóvenes dice que España “no se preocupa por el futuro de las nuevas generaciones” y que el Estado “no es innovador ni estimula la creatividad”. Los jóvenes desean un Estado que se ocupe de los ciudadanos, prefieren protección y seguridad aunque ello signifique sumisión y pérdida de libertad personal. Frente al dilema “o pan o libertad”, se decantan por el pan, delegan en el Estado para gestionar el propio destino, una cratología bajo la cual todos nos sintamos seguros y donde un Estado despótico consiga hacernos felices, aunque el precio sea suprimir la libertad política, mutilar la libertad natural a través de la concesión de derechos, pero sin libertad real.

Al intentar revitalizar el mito del Estado se apuntan a ser una generación de perdedores, malograda, sin trabajo por la ausencia de relación entre sacrificio y esfuerzo en la sociedad heredada de sus progenitores, mal criada en la sociedad del bienestar.

Por otro lado, sólo el 10% se considera católico practicante. Un dato que no sería angustioso si casi el 25% no se declarase, asimismo, ateo o agnóstico. Este indiferentismo en materia religiosa no sólo proviene de la pérdida de transmisión de la fe en el seno de la familia sino del liberalismo en religión que tanto combatió el beato Newman, la doctrina según la cual no existe una verdad positiva en el ámbito religioso sino que cualquier credo es tan bueno como otro cualquiera. Una doctrina instalada en las universidades españolas.

Se trataría de una educación universitaria ideologizada, identificada por muchos con la “libertad académica” y que en la práctica significa procurar que los estudios superiores no estén contaminados de nada que tenga que ver con confesiones religiosas determinadas ni con ideas metafísicas derivadas de esas confesiones. Es lo que responde a lo “políticamente correcto” y que, a su vez, se inspira en un conjunto de ideas muy determinadas y férreamente impuestas. La ortodoxia vigente hoy en algunas universidades es más inflexible que la que podría responder a la inspiración cristiana de una universidad que todavía la defienda.

Liberal en el plano educativo significa libre: la educación no puede quedar subordinada a ninguna otra finalidad. Lo que se propugna es el valor del conocimiento, de la ciencia, del saber, no ordenarlo a un fin ulterior, al menos no subordinarlo de un modo programático. La universidad crea hoy tecnócratas y funcionarios, asalariados, pero no innovadores ni personas creativas que hagan progresar el saber y sirvan a la sociedad por encima de ideologías.

Más de la mitad de los profesores universitarios españoles no investiga. De las actuales universidades no ha brotado ni una sola propuesta innovadora para superar el laberinto social y político en el que nos encontramos. Incluso lo que en ellas prevalece es el capitalismo materialista más convencional, cuyas ideas son las que se están imponiendo en cuestiones que tienen que ver con la vida humana y que hacen del aborto un derecho.

Resulta, en fin, conmovedora la recurrente, invariable y asombrosa percepción positiva que se posee del papa Francisco en la sociedad mundanizada. Según Toharia, el “nuevo lenguaje y modales” del papa Francisco colisiona frontalmente “con la forma de expresarse desde hace ya decenios” la actual jerarquía eclesiástica española. Toda una exhibición ideológica del sociólogo con el fin de presentar a la sociedad la imagen de una Iglesia católica española tenebrosa y medieval, reaccionaria, enemiga de la modernidad y tan ajena al diálogo con el mundo como a la excelencia que hoy proviene de Roma.

Roberto Esteban Duque



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