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Homilías y encíclicas para el 4º domingo Cuaresma, C, Domingo de Laetare

Enlaces a varios idiomas de las homilías y encíclicas para el 4º domingo Cuaresma, C, Domingo de Laetare.  Recopilado por Fray Gregorio Cortázar Vinuesa

Actualidad de las Congregaciones Cardenalicias it en sp

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/4) Benedicto XVI, Homilía en el centro penitenciario de menores de Casal de Marmo 18-3-2007: muy sugerente (ge sp fr en it po)

(2/4) Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia Deus 30-11-1980 IV (ge sk sp fr en it lt pl po): La parábola del hijo pródigo.

(3/4) Benedicto XVI, Jesús de Nazaret-1, VII, 2: La parábola de los dos hermanos y del padre bueno.

 

(4/4) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Ireneo en el barrio de Centocelle 9-3-1986 (it):

«1. La Iglesia, en el IV domingo de Cuaresma, propone a nuestra meditación las siguientes palabras: «El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar» (2Co 5, 17-18).

Es preciso que, a la luz de estas palabras del Apóstol, consideremos el mensaje del Evangelio de hoy según san Lucas, el mensaje contenido en la parábola del hijo pródigo. Dios, que «por medio de Cristo nos reconcilió consigo», habla en esta parábola a través de la figura del Padre que acoge a su hijo cuando este retorna a la casa paterna exclamando: «He pecado… y no merezco llamarme hijo tuyo» (Lc 15, 21).

2. Cada uno de nosotros conoce bien esta parábola. Está llena de verdad acerca de Dios y acerca del hombre, y se graba con una fuerza insólita en nuestra memoria y también en nuestro corazón.

En la encíclica Dives in misericordia, y también en la exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, precisamente esta parábola constituye un punto central de referencia para las enseñanzas destinadas a la Iglesia de nuestro tiempo. Estas enseñanzas tocan un problema que es siempre importantísimo en todo el mensaje evangélico: el problema de la conversión del hombre a Dios.

Convertirse, como enseña san Pablo, quiere decir ser hechos en Cristo una criatura nueva. Dios, como el padre de la parábola, acoge a cada uno de sus hijos pródigos. Cuando renacen en Cristo se convierten en un hombre nuevo. Más todavía, el Padre nos dio en Cristo a su Hijo unigénito, a fin de que cada uno de nosotros –incluso cuando fuese un hijo pródigo– pudiera llegar a ser en él, en Cristo, un hombre nuevo; y que, renovado interiormente, volviese a encontrar el camino de la casa del Padre.

3. En la Encíclica Dives in misericordia leemos:

«La parábola del hijo pródigo expresa de manera sencilla, pero profunda, la realidad de la conversión. Esta es la expresión más concreta de la obra del amor y de la presencia de la misericordia en el mundo humano…, misericordia que se manifiesta en su aspecto verdadero y propio cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre.

Así entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión. Así entendían también y practicaban la misericordia sus discípulos y seguidores. Ella no cesó nunca de revelarse en sus corazones y en sus actos como una prueba singularmente creadora del amor que no se deja vencer por el mal, sino que vence al mal con el bien (cf Rm 12, 21)» (IV, 6).

4. Así pues, la parábola del hijo pródigo nos muestra cómo se realiza la transformación interior del hombre del pecado: cómo «lo antiguo ha pasado», lo cual está en él –quizás hasta fuertemente arraigado– y, a la vez, por obra de la gracia de la conversión, cómo nace «lo nuevo». Cristo consiguió para el hombre la gracia de la conversión «por la sangre de su cruz» (cf Col 1, 20). Así pues, en Cristo el pecador se hace una criatura nueva y obtiene la reconciliación con Dios.

El Apóstol dice: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados» (2Co 5, 19). Todo lo que sucedió entre el Padre y el hijo pródigo, se ha cumplido por obra de Cristo. Y continúa cumpliéndose siempre por su obra. El Dios de la eterna Alianza con la humanidad se revela en Cristo como Dios de la Reconciliación. Esta verdad forma como el tejido esencial y vital del cristianismo y, en sentido más amplio, de la vocación del hombre en Cristo.

5. San Pablo escribe que Dios, «por medio de Cristo, nos reconcilió consigo», y no solo eso, ya que añade también: «Nos encargó el servicio de reconciliar» (2Co 5, 18). Y continúa: «Por eso nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro… En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Co 5, 20).

El ministerio de la reconciliación del hombre con Dios, como fruto de la reconciliación de Dios con el hombre en Cristo, es en la Iglesia un elemento fundamental de la herencia salvífica, es decir, de la herencia de la cruz y de la redención. En esta herencia está contenida la fuerza de la reconciliación de los hombres con Dios por medio de la remisión de los pecados.

«Pero –como dice la exhortación Reconciliatio et paenitentia– san Pablo nos permite ampliar aún más nuestra visión de la obra de Cristo a dimensiones cósmicas, cuando escribe que en él el Padre ha reconciliado consigo todas las criaturas, las del cielo y las de la tierra (cf Col 1, 20). Con razón se puede decir de Cristo redentor que en el tiempo de la ira ha sido hecho reconciliación (cf Si 44, 17) y que, si él es nuestra paz (cf Ef 2, 14), es también nuestra reconciliación. Con toda razón, por tanto, su pasión y muerte, renovadas sacramentalmente en la Eucaristía, son llamadas por la liturgia «sacrificio de reconciliación» (Plegaria eucarística III): reconciliación con Dios, y también con los hermanos, puesto que Jesús mismo nos enseña que la reconciliación fraterna ha de hacerse antes del sacrificio (cf Mt 5, 25 s.)» (II, 7) (…).

8. Escribe san Pablo: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Co 5, 20). Hoy la Iglesia en todo el mundo repite con gran fervor espiritual esta exhortación del Apóstol. Y aún más, ya que repite también las siguientes palabras de la segunda Carta a los Corintios, palabras realmente desconcertantes: «Al que no había pecado, Dios le hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios» (2Co 5, 21).

La vocación del hombre a la reconciliación con Dios no es solo una palabra, no es un grito, aunque fuese tan poderoso como el de Juan a las orillas del río Jordán, o como el que proviene de los profetas de la Antigua Alianza. ¡Esta llamada es una obra! La obra inconcebible nacida en la profundidad del Amor del Padre y del Hijo. ¡Es un sacrificio! ¡Es un precio! Efectivamente, hemos sido comprados a gran precio. Glorifiquemos, pues, a Dios en nosotros mismos y démosle gracias por su misericordia (cf 1Co 6, 20; 7, 23)».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones «ex cáthedra», existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la «piedra» en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).

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