Iglesia en España Última hora

Iglesia abierta: 70 veces 10 (parte 5ª)

¿Qué hace la Iglesia durante la pandemia? Esta pregunta se han hecho muchas personas que no la han sentido lo suficientemente presente. Y, sin embargo, la Iglesia nunca vino… porque ya estaba: unas veces visible, otras invisible y otras invisibilizada, bajo el nombre de una institución, congregacion o diócesis, y siempre en rostros con nombres y apellidos.

Sacralizar la muerte

«El recuerdo permanente del impacto de la tragedia que estamos viviendo». Con la vista puesta atrás, es la primera definición que se le ocurre a Vicente Esplugues para recordar sus semanas en la morgue improvisada del Palacio de Hielo. Este sacerdote del Verbum Dei fue uno de los cinco que, por encargo de la archidiócesis de Madrid, elevaron sus responsos en memoria de los fallecidos que se quedaban allí a la espera de ir al cementerio.
El arzobispado les emitió unas acreditaciones con las que los sacerdotes tenían que pasar hasta tres controles: el de la Policía Local, la Policía Nacional y el de la UME. Entonces accedían al interior del Palacio de Hielo. «Era un espacio en el que se percibía mucho respeto. Se vivía el ajetreo normal de cargar y descargar ataúdes, pero allí todos éramos conscientes de estar en un lugar de luto», describe el sacerdote.
En aquellas oraciones, Esplugues no podía saber los nombres de aquellas personas por quienes rezaba. En medio de esa situación, cuenta, la esperanza era «dignificar ese momento» a través de la liturgia, aunque no supieran «ningún nombre». Al final, Esplugues sí ha podido conocer las identidades de muchos por quienes rezó esas cuatro semanas. «Oficialmente no nos lo podían decir, pero luego sí que había familiares que te buscaban: “Mi padre estuvo allí, gracias por rezar por él”. O, por ejemplo: “Allí estaba mi hermano”, o “allí estaba mi tía”. Así he podido conocer a algunas personas, que se ponían en contacto para agradecérnoslo al saber que estábamos ahí», relata.
Al mismo tiempo que atendía el último adiós de quienes llegaban a esa morgue temporal, Esplugues atendía, en su comunidad, la parroquia de Nuestra Señora de las Américas, una de las que, en tiempos normales, congrega a más fieles los domingos.

De la sorpresa a la espiritualidad
Esplugues repasa estos meses y se da cuenta de que todo lo que ha vivido encaja en las fases del duelo que definió Elizabeth Kübler-Ross. «Primero la sorpresa, después el escepticismo. Luego, darme cuenta de que se me caían todas las agendas. Le siguió la indignación, el rebote… y la asimilación. Cuando llegó el Triduo Pascual, tuvimos que adaptarnos: normalemente son unos días de mucha actividad apostólica. En nuestra comunidad misionera hemos vivido este tiempo con mucha espiritualidad, buscando a Dios», cuenta. Ha sido un «proceso de muerte y resurrección».
Con la perspectiva, al pensar sobre qué ha hecho la Iglesia en esta pandemia, a Esplugues se le hacen presentes las palabras del profeta Isaías: «Consolad, consolad a mi pueblo: en los hospitales, en las residencias dando el sacramento de la unción, con los familiares».

Con las empleadas de hogar

Uno de los colectivos que peor lo han pasado durante esta crisis es el de las trabajadoras domésticas. Por eso, desde la diócesis de Málaga, una de las historias destacadas es la de las Religiosas de María Inmaculada, en cuyo carisma se encuentra el trabajo con las jóvenes y las empleadas del hogar.
La hermana Manoly Fernández es la superiora de la comunidad de Málaga. «El coronavirus ha puesto a las trabajadoras del hogar en una situación muy complicada, de inseguridad, de desigualdad de derechos laborales, de invisibilidad», aseguraba. El coronavirus obligó a una distancia física de las mujeres a las que prestan ayuda, pero el acompañamiento siguió. «No hemos dejado de acompañarlas telefónicamente con escucha y asesoramiento», expresaba la hermana Fernández, quien destacaba que «arriesgando sus vidas, las cuidadoras nos están ayudando a vivir el confinamiento».

