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Inauguración del Curso Académico 2015-2016 en la Diócesis de Oviedo

 Inauguración del Curso Académico 2015-2016 en la Diócesis de Oviedo

Imagen y semejanza de Dios: Promoción efectiva de la participación de las mujeres en la Iglesia

Por el Dr. Juan José Llamedo González

Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas

“San Melchor de Quirós” de Oviedo

 

El Papa Francisco1, recogiendo el magisterio de su antecesor Benedicto XVI, dice que la Iglesia quiere: “estudiar criterios y modalidades nuevas para que las mujeres no se sientan invitadas sino participantes a título pleno en los distintos ámbitos de la vida social y eclesial”. Advierte que Dios nos llama a superar el antiguo modelo de “subordinación social” de la mujer al varón, pues “todavía no se han agotado del todo los efectos negativos de ese modelo durante siglos”. E insiste en que “este desafío no se puede retrasar más”. (1)

 

(1)El Papa FRANCISCO, en el discurso a la asamblea del Pontificio Consejo para la cultura, febrero 2015 y/o en la audiencia general, 16 de abril del 2015.

 

 

  1. NATURALEZA DEL DEBATE

Un detenido análisis de la historia eclesiástica muestra que, en relación a la consideración de la corresponsabilidad eclesial de las mujeres, está llena de contradicciones, lagunas y contrastes. Se predica la innata igualdad con el varón y, sin embargo, por la inercia costumbrista cultural judeo-greco-romana, adquirió carta de normalidad una praxis masculinocéntrica.

 

Muchísimas mujeres sobresalieron desde el principio del cristianismo y marcaron la vida de la Iglesia. Los últimos Papas han subrayado su importancia y valor. Pero lo cierto es que la aportación, incluso teológica, de mujeres eminentes no ha llegado hasta nosotros en su integridad.

 

 

II EN CLAVE BAUTISMAL: CRISTOLOGIA Y ECLESIOLOGIA

San Pablo nos ofrece un criterio decisivo:

«Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:26-28).

 

El Concilio Vaticano II, al reconocer la dignidad de todos los bautizados y revalorizar la misión propia del cristiano laico, impulsó el reconocimiento de la mujer en todos los ámbitos de la Iglesia.

De la importancia que la Iglesia da a la teología hecha por mujeres da prueba el reconocimiento como Doctoras de la Iglesia a cuatro auténticas y excepcionales maestras. Y podría haber algunas más.

 

 

III. CARISMAS Y MINISTERIOS

San Pablo enseña que el Cuerpo Eclesial, animado por el Espíritu Santo, se edifica con la participación de todos los bautizados en los diversos carismas y ministerios (1Cor. 12, 5-13.27).

San Juan Pablo II, en Christifideles laici, subraya la participación de los fieles laicos en el oficio sacerdotal, profético y real en virtud del Bautismo y de la Confirmación e incluso del Matrimonio. Afirma, en coherencia con Ministeria Quedam y con Evangelii Nuntiandi: “los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles laicos pueden desempeñar legítimamente en la liturgia, en la transmisión de la fe y en las estructuras pastorales de la Iglesia, deberán ser ejercitados en conformidad con su específica vocación laical, distinta de aquélla de los sagrados ministros”. Destaca que los diferentes carismas son ejercidos tanto por mujeres como por varones.

 

Que existieron mujeres diáconos en la Iglesia, está fuera de duda8. Aparecen en el Nuevo Testamento9, en la Didascalia, en las Constituciones Apostólicas… Plinio el Joven (final del siglo I) en una carta al emperador Trajano menciona inequívocamente su existencia. San Epifanio (s.IV) recuerda que “existe un orden de las diaconisas en la Iglesia. Los Concilios Ecuménicos: I de Nicea, año 325 (c 19), Calcedonia en 451 (c 15), el Sínodo de Trullo en el 662 (c 14) o II de Nicea año 787 (c 1), hablan de ellas. Existen varios documentos antiguos auténticos que describen el ritual de ordenación, idéntico para mujeres y varones, siendo los más importantes: el llamado Manuscrito Barberini gr 336 (anterior al s. IX); el Manuscrito Bessarion o Gotta Ferrara (s. X, pero es copia de un documento más antiguo) y el Manuscrito Vaticano nº 1872 (s. XI). Tenían oficio litúrgico y ejercían servicios bien definidos: llevar las ofrendas y oraciones del Pueblo hasta el altar, la instrucción cristiana, el bautismo de las mujeres, la atención espiritual y asistencial a las viudas o doncellas…¿Y respecto a la ordenación sacerdotal (presbiterado y episcopado)? La reserva del sacerdocio ministerial a los varones en virtud del ministerio apostólico de los Doce fue, desde el siglo VII, patrimonio de todas las tradiciones cristianas. Por esta razón, Juan Pablo II declaró en Ordenatio Sacedotalis 4, que la Iglesia no tiene facultad para conferir el sacerdocio ministerial a las mujeres.

