Rincón Litúrgico

II Miércoles de Adviento. Visitación

En el texto lucano, en el que se narra la visita de María a su prima Isabel, encontramos un ejemplo de sana emulación. Isabel exclama su sorpresa ante la visita de la que va a ser Madre de Dios; María exulta de alegría y reconoce el don que ha recibido.

Muchos profetas han subido a la montaña. Moisés subió a lo alto del Sinaí; Elías, al monte Horeb; Jesús se manifestará sobre el monte alto. María se une con su subida a los montes de Judá a todos los que han sido ungidos con el don de profecía. Ella va adelantar algo de lo que somos testigos: “Dichosa, me dirán todas las generaciones”.

Una condición para ascender al Monte del Señor es la humildad. María canta que Dios derriba de su trono a los poderosos y enaltece a los humildes. Otra condición es la limpieza de corazón. “¿Quién subirá al monte del Señor? El hombre de puro corazón y limpias manos”. Jesús proclama en las Bienaventuranzas: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Durante el Adviento nos disponemos a acercarnos a Belén y poder adorar al Emmanuel. Solo los humildes, los sencillos y los pequeños, serán los que tengan la credencial para acceder hasta el lugar donde María dé a luz a su Hijo primogénito.

María nos revela con su actitud solidaria cómo se plenifica la persona; no por un camino interiorista, sino por el ejercicio de la relación. Si alguien podía justificarse para no salir de casa ni arriesgarse por los caminos, era María, joven primeriza que debía guardar reposo para no exponerse al riesgo de abortar. Y sin embargo, el relato enaltece el gesto solidario y magnánimo que conlleva caminar cerca de 300 Kms.

Todos llevamos dentro la presencia divina, somos personas habitadas. Nuestro huésped merece el respeto sagrado y la consideración más obsequiosa.

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