Carta del Obispo Iglesia en España

A imitación de Cristo, el Hombre nuevo, por Julián Barrio Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela

A imitación de Cristo, el Hombre nuevo, por Julián Barrio Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela

 Carta Pastoral en la Cuaresma del 2014

“Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás y te dirá: “Aquí estoy” (Is. 58, 7-10).

Queridos diocesanos: en estas palabras del profeta Isaías, descubrimos sobre todo la voz del que es fuerza de Dios capaz de transformar nuestras vidas: Cristo. Experimentamos su poder por su misericordia y su divinidad por su ternura hacia nosotros[1]. El tiempo de Cuaresma que inauguramos es una ocasión de la gracia para no volvernos más hacia nosotros mismos, sino para convertirnos al Dios Padre, Hijo y Espíritu, en definitiva, al Dios amor, confesando nuestros pecados, dando gracias a Dios y diciendo palabras de edificación espiritual. La vida es bella pero no hay que confundir belleza con maquillaje.

 

Dios en nosotros

La fe del cristiano es la respuesta al amor y a la iniciativa de Dios. Él nos ama primero, y se adelanta en el amor a todos los que le aman. Nosotros, en cambio, le amamos con el efecto amoroso de su Espíritu que él deposita en nuestro interior. Acercarse al Dios vivo es siempre obra del Espíritu de Cristo en cada uno de nosotros. Ni siquiera podría alguien llamar ¡Padre! a Dios, si el mismo Espíritu no aleteara en su interior. Al encaminarnos en esta cuaresma hacia Cristo Resucitado, Dios podrá irse haciendo carne en cada creyente, si cada uno nos dejamos hacer y tallar por ese Espíritu. De este modo, cuando finalmente junto con toda la Iglesia celebremos el domingo, 20 de abril, la solemnidad de la Resurrección del Señor, al mismo tiempo estaremos celebrando la nuestra. ¡La alegría de Cristo será la nuestra al vernos semejantes a Él! Es necesario orar con toda confianza y con todas nuestras fuerzas, y así el Espíritu nos transformará en cristianos a la medida del corazón de Cristo.

Esta oración y este deseo no nos apartan de la realidad concreta y limitada en la que cada uno vivimos, todo lo contrario. Una vez pulido nuestro corazón y nuestros sentidos por la misericordia de Dios, podremos finalmente aceptar amorosamente nuestra verdad. Por eso cuaresma quiere decir tiempo de esperanza. ¡Cuántas veces nos engañamos al pensar que Dios sólo está en nosotros cuando somos “perfectos”! Sin embargo, Él nos espera siempre en la llanura de la vida cotidiana, no en la cima de la contemplación de nosotros mismos. Muchas veces no nos encontramos con Dios, sencillamente, porque cuando pensamos que sólo lo podemos alcanzar en lo sublime, Él, mientras tanto, nos aguarda paciente en lo más humano. Es verdad: necesitamos el arte de esperar, el tiempo es el mensajero de Dios[2]. Concorde es nuestra experiencia de fe, que atestigua que en los momentos de nuestra vida en los que Dios parecía ausente, allí, sin embargo, estaba actuando con su presencia.

El seguimiento de Cristo es más fácil para todos cuando sentimos que nos regala sus dones y virtudes, cuando somos conscientes de que estamos creciendo, como Él, en estatura humana y en gracia de Dios; pero también hemos de vivir este seguimiento en los días de la vida cotidiana en los que no experimentamos tales efectos. La cuaresma es el tiempo que nos reconcilia con la realidad, con la semilla que somos cada uno de nosotros. Por eso, ¡no nos apeguemos a los dones de Dios, sino a Dios mismo! Seamos en esta cuaresma humildemente ambiciosos, pues Cristo no quiere que nos contentemos con sus regalos y dones, ya que busca darse por entero a cada uno. Cuando por nuestra obstinación sea nuestro pecado lo que nos aparte de Él, ¡no desesperemos! Dios siempre nos espera para perdonarnos con su bondadosa misericordia.

 

Cristo en los que sufren

Encontrarse con Cristo es experimentar el inmenso amor de Dios por los hombres.  Podrá reconocer a Dios en si mismo quien antes haya sido capaz de reconocer a Cristo en los demás. El alma de un cristiano es como ese espejo que no devuelve la imagen de quien lo mira, sino la de sus hermanos necesitados. Cuanto más limpio esté dicho espejo, mejor reflejará los rostros de los que sufren. Todo cristiano escucha en aquel anuncio profético de Isaías la vocación a hacer con su vida justicia a Cristo en los últimos: Lo que hagamos a uno de estos, los más humildes, a él mismo se lo hacemos (cf.  Mt. 25). El profeta nos recordaba que únicamente podrá escuchar y decir a Dios ¡Aquí estoy! quien antes no se haya encerrado en su propio interés y egoísmo. Nos preocupa perder lo poco que tenemos y esto nos lleva a quedar anclados en esas pequeñas satisfacciones consumistas. Recientemente, el papa Francisco proclamaba con valentía la necesidad que tiene la misma Iglesia del aire puro del

 

 

 

 

 

Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia vacía de Dios[3]. También advertía que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”, asegurando que “la confianza puesta en las cosas por encima de las personas, o en el estatus por encima de las convicciones y afectos, nos dejan vacíos en el corazón”.

El tiempo litúrgico de la cuaresma es oportunidad de dejar caer máscaras y ropajes, para conquistar la libertad de los hijos de Dios; la ocasión de liberarnos de falsas apariencias para encontrarnos cordialmente con Cristo en el corazón mismo de los que sufren en las nuevas periferias. Así San Pablo exhorta: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Fil 2, 5-7).

Esta es la verdadera penitencia que Dios espera de nosotros: que seamos libres y valientes renunciando a nuestra propia voluntad y capricho, y a esta cultura del bienestar que nos insensibiliza y anestesia[4]. Pues el ayuno que Dios desea es el del corazón. Por eso, como dice Isaías, quien rompe las cadenas injustas, arranca todo yugo y, acoge en su hogar a los sin techo no sólo tiene misericordia con los que más necesitan, sino que se hace a sí mismo hijo de Dios y será un día contado entre los bienaventurados por su hambre y sed de la justicia.

Como pastor de esta diócesis no puedo menos de animar y agradecer en esta carta a todos los diocesanos, a todas las parroquias y a lo que trabajáis en Caritas, y a todos los religiosos el esfuerzo y tesón con el que estáis haciendo realidad este anuncio del profeta Isaías. En vuestra acción se deja ver el cariño maternal con el que Dios se conmueve en sus entrañas por los olvidados de esta sociedad. Este camino cuaresmal conduce ciertamente a la Pascua que celebraremos.

 

El Sínodo que estamos celebrando, es una realidad palpable no sólo en la oración y el trabajo previo ya iniciados, y en los grupos que en parroquias y comunidades religiosas comenzarán sus trabajos, sino también en la acción evangelizadora de esta Iglesia de Santiago, cuando sale al encuentro de los más castigados por esta crisis. Nada es pequeño cuando es grande el corazón, ni la medida de nuestra misericordia depende de los límites de nuestra fortuna. Cierto, las limosnas de los ricos son más cuantiosas que las de las gentes más modestas, pero el fruto de sus obras nos las diferencia si las anima el mismo amor[5].

En el camino hacia la Pascua, os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

 

 

 

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela.



[1] Cf. Mensaje del Santo Padre Francisco para la cuaresma 2014.

[2] FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 171.

[3] Ibid.,  97.

[4] Cf. Ibid. 54.

[5] Cf. SAN LEON MAGNO, Homilías sobre la cuaresma.

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