Acogida a los alumnos de 1º de Bachiller en el Colegio Montserrat
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Incertidumbre y novedad: el curso escolar

Son unos ocho millones, contando solo estudiantes. Hay que sumar familias, docentes, y otro tipo de personal administrativo y de servicios que trabaja en los colegios. Todos ellos con un curso sobre el que vuela una palabra: incertidumbre. En estas páginas queremos hacer un repaso general de cuáles pueden ser algunas de las preguntas, que son muchas, del curso que empieza en estas fechas a varias velocidades. Una por cada una de las diecisiete comunidades autónomas, pero también una por cada centro educativo. Y, en última instancia, una velocidad, una experiencia por cada alumno, padre, profesor o director que vuelve a las aulas. Han sido seis meses sin compartir espacio con los compañeros. Ahora tendrán que hacer lo mismo, pero aguantándose las ganas de abrazarse, y sonriéndose con la mirada detrás de las mascarillas.

En toda la comunidad educativa recorre, eso sí, el consenso de que es mejor la enseñanza presencial que la online, que los meses de marzo a junio fueron de mucho aprender y adaptarse, resistir sobre todo. En nuestro número 4.027 hablamos con varios protagonistas de aquel curso confinado e inesperado.

Ahora, seis meses después, en el número en que ECCLESIA empieza también el curso, volvemos a contar con varios de sus testimonios desde Madrid, Granada o Málaga. También hemos ampliado la perspectiva con otras familias y profesionales de la enseñanza. En este número, los protagonistas toman la voz para desgranar sus preguntas, que hoy en día son más que las respuesta. Pero también muestran su esperanza en que este curso salga adelante con el esfuerzo de todos, ya sea en una escuela rural de Granada o en un colegio de una gran ciudad como Barcelona.

¿Sin previsión?

Durante esta crisis se ha destapado lo que era un hecho palpable: los abuelos, ahora grupo de riesgo al que debemos cuidar, eran un pilar fundamental en la vuelta al cole apoyando a los padres. Consuelo García es madre de dos niños en Ávila. En plena adolescencia, el mayor y a punto de entrar en ella el pequeño, reconoce que «los abuelos han estado ahí los días de fiebre o gastroenteritis, las extraescolares y las meriendas… Sin ellos nuestros hijos no serían lo que son y nosotros, como familia, tampoco». Por eso, en este momento en que son el mayor grupo de riesgo y no se puede contar con ellos, las familias se sienten las grandes olvidadas en esta vuelta al cole.

Javier Fidalgo, su marido, también lamenta «la improvisación, el caos, las incoherencias en el plan de vuelta al colegio», que «nos lleva a exigir medidas temporales de conciliación, adaptadas a esta situación tan nueva y llena de miedos». Los niños y jóvenes necesitan una educación presencial porque la educación para los padres «no es solo una memorización de conocimientos o unas técnicas online. La educación es socialización, relación con los otros niños y con los profesores, enfados y perdones, conversación. Es la formación integral de la persona».

Javier y Consuelo demandan que ningún niño «se puede quedar atrás» y recuerdan que se ha demostrado durante el confinamiento en el curso pasado, que la enseñanza online dificulta este proceso de aprendizaje y da ventajas a los que más tienen: «A quien posee ordenadores, móviles, una habitación propia o a quienes sus padres les pueden ayudar porque tienen una mayor formación. Los padres, en ese caso, suplimos a los profesores, con muchísimo esfuerzo. En muchos casos no cabe esta posibilidad».

Estos dos padres afrontan este inicio «preocupados por el contagio y lo que se va a derivar cuando estén pasando la enfermedad. Esto es real. Va a haber contagios. Y ahí ¿cuáles son las normas? Nos invade la desinformación, por parte del gobierno y por parte de los centros, derivada de la poca atención que los políticos de cada localidad han mostrado por dar soluciones durante los meses anteriores a este inicio de curso que hay que salvar».

Al final, la vida continua entre medidas de seguridad, sí, pero los niños no solo van a estar en clase, «los más mayores irán en autobús, los pequeños estarán en contacto con otros niños fuera del cole… y ahí no hay burbuja que valga. Son niños y necesitan a otros niños. No queremos sobreproteger, tienen que salir a la vida, pero con unas medidas de seguridad mínimas. Vemos que no ha habido previsión. La vuelta al cole ha llegado en el mismo mes que todos los años. Nos sorprende y descoloca que nos tengamos que incorporar de esta forma».

