Rincón Litúrgico

III Viernes de Adviento. Profecías

“Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7, 13-14).

El icono representa a la Virgen del Signo, que es la señal comprometida por Dios como opción definitiva de salvar a su pueblo. En todo contrato, cuando se adelanta una señal, si se cumple, la señal va a cuenta del precio total, y si no se cumple, la señal se pierde. Si Dios adelanta el anuncio de la virgen gestante que nos entrega a su Hijo como señal del pacto, se nos asegura el acontecimiento.

En la profecía, leída desde el Evangelio, se descubre la concurrencia con el acontecimiento de la Encarnación del Verbo de Dios en el seno de María, y su posterior alumbramiento.

En la imagen, María se muestra como la orante que proclama la grandeza del Señor; es la llenada de gracia. Las tres estrellas que aparecen en los hombros y en la cabeza significan la plenitud del amor trinitario. La Virgen permanece de pie, levantada, redimida, con la fortaleza de la fe, adelantando con esta postura el misterio pascual, cuando permanecerá de pie junto a la cruz, y participa de los méritos de la Redención de su Hijo.

María es sagrario, custodia, nueva arca de la alianza, mujer eucarística, mediación entrañable, que le ofrece a su Creador, para que se haga historia lo más sagrado del ser, y así pueda cumplirse el pacto divino, que recordará el mismo Jesús en su diálogo con Nicodemo: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 1, 17).

Estamos ya en la cuenta atrás, a punto de cumplirse los días del nacimiento de Jesús en Belén. La Iglesia reza: “Infunde, Señor, tu gracia en nuestras almas, para que los que hemos conocido por el anuncio del ángel la encarnación de tu Hijo, por los méritos de su Pasión y de su Cruz, lleguemos a la gloria de la resurrección”.

Es momento de cuidar el recinto donde albergaremos al Hijo de María, nuestro propio interior.

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