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Iglesia que escucha a los jóvenes, jóvenes que escuchan a la Iglesia – editorial Ecclesia

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Iglesia que escucha a los jóvenes, jóvenes que escuchan a la Iglesia – editorial Ecclesia

Etimológica, canónica y eclesialmente sínodo es “caminar juntos”. Es una expresión de colegialidad, de comunión, de misión compartida, de escucha mutua. Y para que ello sea factible se necesitan la sinceridad, el encuentro, la disponibilidad, la apertura, la acogida y la humildad.  La Iglesia es sinodalidad, es cuerpo, es pueblo, es asamblea, donde todas las voces han de tener cabida. Y por su misma identidad misionera y evangelizadora, estas actitudes han de darse dentro y fuera de la Iglesia, y buscando también caminos de inclusión a católicos no cristianos, a alejados y a no creyentes. Y es que la Iglesia es para evangelizar, para ser semilla de Reino entre todos los pueblos, razas, ideologías y credos.

Desde estos presupuestos irrenunciables, claramente acentuados, además, por el Papa Francisco, la reunión presinodal celebrada en Roma del 19 a 24 de marzo, con más de trescientos jóvenes de todo el mundo y 15.000 participantes on line,  cobra todavía una mayor significación, valor y perspectiva.

Y ahora que la Iglesia hace camino conjunto hacia la asamblea del Sínodo de los Obispos de octubre próximo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, una iniciativa como la de este encuentro era una cita preciosa y precisa. Y fruto de sus trabajos,  los jóvenes han redactado un documento final (ver página 30), una hoja de ruta, que bien merece ser leída y meditada y servir asimismo de interpelación para todos.

El documento en cuestión, que no ha buscado, lógicamente, «componer un tratado teológico, ni de establecer una nueva enseñanza de la Iglesia», está «destinado a los padres sinodales, como una orientación que les ayude a comprender mejor a los jóvenes». Y, por ende, para todos los miembros de la Iglesia, incluidos, por supuesto, los mismos jóvenes; y así hacer más realidad todavía lo que un sínodo ha de ser, como hemos señalado en el primer párrafo de este comentario Editorial.

El documento,  que busca reflejar la pluralidad y universalidad de la Iglesia, no ha esquivado cuestiones espinosas, como puede ser las diferentes percepciones y vivencias que entre los jóvenes se da en relación a algunos y conocidos aspectos de la vigente doctrina moral católica (sobre todo, en materia sexual) y a esa sensación –realidad, sí, pero algunas veces también tópico socorrido- de la lejanía de la jerarquía y de los ministros de la Iglesia en relación a las inquietudes y las problemáticas de los jóvenes de hoy.

En este sentido, es obvio que deben ser escuchados planteamientos, entre los ofrecidos en el documento, que consideran a la Iglesia  como «demasiado severa» y «a menudo asociada con un excesivo moralismo». Como también deben ser escuchados quienes «desean que la Iglesia no solo se mantenga bien firme en sus enseñanzas, a pesar de ser impopulares, sino que las proclame también con mayor profundidad». Y es que esta escucha a las demandas de los jóvenes ha de ser necesariamente compatible con la escucha también por parte de los jóvenes a las razones por las que Iglesia fija determinadas posturas, doctrinas y praxis. La escucha solo es real y fecunda desde la alteridad, desde la reciprocidad, desde el verdadero diálogo y la cultura del encuentro.

Resulta igualmente irrenunciable la llamada de los jóvenes en pro de «una Iglesia auténtica», «una comunidad transparente, acogedora, honesta, comunicativa, accesible, alegre e interactiva», que no tema a mostrarse vulnerable y que sepa admitir sus errores pasados y presentes. Pero ello también como camino de ida y vuelta. Esto es, los jóvenes, que asimismo son miembros de la Iglesia y que lo han de ser con todos los derechos y deberes que comportan el bautismo y los sacramentos, han de ser, a su vez, cuando corresponda, autocríticos y el resto de adjetivos reclamados, y con la razón, a la jerarquía de la Iglesia.

Como el Papa Francisco, recordó en la homilía del Domingo de Ramos, con cuya celebración culminó el presínodo, el mundo y la Iglesia necesitan apremiantemente de la voz y del clamor de los jóvenes. Y, por ello, se han de denunciar y desenmascarar a quienes, manipulándolos, pretenden acallarlos. Y los jóvenes han de ser  asimismo muy vigilantes ante estas manipulaciones y acallamientos.  «Está en vosotros no quedaros callados. Si los demás callan, si nosotros, los mayores y responsables  ―tantas veces corruptos―, callamos, si el mundo calla y pierde alegría, os pregunto: ¿vosotros gritaréis?».

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