En la misma línea lo cuenta Lara Anthony, como madre y profesora en Madrid. También colaboró con nuestra revista durante el confinamiento y en medio de esta incertidumbre ve algunos brotes de esperanza: «Noto miedo entre padres y profesores, pero también ganas e ilusión porque todo esto salga bien. La normalidad tal y como la conocíamos no va a existir, pero tenemos la necesidad de estar juntos. Hemos aprendido que por encima de todo están las personas. Hemos valorado lo que tenemos, hemos aprendido responsabilidad individual y ahora no queremos perderlo».

Que cierren los colegios, para Lara, «sería peor que un tsumani», porque repercutiría en toda la sociedad y no solo en cuanto la logística de «dónde dejo al niño», sino porque «los pequeños necesitan socializar para formarse de manera integral». La educación es en sociedad, «no uno solo ante una pantalla», para que desde pequeños puedan integrar en su comportamiento «la resolución de conflictos en grupo, la inteligencia emocional, el manejo de sentimientos en grupo, la amistad, compartir… valores que te determinan como persona de cara al futuro». Los canales de comunicación desde los padres a la administración «no los veo fluir», explica Lara Anthony. Debemos proponer «nuevas medidas resultantes de lo que salió mal en el mes de marzo. Los padres creemos que se puede hacer mejor. No es tan sencillo delegar la responsabilidad en los centros para que se organicen los espacios, por eso esta estructura debe ser sostenible por parte de todos».

Las familias coinciden en que es necesario ir más allá. «Hemos pasado un confinamiento muy duro y lo que sabemos es que no queremos repetirlo. Necesitamos recursos, personal y medidas para que en nuestras empresas no puedan dudar si actuar de una forma u otra y podamos tranquilamente cuidar de nuestros menores. Que a nadie se le olvide que estamos cuidando de pequeños. Y que todo ello será beneficioso para la sociedad, para el bien común, por el que todos debemos apostar».

Todos en la misma barca

Desde la Iglesia, las delegaciones diocesanas de Enseñanza han estado atentas durante este periodo de pandemia y se han enfrentado a dos retos: la gestión del profesorado en una situación de confinamiento y la intención de la ministra de promover una ley que pretendía, inicialmente, marginar la asignatura de Religión en la escuela. Así lo cuenta Juan Carlos López Hernández, delegado de Enseñanza de la diócesis de Zamora, que impulsó durante el confinamiento la campaña en redes sociales #ReliEsMas junto con otros delegados. «En ambos casos, de la necesidad se hizo virtud y supimos hacer un esfuerzo para dar respuesta a la incertidumbre generada por ambas situaciones. Las nuevas tecnologías se convirtieron en la herramienta perfecta para mantener una cierta tensión educativa con los alumnos y para manifestar públicamente la inconveniencia de la postura ministerial mediante tres presencias en Twitter que, con la marca #ReliEsMas, evidenciaron la inconsistencia de la llamada “Ley Celaá”».

Medio año después, la experiencia es un grado y este inicio de curso se afronta «con temor y dudas», pero también «con notable ilusión porque somos conscientes de lo mucho que nos jugamos todos». Ante la complejidad de una pandemia que ha trastocado algunas de nuestras certezas vitales, «los delegados diocesanos nos ponemos ante Dios para que nos inspire y fortalezca en la tarea de acompañar a los educadores, un colectivo clave para la construcción de una sociedad más habitable. Debemos leer los signos de los tiempos desde la convicción de que Dios brilla en cada momento de la existencia».

Por tanto, este no debe ser un tiempo para lastimarse y rebajar la vocación educadora al mantenimiento de los protocolos o al uso de la mascarilla. Tampoco parece que la solución ante un posible nuevo confinamiento pase únicamente por la tecnología. «Siendo medidas muy deseables, es preciso que los educadores pongamos el acento también en el acompañamiento personal del alumno y de sus familias, en la recuperación del fracturado valor de la convivencia, en el agradecimiento por lo mucho recibido, en el aliento de la dimensión caritativa ante una de las mayores crisis socioeconómicas de las últimas décadas y en la respuesta sanadora a las heridas del duelo, la soledad y las tensiones internas».

