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Iglesia, ¿qué es lo que celebras?: artículo de José-Román Flecha ante el 50 aniversario del Concilio Vaticano II

El primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II es la constitución sobre la sagrada liturgia.  En ella se afirma que en la liturgia se ejerce la obra de nuestra salvación. De hecho “contribuye en grado sumo a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia” (n.2).

Toda celebración litúrgica es a la vez obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo que es la Iglesia, así que revela la presencia del Señor y la misión misma de su pueblo. La liturgia es la cumbre y la fuente de la vida de la Iglesia, aunque no es su única actividad, puesto que ha sido llamada también a enseñar y a practicar la caridad.

Por tanto, es necesaria una mayor formación de los presbíteros y de los fieles, con vistas a una consciente, activa y fructuosa participación en la celebración litúrgica. Y se propone una revisión de los ritos sagrados, tanto en su forma y en la lengua en que se expresan como en el espíritu que los mueve.

Tras estas disposiciones generales, el Concilio reflexiona sobre la Eucaristía y la celebración de la Misa, recomendando la homilía y restableciendo el rito de la “oración de los fieles”. El uso ha ido ampliando en estos 50 años las normas conciliares sobre la concelebración y la comunión bajo las especies de pan y de vino.

El Concilio promovía la revisión del rito de los demás sacramentos y también de los sacramentales, tanto los tradicionales como otros que se pueden añadir según lo pida la necesidad pastoral (n. 79).

El capítulo IV de la constitución está dedicado al Oficio divino, llamado a ser para todos “fuente de piedad y alimento de la oración personal” (n. 90). Hoy se puede constatar que en muchos lugares de la Iglesia se ha prestado atención a la recomendación que el Concilio dirigía a los laicos para que recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular.

El Concilio explica, además el sentido del año litúrgico, a lo largo del cual “se desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad, hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor” (n. 102). Especial importancia se reconoce al domingo o “día del Señor, como fiesta primordial de los cristianos, en la que se hace memoria de la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús” (n. 106).

El Concilio reafirma la dignidad de la música sagrada, del arte y de los objetos sagrados, que pueden y deben reflejar la infinita belleza de Dios y contribuir a su alabanza y su gloria. Por eso pide que se excluyan las obras que repugnen a la fe y ofendan al espíritu religioso de los fieles y recuerda a los artistas que “sus obras están destinadas al culto católico, a la edificación de los fieles y a su instrucción religiosa” (n.127).

A medio siglo del comienzo del Concilio habría que preguntarse qué acogida han encontrado estas reflexiones.

José-Román Flecha Andrés

 

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IGLESIA, ¿QUÉ DICES AL MUNDO?

Después de muchas vicisitudes, el día 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura del Concilio Vaticano II, se votaba la constitución pastoral Gaudium et spes,  sobre la Iglesia en el mundo actual. Las mismas palabras que le dan el título son suficientemente significativas: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1).

En este precioso documento la Iglesia se ponía a disposición del mundo con la limpia intención de colaborar a la salvación de la persona y a la edificación del mundo de hoy, con sus esperanzas y sus temores, sus aspiraciones y sus interrogantes.

 

LA VOCACIÓN DEL HOMBRE

La primera parte de la constitución estudia a la luz de la fe la vocación del hombre. Para ello reflexiona en primer lugar sobre la dignidad de la persona humana, sobre el pecado y la conciencia así como sobre las formas y las causas del ateismo contemporáneo. Esta sección concluye con una preciosa reflexión sobre Cristo, el nuevo Adán, que “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

En un segundo momento la Constitución pastoral analiza la relación de la persona con la sociedad para subrayar la importancia de la promoción del bien común y el respeto a la persona y para recordar los valores éticos de la responsabilidad y la participación.

Todavía hay un tercer momento para reflexionar sobre el valor de la actividad humana en el mundo, las tentaciones a las que se ve sometida por el pecado y su relación al mundo futuro, que nos promete la esperanza cristiana. Finalmente, admitiendo que la Iglesia puede ser ayudada por la cultura y por las ciencias, así como por la actividad de la persona y de la sociedad, el Concilio señala la ayuda que la Iglesia quiere y puede ofrecer a los individuos y a la sociedad humana.

 

PROBLEMAS URGENTES

En la segunda parte de la Constitución, el Concilio examina algunos problemas más urgentes. El primero de ellos es el de la dignidad del matrimonio y de la familia, en el que se aborda, aunque de forma muy resumida, la discutida cuestión de la paternidad responsable y la regulación de nacimientos.  Se estudia además, el valor de la cultura y de las diferentes culturas, así como  el sano fomento del progreso cultural. El estudio de la vida económica y social concede una especial referencia al tema del trabajo y los problemas que comporta en la sociedad moderna. Como se sabe, el trabajo afecta al mundo de los mercados y a los problemas relativos al acceso y al disfrute de la propiedad.

Al capítulo dedicado al estudio de la vida en la comunidad política y a la responsabilidad de los cristianos a la hora de participar activamente en ella sigue un interesante estudio en el que de alguna forma se revisa la ética tradicional de la guerra y su vigencia en un mundo marcado por la carrera de armamentos y la trágica potencia de los mismos. De todas formas, esta doctrina queda completada por una novedosa reflexión sobre la promoción de la paz, que debe mucho a la encíclica Pacem in terris del papa Juan XXIII.

