Revista Ecclesia » Ideas para la homilía en el Domingo de la Ascención (8-5-2016)
Rincón Litúrgico

Ideas para la homilía en el Domingo de la Ascención (8-5-2016)

Ideas para la homilía en el Domingo de la Ascención (8-5-2016)

50ª JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES 

Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo

IDEAS PARA LA HOMILÍA DEL DOMINGO DE LA ASCENSIÓN

50 Jornada Mundial De Las Comunicaciones Sociales (8 De Mayo 2016)

La fiesta de la Ascensión, con la que se concluyen los 40 días de la aparición del Resucitado, nos ayuda a comprender que la Pascua de Cristo tiene una dirección, ya que forma parte del retorno del Hijo al Padre. Hoy también se celebra la 50ª jornada mundial de las comunicaciones sociales, dedicada al encuentro fecundo entre la comunicación y la misericordia. El mensaje del Santo Padre Francisco para esta jornada nos invita a comunicar con todos, como hijos de Dios, sin exclusión. De hecho, podemos comunicar como hijos de Dios precisamente porque el Espíritu ha derramado en nuestros corazones el amor del Padre (cf. Rm 5,5). Y “el amor es, por naturaleza, comunicación“.

La Ascensión no sólo es un “viaje cósmico” de la Tierra al Cielo sobre una nube. Lo esencial del misterio de la Ascensión está en su punto de llegada, es decir, en el encuentro definitivo de Cristo, Hombre verdadero, con la plenitud de su Padre. Así, con la Ascensión se concluye el viaje misionero del Hijo de Dios, que ha descendido del Padre, se ha rebajado hasta la muerte, y ahora retorna al Padre. En realidad, no había dejado nunca al Padre: existe una unión ininterrumpida de Cristo con el Padre y con la humanidad: Cristo, “si bien descendió del Padre, no lo dejó nunca e, incluso volviendo a subir hacia el Padre, no se aleja de sus discípulos”, dice León Magno[1]. Por eso, el momento de la Ascensión representa un momento crucial de nuestra fe. Si leyéramos los textos de la ascensión de Jesús sin el Espíritu Santo, tendríamos la impresión de un viaje, y comenzaríamos a pensar en Cristo en pasado, a lo que dijo e hizo… y de esta manera volveríamos a situar entre los muertos a Aquél que está vivo; incluso nosotros mismos nos encerraríamos en nuestra pequeña existencia.[2] Sin embargo, el Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones, nos dona ojos y oídos nuevos para reconocer la presencia del Señor después de su Ascensión. La fe nos habilita a usar los sentidos espirituales, que son como “gemelos” de nuestros sentidos: la oreja exterior oye un sonido, pero la oreja interior reconoce el mensaje espiritual que se comunica en aquel sonido. “Escuchar es mucho más que oír“, nos recuerda el Papa en su mensaje. “Saber escuchar es una gracia inmensa, es un don que se ha de pedir para poder después ejercitarse practicándolo“.

Lo mismo sucede con los ojos. Los ojos exteriores ven la partida del Señor, pero los ojos interiores, los ojos de la fe, son capaces de reconocer la realidad más profunda de este evento. Con los ojos espirituales vemos que ya existe un pasaje abierto entre Dios y los hombres. Cristo asciende dejándonos la “puerta abierta”, de modo que “tengamos plena libertad de entrar en el santuario por medio de la sangre de Jesús, camino nuevo y vivo” (Heb 10,19-20). Y a través de esta puerta abierta de la Ascensión, el Espíritu nos hace contemplar aquello que está en los Cielos.  ¿Pero qué vemos? Vemos en Dios algo que antes no había, es decir, la nueva humanidad redimida. El misterio de la Ascensión nos invita a mirar hacia lo alto para recordar que ya hemos sido unidos indisolublemente a la humanidad que Cristo ha llevado en sí a los Cielos.

Hemos dicho que con la Ascensión se concluye la misión de Cristo en su Cuerpo histórico, pero se abre aquella de su Cuerpo-Iglesia. Y esta misión de la Iglesia tiene una dirección precisa: seguir a Cristo a los Cielos. La palabra y la imagen claves de las lecturas de este domingo son justamente “cielo”: “Mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado arriba a los cielos” (Lc 24,51). “Cristo no ha entrado en un santuario hecho por manos humanas, a imagen del verdadero, sino en el mismo Cielo” (Heb 9, 24). Donde ha ido la Cabeza, le seguirá también el cuerpo, porque Cristo y su Iglesia constituyen una sola cosa. Como dice Agustín: “Cristo volviendo a subir al Cielo no nos ha dejado. Nosotros ya estamos con Él allá en lo alto, (…) porque la unidad del cuerpo no es separable de la cabeza. De esta manera, nos ha unido a sí, tan íntimamente, que sin nosotros ya no es Él mismo…”[3]

Por lo tanto, la misión de la Iglesia será seguir a Cristo a los Cielos, es decir: revelar la humanidad unida a Dios. El misterio de la Ascensión nos invita a cada uno a contemplar la propia humanidad ya redimida y glorificada… La misión que persigue la Ascensión es la de “anunciar la conversión”, que es una conversión de la mirada.

¿Pero cómo y dónde podemos conseguir esta mirada espiritual? En la liturgia y en los sacramentos que representan la visibilidad del Redentor después de su Ascensión.[4] En cada Misa tenemos la experiencia de esta “puerta abierta”. Cuando el pueblo de Dios se reúne para celebrar la Eucaristía, Cristo – la Cabeza – atrae su cuerpo hacia el Cielo. En la liturgia, el celebrante dice: “Levantemos el corazón”; y todos respondemos: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. “Cuando nuestro Señor Jesucristo asciende al Cielo, nuestro corazón asciende con Él”[5] dice León Magno.

La imagen del corazón también está en el centro del Mensaje del Santo Padre para esta jornada. De la orientación de nuestro corazón depende qué decimos y cómo comunicamos. Ya lo dice el Evangelio: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12, 34). “…Y si nuestro corazón y nuestros gestos están animados por la caridad, por el amor divino, nuestra comunicación será portadora de la fuerza de Dios.” “Sólo palabras pronunciadas con amor y acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores.” “No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre… El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir…”

Concluyamos con la invitación de este mensaje de “acoger y difundir en nosotros el calor de la Iglesia Madre”, para “crear puentes“, para “favorecer el encuentro“, para generar “una proximidad que se hace cargo y consuela“, para mirar la sociedad humana como una casa con las puertas abiertas donde se busca acogerse mutuamente.

[1] León Magno, Discurso 2 sobre la Ascención 1,4.

[2] cf. Jean Cordon, Liturgia alla sorgente.

[3] Agustín, Sermón sobre la Ascensión, PLS 2,494.

[4] León Magno, Discurso 2 sobre la Ascensión 1,4: Creer sin dudar a aquello que escapa a la vista material y fijar el deseo allí donde no se puede llegar con la mirada, es fuerza del corazón verdaderamente grande y luz de almas convencidas (…) Por esto aquello que era visible en Nuestro Redentor ha pasado a los ritos sacramentales.

[5] Agustín, Sermón sobre la Ascensión, PLS 2,494.



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Cada mes, en tu casa

Últimas entradas