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Rincón Litúrgico

II Domingo del Tiempo Ordinario, “A”, por Ángel Moreno de Buenafuente

Textos evangélico

“Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y Juan dio testimonio diciendo: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». (Jn 1, 32-34)

Comentario

El Evangelio de san Juan despliega en seis días el prólogo: la presentación de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, Dios desde el principio de los tiempos, manifestado en la historia para ofrecer a quienes lo acojan la filiación divina.

Juan Bautista introduce a Jesús, lo señala como Cordero de Dios, figura que personaliza el Mesías, que lleva sobre sí los pecados de la humanidad y se dispone como uno más al bautismo, colocado en la fila de los pecadores.

En otro texto joánico leemos: “Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único” (1Jn 5, 6-7). Tanto el texto del Evangelio como el de la primera carta de san Juan, hacen referencia al protocolo de los testigos, para que quede autentificada la identidad mesiánica y divina de Jesús. Si para que un testimonio sea válido hacen falta al menos dos testigos, en el caso de Jesús, el agua, la sangre y el Espíritu dan testimonio de que Él es quien tenía que venir.

La imagen del cordero es muy significativa en el contexto bíblico. Si nos remontamos a los tiempos de Abraham, en el momento en que se disponía a sacrificar a su hijo primogénito, la presencia del cordero que sustituyó a Isaac en el sacrificio concurre con la presentación que hace el Bautista, al señalar a Jesús como aquel que va a sacrificarse en favor de toda la humanidad para quitar el pecado del mundo.

Hay quien toma esta identificación de Jesús como Cordero de Dios para explicar la ofrenda de José y de María al subir al templo para presentar a su Hijo primogénito. Para esta ofrenda no llevan cordero en rescate de la vida de Jesús, porque llevan al verdadero Cordero que se inmolará. Y María, abrazando al Hijo de sus entrañas, representa a la zarza que, en tiempos del patriarca, ofreció el cordero.

Sobrecogen las figuras bíblicas personalizadas por Jesús. Él se presenta como viñador y como vid, y se entrega en el cáliz; Jesús toma la imagen del labrador, de quien multiplica y parte el pan, y de quien se da en ese pan partido. Él nos asegura que es el Buen Pastor, que busca la oveja perdida, y llaga a hacerse el Cordero que se inmola por todo el rebaño.

Iniciemos el Tiempo Ordinario reconociendo a quien nos ha precedido y nos ha rescatado, y vivamos confiados y agradecidos, con la certeza de la Redención.



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