Se cierra esta parte con una sección dedicada a analizar la necesidad de colaborar en la edificación de la comunidad internacional.

Como puede observarse, la Constitución pastoral Gaudium et Spes constituye una especie de resumen de la Doctrina Social de la Iglesia, aunque estudiada desde la perspectiva de la Teología Moral. La metodología empleada sigue de alguna manera el esquema típico de los movimientos especializados de acción católica, en el que tras ver la realidad, se intenta juzgar su valor a la luz de la fe, para promover la decisión de actuar en ella de forma responsable y creyente.

Pasados los años, aquella reflexión conciliar sobre la Iglesia y la sociedad constituye un precioso vademécum para la reflexión personal y comunitaria sobre la vocación y la presencia de los cristianos en el mundo.

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MEMORIA Y PROGRAMA

El Concilio Vaticano II ha sido evocado en muchas ocasiones por los papas posteriores. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente, con la que convocaba el gran jubileo del año 2000, Juan Pablo II afirmaba que la apertura del Concilio al mundo “ha sido la respuesta evangélica a la reciente evolución del mundo con las desconcertantes experiencias del siglo XX, atormentado por una primera y una segunda guerra mundial, por la experiencia de los campos de concentración y por horrendas matanzas”. (Juan Pablo II, Tertio millennnio adveniente  (10.11.1994) 18.

En el mismo documento Juan Pablo II ha trazado en pocas líneas un resumen de la actividad del Concilio. Según él, “en la Asamblea conciliar la Iglesia, queriendo ser plenamente fiel a su Maestro, se planteó su propia identidad, descubriendo la profundidad de su misterio de Cuerpo y Esposa de Cristo. Poniéndose en dócil escucha de la Palabra de Dios, confirmó la vocación universal a la santidad; dispuso la reforma de la liturgia, «fuente y culmen» de su vida; impulsó la renovación de muchos aspectos de su existencia tanto a nivel universal como al de Iglesias locales; se empeñó en la promoción de las distintas vocaciones cristianas: la de los laicos y la de los religiosos, el ministerio de los diáconos, el de los sacerdotes y el de los Obispos; redescubrió, en particular, la colegialidad episcopal, expresión privilegiada del servicio pastoral desempeñado por los Obispos en comunión con el Sucesor de Pedro. Sobre la base de esta profunda renovación, el Concilio se abrió a los cristianos de otras Confesiones, a los seguidores de otras religiones, a todos los hombres de nuestro tiempo. En ningún otro Concilio se habló con tanta claridad de la unidad de los cristianos, del diálogo con las religiones no cristianas, del significado específico de la Antigua Alianza y de Israel, de la dignidad de la conciencia personal, del principio de libertad religiosa, de las diversas tradiciones culturales dentro de las que la Iglesia lleva a cabo su mandato misionero, de los medios de comunicación social” (Juan Pablo II, Tertio millennnio adveniente  (10.11.1994) 19.

Más adelante, el mismo Papa trazaba las líneas de un examen de conciencia sobre la recepción del Concilio que sigue siendo válido también en este momento:  “¿En qué medida la Palabra de Dios ha llegado a ser plenamente el alma de la teología y la inspiradora de toda la existencia cristiana, como pedía la Dei Verbum? ¿Se vive la liturgia como «fuente y culmen» de la vida eclesial, según las enseñanzas de la Sacrosanctum Concilium? ¿Se consolida, en la Iglesia universal y en las Iglesias particulares, la eclesiología de comunión de la Lumen gentium, dando espacio a los carismas, los ministerios, las varias formas de participación del Pueblo de Dios, aunque sin admitir un democraticismo y un sociologismo que no reflejan la visión católica de la Iglesia y el auténtico espíritu del Vaticano II? Un interrogante fundamental debe también plantearse sobre el estilo de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. Las directrices conciliares —presentes en la Gaudium et spes y en otros documentos— de un diálogo abierto, respetuoso y cordial, acompañado sin embargo por un atento discernimiento y por el valiente testimonio de la verdad, siguen siendo válidas y nos llaman a un compromiso ulterior”. (Juan Pablo II, Tertio millennnio adveniente  (10.11.1994) 36.

Por otra parte, en la carta apostólica Novo millennio ineunte, con la que se cerraba el gran Jubileo del año 2000, el mismo Papa escribía: “¡Cuánta riqueza, queridos hermanos y hermanas, en las orientaciones que nos dio el Concilio Vaticano II! Por eso, en la preparación del Gran Jubileo, he pedido a la Iglesia que se interrogase sobre la acogida del Concilio. ¿Se ha hecho? El Congreso que se ha tenido aquí en el Vaticano ha sido un momento de esta reflexión, y espero que, de diferentes modos, se haya realizado igualmente en todas las Iglesias particulares. A medida que pasan los años, aquellos textos no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Después de concluir el Jubileo siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza. (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte (6.1.2001) 57)

 

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,