Opinión

(II) El Padre Francisco Méndez: Padre de los pobres, por fray José Borja

(II) El Padre Francisco Méndez: Padre de los pobres, por fray José Borja

93 años de su muerte.

En su rostro demacrado se acentúa aquella expresión indefinible de bondad, de mansedumbre y dulzura, que era el encanto de todos. Con devoción extraordinaria ha recibido los últimos Sacramentos y con voz entera y apacible va respondiendo a las palabras rituales que pronuncia el sacerdote. Sus ojos se fijan en las alturas, como esperando que se abra aquella puerta del cielo, que él abriera a tantas almas.

Contempla a sus Hijas amadísimas, las religiosas Trinitarias, que en vano luchan por reprimir el dolor y el desconsuelo que siente, las encarga que digan a todas las Hermanas de todas las casas que de todas y de cada una se acuerda en aquellos momentos y que muere bendiciéndolas a todas. Hijas mías, las dice por última despedida,
“No pidáis nunca sino hacer la voluntad del Señor, si alguno os hiciere alguna injuria, perdonadle sin dilación”.

Manda luego que le traigan a los chicos mayores del Asilo y cuando aparecen ante sus ojos aquellos que representan a todos sus amadísimos golfillos, alrededor de su cama y con voz tenue y apagada les dice que sean buenos, muy buenos, que respeten y obedezcan a las Hermanas, que hacen las veces de madres para con ellos, y que sólo anhelan su dicha y su bienestar.

Conmovidos se arrodillas aquellos jóvenes, le besan afanosamente las manos, reciben su postrera bendición y ya no se escucha sino el llanto y los sollozos de todos cuantos rodean su lecho. Lloran las religiosas, sus Hijas, lloran aquellos golfillos que pierden al más amante de los padres, llora el sacerdote y el mismo médico que le asiste no puede contener sus lágrimas cuando dice con profundo desconsuelo que ha terminado su misión y que ha expirado el sacerdote ejemplar.

Así terminó sus días aquel hombre extraordinario, aquel siervo bueno y fiel, aquel modelo de sacerdotes y asombro de caridad que, siguiendo las huellas del divino Redentor, pasó por el mundo haciendo bien a los hombres y rompiendo las cadenas de los modernos esclavos. “Pertransiit benefaciendo et sanando omnes oppressos a diabolo”.

Era el día primero de abril de mil novecientos veinticuatro.

La noticia de su muerte se extendió rápidamente por todo Madrid y fueron innumerables las personas de todas las clases sociales que acudieron inmediatamente a “Porta Coeli”, para rendirle el último tributo de admiración y cariño.

¡Era un Santo! ¡Era un Santo!, se oía repetir

(Adaptado de un tesoro de libro)

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