Iglesia en España

III Jornada Mundial de los Pobres, carta del obispo de Córdoba, Demetrio Fernández

demetrio fernandez

“La esperanza de los pobres nunca se frustrará” (S 9, 19). Uno de los aspectos centrales del magisterio del Papa Francisco es el tema de los pobres, no sólo por medio de las palabras, sino sobre todo con los gestos. No es un tema para tratarlo sólo académicamente, sino sobre todo para vivirlo y experimentarlo vitalmente. La del Papa Francisco es una voz que se levanta continuamente en defensa del pobre y que pone en crisis al mundo entero con este reclamo evangélico, como no lo hace nadie en el mundo. La opción por los pobres es algo repetido por los últimos Papas, y sobre esto Francisco nos dice que “la opción por los pobres es una categoría teológica, antes que cultural, sociológica, política o filosófica” (EG 198).

Se trata de poner los ojos en Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre y que proclamó bienaventurados a los pobres de espíritu. Él vivió pobre y nos invita a seguirle por el camino de la pobreza y la austeridad personal. Más aún, nos invita a salir al encuentro de los pobres de nuestro tiempo, tantos, tantísimos por tantas formas de pobreza, pobrezas materiales y espirituales. Niños explotados a los que se les ha robado la infancia, jóvenes a los que se les cierra el futuro, adultos que viven en situaciones precarias y con falta de todo, mujeres explotadas y abusadas, migrantes en busca de un mejor porvenir a quienes se cierran las puertas. De todas esas personas Dios nunca se desentiende, sino que escucha, protege, defiende, redime, salva. Por eso, los pobres, aún en la situación más extrema, pueden confiar en el Señor, y la esperanza de los pobres nunca se frustrará.

Ahí se fundamenta la atención de la Iglesia a los pobres, porque la Iglesia existe para ser el corazón de Dios abierto a las personas de nuestro tiempo, al estilo de Jesús el buen samaritano. Por eso, la Iglesia debe ser siempre lugar de acogida, donde nadie se sienta extraño. Y de una acogida humilde y cariñosa, porque la Iglesia no tiene todos los medios para resolver todos los problemas, pero sí tiene en su corazón el amor de Dios manifestado en el corazón de Cristo Jesús, y con ese talante debe salir y acoger a los más pobres. “La promoción de los pobres, también en lo social, no es un compromiso externo al anuncio del Evangelio, por el contrario, pone de manifiesto el realismo de la fe cristiana y su validez histórica”, nos recuera el Papa en el mensaje de este año.

 

Los pobres no son números ni estadísticas, sino personas concretas que sufren en su carne esas carencias. La atención a los pobres no se reduce a la asistencia, ante cuya urgencia hemos de actuar, sino que debe buscar la verdadera promoción integral de la persona con programas y proyectos de desarrollo, que eliminen las injusticias que están detrás. Y no olvidemos que lo que más necesitan los pobres es a Dios. Los pobres nos evangelizan y son evangelizados, he ahí una señal inequívoca del Reino de Dios. Ellos nos recuerdan el rostro de Cristo, porque Jesús ha querido identificarse con cada uno de ellos, “a mí me lo hicisteis” (Mt 25). Los pobres nos denuncian sin palabras nuestra comodidad y nuestro egoísmo, y resultan molestos a nuestra sociedad que intenta esconderlos. Esta Jornada de los Pobres viene a recordarnos esta tarea pendiente, en la que continuamente somos aprendices.

Es una Jornada para poner ante nuestros ojos a todos los que trabajan en este campo y agradecerles su entrega y generosidad. Es muy provocativo para jóvenes y adultos conocer a personas que se juegan la vida y la van gastando en este campo de la atención a los pobres. Cómo no recordar a Madre Teresa de Calcuta, un icono evangelizador de nuestro tiempo. En nuestras parroquias y comunidades también encontramos personas sensibles a esta dimensión esencial de la Iglesia, apoyemos su tarea. Que la Jornada mundial de los pobres nos ayude a todos a ser Iglesia, corazón de Dios que escucha y atiende a los pobres, a ser Iglesia samaritana que trabaja por la justicia con corazón.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

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