En esta lucha colectiva contra el virus, la salud es lo primero. Pero la escuela «no puede convertirse en un depósito de niños y adolescentes sometidos a tediosos ceremoniales de desinfección, más bien ha de poner a sus alumnos ante las preguntas primeras, a saber: qué es el hombre, para qué vive, qué anhela, cuánto necesita y cómo debe situarse ante lo que le rodea para alcanzar su pleno desarrollo. Tenemos una oportunidad para dejar la escuela tal cual estaba, como si no hubiera pasado nada, o para repensarla en claves de humanidad, “projimidad” y fraternidad». Para ello, la clase de Religión es «es un espacio privilegiado para incorporar esas preguntas que en algún momento de la vida todo ser humano tendrá que afrontar».

Un aula del colegio Gamarra, preparada para recibir a los estudiantes

Los profesores, en primera línea

Están entre todos, en primera línea. Y son, después del alumno, los responsables más directos de ofrecer esa educación integral. Desde aquellos primeras semanas de confinamiento en que todo eran dudas, se han ido aclarando las cosas. Nos lo vuelve a contar Cintia Pérez, profesora de Lengua Inglesa en el colegio Gamarra de Málaga, de la Fundación Educativa Jesuitinas. En marzo, parte de las preocupaciones era qué pasaría con los de 2º de Bachillerato. «Ha sido raro, porque algunos han sacado mejores resultados de lo esperado y otros, al revés», explica. Una de sus mayores preocupaciones es cómo dar clase con la mascarilla. «La comunicación se dificulta, y si ya de normal no te entienden, cuando hablas en inglés es más difícil», apunta. También se pregunta qué sucederá cuando algún profesor tenga que darse de baja y no haya suficientes docentes para atender todas las aulas, una de las cuestiones en las que más se piensa, sobre todo, a partir de Secundaria, cuando la gran mayoría de los docentes son especialistas.

Además, apunta a «las casuísticas distintas en cada grupo» que pueden llevar a que algunos niños pierdan más tiempo que otros de clases, con el consiguiente problema para su rendimiento académico. «Aquello que está en nuestras manos vamos a organizarlo lo mejor posible. El riesgo de que haya treinta alumnos en un aula es obvio, ya había problemas de espacio antes de la pandemia, toca minimizar riesgos. El problema es que si queremos dividir un aula, necesitaríamos más profesores», señala.

Este problema no existe, y esa es una de las pocas ventajas de las que pueden disfrutar en la escuela rural. Es el caso, también en Andalucía, del CPR Al Dehecun, que engloba tres pueblos de la provincia de Granada: Dehesas de Guadix, Alicún de Ortega y Villanueva de las Torres. María José Soto es tutora de la clase que agrupa desde tercero hasta quinto de primaria en Alicún de Ortega. Tiene menos de diez alumnos, lejos de las problemáticas de colegios en núcleos urbanos. También cuenta con la ventaja de que en un pueblo la relación y el conocimiento con las familias puede resultar más sencilla. Aún más con los niños. «Ya los conoces, sabes cómo es cada uno y eso te permite situarte mejor», apunta. Está preocupada, sin embargo, por los llamados «grupos burbuja». «Cuando terminan la clase están con sus familias, igual tienen hermanos en otros cursos y juegan todos en el parque» ejemplifica.

El peso de la responsabilidad

Ana Martín es la directora del colegio rural en el que trabaja María José, y no tarda en sincerarse sobre la que es su sensación dominante. Como en los casos anteriores, incertidumbre. «Soy la coordinadora COVID, pero ni soy sanitaria ni soy experta en riesgos laborales. Por supuesto que voy a hacerlo lo mejor que pueda, pero yo soy profesora de Educación Física», explica. Además, es desde hace años la máxima responsable de un centro que son, casi, tres independientes: uno por cada pueblo de los que abarca. «Tenemos que relacionarnos con tres ayuntamientos y tres AMPAS», comenta. Algo que dificulta la gestión.

Pero todavía hay algo que contribuye más a esa incertidumbre, y es algo que encaja en el refranero español: «Donde dije digo, digo Diego». Porque un día las recomendaciones de la administración son unas, y al día siguiente cambian. «Entiendo que en esta situación es así, la pandemia evoluciona y cambia. Eso hace que nosotros mismos no tengamos todo claro y no sea fácil transmitir certezas a los padres», apunta Ana. La comunicación, además, se vuelve más laboriosa por la realidad rural: tres pueblos, tres ayuntamientos con los que coordinar la desinfección de las aulas, tres AMPAs con las que reunirse. Aquí, la directora sí que agradece la implicación de los municipios, «que ya han hecho acopio de material higiénico».