«Agradecemos desde Burundi a todas las personas que oran por nosotros desde Mallorca»

Jaume Obrador vive en Rabiro (Burundi), donde la epidemia llegó mucho más tarde que España. Es misionero diocesano de Mallorca y, a finales de abril, escribía a su diócesis. «La situación en Mallorca nos hace sufrir. No poder celebrar la Semana Santa ni ir a misa, no poder estar al lado de los enfermos y ni decir adiós a los familiares que se van. Todo eso nos rompe el alma». Durante unas semanas, era el misionero el que se sentía en una situación privilegiada.
Obrador lleva 18 años como misionero en Burundi, en una Iglesia que está experimentando un crecimiento exponencial. Así contaba cómo habían vivido la Semana Santa, todavía sin la presencia del COVID-19. «En la Vigilia Pascual —quizás la celebración más emotiva del año—, ha habido doscientos veintidós tres catecúmenos que han recibido el bautismo. Y el programa de primeras comuniones y confirmaciones sigue. Hace un mes que siguen medidas preventivas: antes de entrar en la iglesia todo el mundo se lava las manos, no se dan la paz y tratan de estar un metro afuera a las confesiones y otros», contaba Obrador.

La escucha para quienes más sufren el confinamiento, una prioridad

Escuchar ha sido, en muchas ocasiones, todo lo que se podía realizar durante el periodo de confinamiento. Por eso, los Franciscanos de la Cruz Blanca, de la diócesis de Huesca, no lo dudaron, y antes del 20 de marzo ya habían puesto en marcha un centro de atención psicosocial para atender a quienes sufrieran trastornos de ansiedad a raíz del confinamiento. Se habilitó un número al que podía llamar cualquier persona, a quien luego le devolvía la llamada un voluntario. Conscientes de que las personas más frágiles son las más afectadas por el coronavirus, la Cruz Blanca contó con un nutrido grupo de voluntarios, en su mayoría con formación psicológica. «Se pretende aliviar la soledad de las personas y las más frágiles son las que menos posibilidades tienen de relacionarse», explicaba durante la puesta en marcha del proyecto Juan Vela, el responsable en Aragón de la Fundación Cruz Blanca.

Más de 12.000€ para más de 50 familias

Los centros «San Aníbal» que dirigen en Burela las Hijas del Divino Celo, acaban de destinar 12.000 euros en ayudas a familias en estado de grave vulnerabilidad en la comarca lucense de A Mariña, en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol.
Más de doscientas personas de la diócesis, repartidas en 51 familias, con más de 129 niños, niñas y adolescentes, han sido ayudadas a través de estos centros. En la actual situación de precariedad, que en muchos casos no ha hecho sino agravar circunstancias económicas ya muy complicadas de por sí, Martina Sendino, directora de los centros y superiora de la comunidad de Burela, destacó que «una vez valorada la grave situación económica que muchas familias estaban viviendo, nos pusimos manos a la obra tratando de actuar lo más rápidamente posible».

El arzobispado de Oviedo se vuelca con los más pequeños durante la pandemia

Tras la interrupción de las catequesis presenciales en las parroquias, el arzobispado de Oviedo decidió a través de la de la delegación episcopal de Catequesis elaborar una serie de materiales para niños y jóvenes para continuar con esta labor de manera online.
A través del perfil de Facebook de la archidiócesis, el delegado diocesano, Manuel Alonso, se dirigió diariamente a los niños y a los padres tratando cada día un tema diferente. «Lo que hemos hecho es preparar unas catequesis para acompañar estos días de aislamiento. La idea es que esté involucrada la familia, aprovechando que estamos todos en casa, así los padres también se implican», explicó el sacerdote.
«El día de san José, por ejemplo, les dimos a los niños los nombres de los seminaristas de la diócesis, para que cada niño rezase por ellos», destacó.
Junto con las catequesis diarias, los domingos se celebró una Eucaristía especial para niños a las 12.00 horas.

Ourense: Primer homenaje mundial permanente

Cada día a las 11.30 horas, en recuerdo del 11 de marzo de 2020, fecha en la que la OMS declaró la pandemia, durante los próximos 365 días, un gaiteiro subirá a la torre de la catedral de San Martiño, situada en el emblemático casco antiguo de la ciudad de Ourense, y tocará una melodía.
La diócesis de Ourense, en colaboración con la diputación, instaurarán de esta forma el primer homenaje mundial permanente a las víctimas del COVID-19.
Esta tradición convertirá a Ourense en un referente mundial de la solidaridad y la cultura a través de la música, que busca convertirse en símbolo permanente de recuerdo a los fallecidos y de confraternidad hacia sus familias.
Según explicó el obispo, Leonardo Lemos, la catedral ourensana está abierta a la participación de agrupaciones folclóricas y gaiteiros de la provincia, del resto de Galicia, de España e internacionales, «con el objetivo de mantener diariamente y en el tiempo este homenaje a la unión, la fortaleza, el sacrificio y el trabajo colaborativo de las personas en favor de la solidaridad, demostrado durante la pandemia».

Mañana más…

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