Rincón Litúrgico

Homilías y ángelus para VI Domingo de Pascua, A (25-5-2014)

Juan Pablo II Benedicto XVI

Homilías y ángelus para VI Domingo de Pascua, A (25-5-2014)

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/3) Benedicto XVI, Regina caeli 29-5-2011 (de hr es fr en it pt)

(2/3) San Juan Pablo II, Homilía en Viterbo 27-5-1984 (it):

«”Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres” (Sal 66, 4-5).

Queridos hermanos y hermanas: La Iglesia adora hoy a Dios con el Salmo responsorial de su liturgia, y en este Salmo se refleja la profunda alegría del tiempo pascual.

La obra de Dios, la obra admirable que ha realizado en medio de los hombres, la ha realizado en Jesucristo crucificado y resucitado. Dios la ha realizado por medio de él, que se hizo obediente hasta la muerte de cruz (cf Flp 2, 8), y con esta obediencia, nacida del amor hacia el Padre y hacia los hombres, venció la muerte y reveló la vida en toda su definitiva verdad y realidad.

Esta obra fue realizada por Dios y por Cristo Señor ante los ojos de los testigos. Y es precisamente su voz, juntamente con el grito del Salmo, la que nos invita a todos a venir y ver la obra de la resurrección y de la redención (…).

La Iglesia es portavoz y servidora de esta gloria. Es “salmista” de las cosas admirables que Dios ha hecho entre los hombres. Y simultáneamente la Iglesia, en este domingo pascual, lee con atención los Hechos de los Apóstoles para recordar, una vez más, cómo la resurrección de Cristo produjo sus primeros efectos en medio de los hombres.

Mirad, leemos que el diácono Felipe predicó a Cristo en Samaría, confirmando con signos la verdad de la enseñanza anunciada. Y de este modo Samaría recibió la Palabra de Dios. Siguiendo a Felipe se encaminaron a esa ciudad los apóstoles Pedro y Juan, para imponer las manos en nombre del Señor Jesús sobre los bautizados, y recibían el Espíritu Santo (cf Hc 8, 5-8. 14-17) (…).

“Aclama al Señor, tierra entera” (Sal 66, 1) (…).

Este domingo, la Iglesia, llena de alegría pascual, preparándose a la Ascensión del Señor, vive al mismo tiempo la promesa de “otro Defensor”: el “Espíritu de la verdad” (Jn 14, 16-17). Cristo Señor, al prometer la víspera de la pasión el Espíritu Santo, que sería enviado, dice a los Apóstoles: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14, 18).

Nos preparamos igual que cada año para Pentecostés. En esta preparación se encierra la alegría de una nueva venida de Cristo mismo. Él, resucitado y glorificado, permaneciendo en el Padre, viene, al mismo tiempo, a nosotros en el Espíritu Santo, en el Consolador, en el Espíritu de la verdad. Y en esta nueva venida suya se revela nuestra unión con el Padre: “Sabréis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14, 20).

La Iglesia hoy se ve a sí misma como el Pueblo de Dios unido al Padre en Jesús mediante la fuerza del Espíritu Santo. Y la Iglesia se alegra con esta verdad, con esta realidad. La Iglesia encuentra en ella, siempre de nuevo, la fuente inagotable de su misión y de su aspiración a la santidad.

La misión de la Iglesia, su aspiración a la santidad, se realiza mediante el amor. Cristo dice en el Evangelio de hoy: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama, y al que me ama, lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a él” (Jn 14, 21).

Así pues, el amor nos introduce en el más profundo conocimiento de Jesucristo. El amor abre ante el corazón humano el misterio de esta unión con el Padre en Cristo mediante la fuerza del Espíritu Santo que actúa en nosotros. Y por eso, el amor es el mandamiento mayor del Evangelio. En él se cumplen todos los mandamientos y consejos. Es “el vínculo de la perfección” (Col 3, 14) (…).

Mirad lo que dice san Pedro apóstol en su primera Carta (…): “Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1P 3, 15).

Hay una primera invitación a una fe lúcida, consciente, valiente. Esta fe nos pide Cristo crucificado y resucitado (…). De ella toma origen asimismo toda la esperanza cristiana. Y ved luego las siguientes palabras del Apóstol: “Pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia… Que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal” (1P 3, 15-17).

La segunda invitación: Que de la fe broten las obras. Que la fe forme las conciencias. Cristo crucificado y resucitado es la “medida” más perfecta de nuestra conducta (…).

Queridos hermanos y hermanas, acoged estas invitaciones de san Pedro apóstol. Meditadlas. Adaptadlas a las necesidades y exigencias de vuestra vida cotidiana».

(3/3) San Juan Pablo II, Homilía en Ischia 5-5-2002 (de es fr en it pt):

«”Queridos hermanos, glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1P 3, 15) (…).

Amadísimos hermanos y hermanas, permitidme que, en el marco de esta solemne y festiva celebración eucarística, dirija a vuestra amada comunidad tres palabras importantes, tomándolas de las lecturas bíblicas recién proclamadas.

La primera es: “¡Escucha!”. La encontramos en el vivo relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra que “el gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo” (Hc 8, 6). La escucha del testigo de Jesús, que habla de él con amor y entusiasmo, produce como fruto inmediato la alegría. San Lucas observa: “La ciudad se llenó de alegría” (Hc 8, 8).

Comunidad cristiana (…), si quieres experimentar también tú esta alegría, permanece a la escucha de la palabra de Dios. Así cumplirás tu misión, caminando bajo la acción del Espíritu Santo. Difundirás el evangelio de la alegría y de la paz (…).

Como sucedió con la comunidad de Samaría, de la que habla la primera lectura, también descenderá sobre ti la efusión abundante del Consolador, el cual, como recuerda el concilio Vaticano II, “mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (Dei Verbum, 5).

Amadísimos hermanos y hermanas, hay una segunda palabra que quisiera dirigiros, y es: “¡Acoge!” (…). Solo quien ha abierto su corazón a Cristo es capaz de ofrecer una acogida nunca formal y superficial, sino caracterizada por la “mansedumbre” y el “respeto” (cf 1P 3, 15).

La fe acompañada por obras buenas es contagiosa y se irradia, porque hace visible y comunica el amor de Dios. Tended a vivir este estilo de vida (…). El apóstol san Pedro (…) exhorta a los creyentes a estar siempre prontos “para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1P 3, 15). Y añade: “Mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal” (1P 3, 17) (…).

Estos consejos nos llevan a la tercera palabra que quisiera dirigiros: “¡Ama!”. La escucha y la acogida abren el corazón al amor. El pasaje del evangelio de san Juan (…) nos muestra que el amor es la plena realización de la vocación de la persona según el designio de Dios. Este amor es el gran don de Jesús, que nos hace verdadera y plenamente hombres. “El que acepta mis mandamientos y los guarda –dice el Señor–, ese me ama. Y al que me ama, lo amará mi Padre, y lo amaré yo, y me mostraré a él” (Jn 14, 21)».

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Fray Gregorio OCD

Nací en El Arenal (Ávila) en 1954, cuando en toda la Iglesia se celebraba
con gozo el «Año Mariano» decretado por Pío XII. Profesé en el Carmelo
Descalzo en 1975, y estudié filosofía y teología en Salamanca. Gracias a
Dios, me fiaba totalmente del Papa, y me confirmaban en ello las
afirmaciones que leía de los Papas sobre su insustituible misión. Y en 2007
comencé a enviar por correo electrónico la homilía del Papa correspondiente
a cada domingo y fiesta.

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