El primer día en este colegio fue el jueves 10 de septiembre, y tienen claro que el principio tiene que ser de adaptación, desde explicar protocolos a luchar contra la brecha digital. «Los primeros cuatro días, los niños estarán con sus tutores explicando los protocolos. Una de las primeras cosas que harán será crear direcciones de e-mail para las familias que no tienen», relata. Aunque si hay que cerrar o poner en cuarentena alguno de los grupos, saben que en muchos casos el WhatsApp será lo más accesible, pues todos lo tienen.

La adaptación a las circunstancias es clave según la situación. En una gran ciudad como Barcelona, el entorno es diferente. «Ir a lo esencial del currículum no es enseñar menos». Así de contundente se muestra Mar Izuel, directora del colegio Montserrat, mientras recuerda que incluso la ministra Isabel Celaá ha reconocido que el currículum en España es muy extenso. «Los profesores, como profesionales de lo suyo, saben qué es lo esencial. No hay que lamentarse si un alumno no va a poder ver todos los contenidos», señala.

En su filosofía de ir a lo esencial, en el colegio han optado por ofrecer alternativas que reduzcan la incertidumbre. «Tenemos por delante demasiados escenarios posibles como para optar por una manera diferente de trabajar en cada uno. Por ello, nos esforzamos por hacer al alumno una propuesta que no caduque dependiendo de las circunstancias», apunta la directora del colegio. De este modo, cada asignatura se planteará objetivos semanales. «Arrancamos el lunes a primera hora con el tutor en cada clase, y ahí se transmiten las metas de aprendizaje de cada asignatura, es como decirle al alumno: “Esperamos que aprendas esto”. Y cada chico hace el trabajo de investigación guiado», explica Mar.

Junto con los alumnos, otro pilar imprescindible del aprendizaje son las familias. Para ello, la comunicación es la clave, que tiene que ir «más allá a los papás a un festival o a una tutoría». «En nuestro caso —cuenta Izuel— hemos estructurado reuniones a tres niveles, desde vídeos por Youtube a reuniones para plantear dudas concretas. Damos mucha importancia al desarrollo neurológico según cada edad, y por eso según la etapa hay aspectos diferentes a tratar». Por ejemplo, destaca que es clave transmitir el mensaje adecuado a los alumnos, «ni ingenuos ni apagavelas».

 

«Los niños son sorprendentes por su capacidad de aprendizaje y adaptación»

Arantxa Cámara. Enfermera. Profesora de Salud Pública en el CEU Cardenal Herrera.

Arantxa Cámara
Arantxa Cámara.

Gran parte de los nuevos miedos tienen que ver con la situación sanitaria. En estos últimos meses hemos dirigido la mirada a disciplinas sanitarias a las que antes puede que no se prestara suficiente atención. Una de ellas es la Salud Pública, clave en la lucha para frenar el coronavirus. Arantxa Cámara, enfermera y coordinadora de la Escuela de Salud del CEU en Elche, recuerda la importancia que tienen los centros educativos a la hora de contar para las estrategias de formación y sensibilización. «Son fundamentales, ya que es el lugar idóneo para poder realizar educación para la salud y poder trasmitir conocimientos a los niños en esta materia», señala.

Esa educación no debe quedarse solo en los niños: las familias tienen un papel clave, y «es muy importante que se involucren en la educación para la salud de los niños». Eso implica, entre otras cosas, que el alumno «llegue al colegio con la lección aprendida». Así, el desarrollo de las actividades será más fluido. El riesgo cero no existe, pero se puede minimizar: solo hay que «llevar a cabo todas las medidas y protocolos de actuación que se han determinado».

Un ejemplo clave es el uso de la mascarilla. «Si un niño llega al colegio sabiendo por qué tiene que llevar la mascarilla va a ser mucho más fácil que la mantenga puesta durante la jornada lectiva, señala Cámara. La enfermera y profesora recuerda, además, que los más pequeños «son sorprendentes por su capacidad de aprendizaje y adaptación» que está sobradamente acreditada.

Una de las quejas de varios profesores es la del desconocimiento de muchos aspectos de este nuevo virus y la enfermedad que provoca. Algo entendible por una parte, pero que genera mensajes contradictorios según avanzan las investigaciones científicas y las decisiones de la administración. Además, aunque cada centro cuente con un coordinador COVID, los docentes no son sanitarios. De ahí que Cámara destaque el papel de la enfermera escolar. «Siempre ha sido fundamental en los centros educativos, en circunstancias delicadas como las que nos encontramos, aún más.

Reportaje por Sara de la Torre y Asier Solana

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