Rincón Litúrgico

II Domingo de Cuaresma: Escuchadlo

“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (Mt 17,5)

Señor Jesús,  tú habías anunciado a tus discípulos que habrías de sufrir mucho y ser condenado a muerte en Jerusalén. Como para alivar su turbación, les mostraste tu gloria en la cumbre de un monte.

Tu misión quedaba avalada por  Moisés y Elías. También ellos habian tenido en el monte la experiencia de Dios. Ahora su presencia aseguraba a tus discípulos que tu misión respondía a lo afirmado por la Ley y los profetas.

No es extraño que Pedro deseara quedar allá en el monte, preparar tres tiendas y perpetuar aquel momento. En realidad, soñaba con revivir la experiencia religiosa que había mantenido  la fe de su pueblo.

También nosotros nos detenemos a contemplar aquel momento como una evocación del pasado de Israel. También nosotros deseamos imaginar aquella escena en la que se revelaba tu gloria.

Pero en el texto evangélico encontramos la referencia a la nube que acompañaba a Israel por el desierto. Ella representa la divinidad, siempre cercana pero siempre intangible.

La nube nos dice que nuestra soledad no es abandono. No podemos vivir anclados al pasado. Nuestro silencio no es solo un descanso. En él resuena la voz que da sentido al presente y nos orienta al futuro.

“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. La voz nos manifiesta que Dios no es un ídolo inerte. No se confunde con la belleza de los astros. Ni se identifica con el destino. Él  quiere ser imaginado como Padre.

La voz que baja de la nube nos revela que Dios es amor. Y que tú eres el Hijo de Dios. Nos complace pensar humildemente que si eres el predilecto  podemos compartir la suerte de los otros hijos que te siguen.

Esa voz nos exhorta a prestar atención a tus palabras. Tú eres el mensajero del Dios de la gloria. Tu mensaje incluye tu muerte y tu resurrección. Escuchar la Buena Noticia de tu vida es la fuente de nuestra esperanza.

Bendito seas, Señor.

 

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