Opinión

Hoy conocemos un poco más de la vida del Venerable Padre Francisco Méndez Casariego

Hoy conocemos un poco más de la vida del Venerable Padre Francisco Méndez Casariego:
“Órdenes Sagradas, Primera Misa y Primeros Trabajos Apóstolicos”.

EL día 9-12-1873, se dirigía Francisco a la Ciudad Imperial, para hacer los ejercicios espirituales que, conforme a los cánones eclesiásticos, habían de practicarlo los aspirantes a las órdenes sagradas, y nueve días después, con dimisorias del Gobernador eclesiástico, por hallarse entonces vacante la mitra toledana, recibía la primera clerical tonsura y las cuatro órdenes menores, de manos del Iltmo. Señor Don Francisco de Salas Crespo y Bautista, Obispo Titular de Arce, en la Iglesia madrileña de las Religiosas Bernardas del Santísimo Sacramento.

Inscrito en la milicia eclesiástica, sólo pensó en prepararse, cada día con más fervor, para las Órdenes mayores, recibiendo el Subdiaconado, previa declaración y consignación de patrimonio, el día veintiuno de marzo, el Diaconado el día treinta de mayo y finalmente el Presbiterado el día 19-9-1874.

Así consta por los respectivos títulos, que tenemos a la vista, firmados por el susodicho Iltmo. Sr. Obispo de Arce.

Pasó el tiempo de una ordenación a otra en la casa de sus padres, por estar cerrado entonces el Seminario de Toledo y ejerció en su Parroquia con la mayor compostura, alegría y devoción las Órdenes recibidas.

El domingo, 4-10-1874 en la Iglesia Parroquial de los Santos Justo y Pastor, en la misma en que había sido bautizado, celebró su primera Misa, apadrinado por su antiguo preceptor y por el conde de Adanero en representación del Rey Don Francisco, ya por entonces desterrado, pero que se brindó gustosamente a apadrinar en el Altar al mismo a quien había apadrinado en la pila del bautismo, enviándole además el montante del patrimonio eclesiástico.

A la vista tenemos un curioso ejemplar litografiado de la invitación a la primera Misa, pulcramente dibujado, tal vez por el mismo padre y al parecer directamente sobre la piedra. Dice así, en seis clases diferentes de letras:

“EL PRESBÍTERO-DON FRANCISCO DE ASIS MÉNDEZ CASARIEGO-LICENCIADO EN DERECHO CIVIL Y CANÓNICO-CELEBRARÁ POR PRIMERA VEZ EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA-EL DOMINGO 4 DE OCTUBRE, A LAS DIEZ DE LA MAÑANA, EN LA IGLESIA PARROQUIAL DE SAN JUSTO Y PÁSTOR DE ESTA CORTE-LOS PADRINOS DR. D. JOSÉ VIGIER Y DIAZ ALVARO, PRESBÍTERO Y EL EXCMO. SR. CONDE DE ADANERO Y LOS PADRES DEL NUEVO SACERDOTE, TIENEN EL HONOR DE INVITAR A V. EN NOMBRE DE ÉSTE A TAN SOLEMNE ACTO EN EL QUE SERÁ ORADOR EL SR. D. EMILIO SANTAMARÍA.”

A nadie quiso revelar Francisco el estado de su alma, y los suavísimos sentimientos, que inundaron su corazón al consagrar por vez primera el cuerpo y sangre de Cristo, ni en los papeles y notas, que conservamos, hace apenas alusión a esa fecha culminante de su vida, pero fueron sin duda favores especialísimos los que dispensó el Señor a quien iba preparando con tanta predilección y amorosa providencia para elevarle a las cumbres de las virtudes heroicas y para hacerle fundador de un Instituto religioso que había de ganar tantas almas para el cielo.

Por el testimonio de su hermana Soledad sabemos únicamente que pasó aquellos días felices, que precedieron a la celebración de su primera Misa, como envuelto en fervores extraordinarios y que no se cansaba de ensayar y repetir las ceremonias sagradas, reflejando en su rostro, en sus ademanes y compostura la plenitud de la fe, la exuberancia de amor y la altísima veneración al Augusto Sacramento y Sacrificio.

El cura ecónomo de la parroquia de San Luis, Don Carlos Díaz Guijarro, que conocía perfectamente la virtud y las prendas singulares, que adornaban al nuevo sacerdote, logró llevarle consigo a su Iglesia, en calidad de Capellán numerario, que durole harto poco la satisfacción y alegría, porque ya a primeros de febrero de mil ochocientos setenta y cinco, a insinuación acaso de su real padrino, fue nombrado teniente segundo de la parroquia ministerial del Real Palacio, que radicaba entonces en el Convento de la Encarnación y plaza del mismo nombre.

Bien pronto se puso de relieve con indecible satisfacción del anciano y achacoso párroco, la extremada bondad y ardiente celo de aquel joven coadjutor y a manifestarse en él aquel admirable conjunto de virtudes, que fueron inseparables compañeras de su vida.

Echó inmediatamente sobre sí lo más penoso del ministerio parroquial, las visitas amorosas a los pobres y a los enfermos, que le tenían a su lado a cualquier hora del día y de la noche, la catequesis a los niños, en que tenía siempre una especial complacencia, las tareas del confesonario, al que acudieron bien pronto, atraídas por la fama de su piedad y discreción, gran número de personas de todas las clases sociales, ganosas de recibir sus luces y espirituales consejos.

Para atender con la mayor prontitud a las llamadas repentinas de los enfermos le brindaron algunas habitaciones anejas al vetusto monasterio y, aunque bien pudo excusarse, por vivir tan cerca de la parroquia, y sobre todo, por no ser de su incumbencia aquella carga especial, allá se fue satisfecho Don Francisco, dejando el dulce hogar de sus padres, acompañado solamente de un criado, que atendiese a la portería y a la limpieza de la casa.

Todos los días, sin embargo, al toque de la primera Misa, acudía solícita su buena madre, para prepararle y obligarle a tomar el desayuno, porque se daba cuenta y lo confirmó el criado, de que Francisco, tan mortificado siempre, y entregado ahora en cuerpo y alma al ministerio sacerdotal, descuidaba su propia alimentación. Tuvo que vigilarle no poco, procurando cercenar por todos los medios los excesos de mortificación y penitencia, pero en aquella lucha amorosa entre la madre y el hijo vencía por lo común el ingenio de Francisco, haciendo ver a su madre que se hallaba muy distante de aquellos excesos de mortificación que suponía.

Le había recetado el médico en cierta ocasión y amargo preparado a base de brea, para tomar en ayunas. Indudablemente, dice su hermana, aquel brebaje había de saber muy mal, pero mucho peor si se mezclaba con la leche del desayuno. Francisco les hizo creer, sin embargo, que de esta manera resultaba mucho más agradable y así lo tomaba siempre, sin cuidarse de azucararlo y mojando con fruición los bizcochos en la brea.

(Fragmentos del Capítulo VII del “El Buscador de Perlas”)
Es uno de los libros más antiguos que se conservan sobre la vida, hechos y palabras de nuestro Padre Francisco Méndez. Una joya de libro.

Fray José Borja.

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