Rincón Litúrgico

II Domingo de Cuaresma: La luz y la voz

Si el primer domingo de cuaresma nos recordaba la figura de Adán, en este segundo domingo se nos presenta al patriarca Abrán. La Biblia nos dice que él y su familia adoraban a los dioses de aquellas tierras regadas por el río Éufrates.  Pero un día sintió la llamada de un Dios desconocido que lo invitaba a salir de su tierra (Gén 12,1-14).

Efectivamente, nosotros no podemos decidir el momento ni el modo de nuestra salvación. De Dios viene la iniciativa y la realización. Solo él es quien puede salvarnos del mal y del pecado. Así nos lo ha recordado el papa Francisco en su reciente mensaje para la Cuaresma de este año 2020.

Así que con razón repetimos con las palabras del salmo resposorial: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22). Dios se ha adelantado a esa petición, al enviarnos a Jesucristo para destruir la muerte y sacar a la luz la vida inmortal (2 Tim 1,10).

LO DIVINO Y LO HUMANO

El evangelio que hoy se proclama nos sitúa en el núcleo de la vivencia cuaresmal. La transfiguración de Jesús nos anuncia el misterio de su muerte y su resurrección. Los tres discípulos más cercanos subieron con Jesús a lo alto de una montaña. Allí vieron que su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvían blancos como la nieve.

A pesar de su turbación, pudieron ver que Jesús aparecía envuelto por una nube,  que evocaba aquella otra  que acompañaba al pueblo de Israel por el desierto. Vieron además que Moisés y Elías flanqueaban a su Maestro, como dando testimonio de su honda verdad. El representante de la Ley y el gran profeta de Israel habían descubierto a Dios en el monte santo. Y junto a ellos, Dios se revelaba ahora en su Hijo predilecto (Mt 17,1-9).

En el cuadro de la Transfiguración de Jesús, que se conserva en la Pinacoteca Vaticana, Rafael ha reflejado la dialéctica entre el monte y el valle. En el monte Jesús se ve sumergido en la luminosa realidad de Dios. Al bajar del monte se encuentra con la dolorida realidad de lo humano. He ahí la imagen de nuestra vida de creyentes. La contemplación de Dios no puede alejarnos de la atención a las necesidades de los hombres.

EL MENSAJERO Y EL MENSAJE

En el relato de la Transfiguración de Jesús se recoge la voz que desciende de la nube, es decir, desde el ámbito de lo divino: “Este es mi Hijo, el amado, el elegido: escuchadlo”. Cada palabra encierra un mensaje:

  • “Este es mi Hijo”. Dios no es un objeto exraño a la experiencia de los hombres. Tampoco es una idea ni un anhelo insatisfecho. Es el Padre que reconoce a Jesús como hijo.
  • “El amado”. Los seres humanos han temido muchas veces a los dioses. Los dioses falsos tienen boca pero no hablan. El Padre de Jesús es un Dios que siente y ama.
  • “El elegido”. Jesús no fue menos humano por saberse elegido por Dios. Por el hecho de reconocer a Dios como Dios, el ser humano no pierde su categoría y su dignidad.
  • “Escuchadlo”. En Jesús nos llega el mensaje de Dios. Podemos confiar en él. Dios está con él, lo apoya y garantiza su misión y la verdad de su mensaje.

El Concilio Vaticano II nos dice que, mediante la escucha de la Palabra de Dios y la oración, el tiempo cuaresmal prepara a los fieles a celebrar el misterio pascual (SC 109). En este tiempo se nos invita a leer los evangelios y escuchar la Palabra del Señor.

– Señor Jesús, tú nos revelas el amor de un Dios al que nos atrevemos a llamar Padre. Te reconocemos como Hijo y mensajero de la verdad de Dios. Queremos escuchar la voz de los cielos, que te presenta como nuestro Salvador. Sabemos que tu palabra puede orientar nuestra vida con su luz inmortal. Bendito seas por siempre, Señor.

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