 

El argumento fundamental aducido es que el Señor, por su libre voluntad, de entre la multitud de sus discípulos, eligió expresamente Doce varones para la tarea de significar, representar y edificar la Iglesia sobre la única Roca que es Jesucristo, y no escogió ninguna mujer, pudiendo haberlo hecho. ¿Significa esto que la exclusión de la mujer del sacerdocio ministerial, arranca de una decisión expresa de Nuestro Señor Jesucristo?

 

Sabemos que la Tradición Viva de la Iglesia (tanto si es explícita como latente) no es una mera repetición del pasado sino que conforma el espíritu crítico cristiano que cuestiona y dinamiza la itinerabilidad25 de la vida eclesial, avanzando en la mejor comprensión del misterio y, por ello, en la perenne dinámica pentecostal de renovación26.

Evangelii Gaudium dice: “Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente. El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder. No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal «nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad»” (n:109) y cf. Juan Pablo II, Christifideles laici (1988), 51: AAS 81 (1989), 493

 

 

  1. LA PERENNE NOVEDAD DE PENTECOSTES

Las mujeres bautizadas son miembros de pleno derecho de la Comunidad Cristiana. Son miembros de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Están llamadas a desarrollar sus carismas propios para edificación del Pueblo de Dios y construcción del Reino de Dios. No han de participar activamente en la vida de la Iglesia por concesión o bajo tutela de los varones, sino por sí mismas.

 

El Congreso Donne nella Chiesa: Prospettive in dialogo” (celebrado en la Universidad Antoniana de Roma en abril de 2015), evidenció que ha de clarificarse la manera de entender la forma de pensar lo masculino y lo femenino a la luz del acto creador y a la luz del acto Redentor (Encarnación-Pascua); la dinámica de concebir la visión de comunión “koinonia y de servicio diakonia de la Iglesia; y su desarrollo. Se ha de superar la ideología de género para lograr una igualdad indiferenciada de la complementariedad y de la reciprocidad, que permite tanto a hombres como a mujeres reconocerse como seres plenos, autónomos, consustanciales y mutuamente referidos.

La Iglesia es Sacramento de Comunión, en virtud del Ser-en-Comunión que es Dios34. La Iglesia es la casa y la escuela de la comunión35. La humanidad fue creada como comunión y está vitalmente orientada a la comunión: en la unidad de los dos el varón y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir el uno al lado del otro, o juntos, sino “el uno para el otro” sin tamices. Ambos como copartícipes del ser de Dios: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Ambos participan de la vida en Dios cristificados por el bautismo, sellados con el don del Espíritu Santo, en igualdad de dignidad y misión, dentro de la diversidad de carismas y ministerios.

 

La dinámica de Pentecostés, como recuerda ininterrumpidamente la Tradición Viva de la Iglesia y propone de nuevo desde hace 50 años el Concilio Vaticano II y el Magisterio, llama a desarrollar la eclesiología de comunión, desde la catolicidad, con la diversidad de carismas y ministerios. Las mujeres participan de hecho en muchos servicios eclesiales. Urge avanzar en su reconocimiento auténtico, con dinámicas y procedimientos que visualicen esta verdad y le den cauce de normalidad.

Es tarea de la Teología continuar investigando con honestidad, sin miedos o prejuicios, aquello que pertenece a la verdadera voluntad del Señor para su Iglesia y aquello que es una adicción fruto del contexto y costumbrismo socio-cultural.

El beato Pablo VI reconoció que:

“En el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos (…); es evidente que la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades”.

“Es necesario – insiste el Papa Francisco- ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales”.

Oviedo, 23-setiembre-2015

José Manuel Coviella Corripio



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