Revista Ecclesia » Homilias y ángelus para el V Domingo de Cuaresma (6-4-2014)
Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Homilias y ángelus para el V Domingo de Cuaresma (6-4-2014)

Homilias y ángelus para el V Domingo de Cuaresma (6-4-2014)

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

Textos recopilados por Fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

(1/5) Benedicto XVI, Ángelus 9-3-2008 (ge hr sp fr en it po)

(2/5) Benedicto XVI, Homilía en la iglesia de San Lorenzo 9-3-2008 (ge sp fr en it po):

(3/5) Benedicto XVI, Ángelus 10-4-2011 (ge hr sp fr en it po)

(4/5) Juan Pablo II, Homilía en Concepción, Chile, 5-4-1987 (sp it):

«”Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25).

Queridos hermanos y hermanas (…): Celebramos hoy el quinto domingo de Cuaresma (…). Las palabras de Cristo: “Yo soy la resurrección y la vida” resuenan como preanuncio definitivo de este misterio. Hoy deseo meditarlas junto a vosotros.

A todos ha querido el Señor decir que él es el principio de una nueva vida. “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25). Jesús pronunció estas palabras en Betania, adonde acudió inmediatamente después de revelar a sus discípulos la noticia de la muerte de Lázaro. Marta, hermana del amigo difunto, salió al encuentro de Jesús y le dijo con dolor: “¡Si tú hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto! Pero sé que cualquier cosa que pidas a Dios, él te la concederá” (Jn 11, 21-22).

Marta pide, de esta manera confiada, un milagro; pide a Jesús que resucite a su hermano Lázaro, que lo devuelva a la vida entre sus seres más queridos aquí en esta tierra. Jesús responde con palabras que se refieren a la vida eterna: “El que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú esto?” (Jn 11, 26).

No se trata solo de restituir un muerto a la vida sobre la tierra. Se trata de la vida “eterna”, de la vida en Dios. La fe en Jesús es el inicio de esta vida sobrenatural, que es participación en la vida de Dios; y Dios es Eternidad. Vivir en Dios equivale a decir vivir eternamente.

Podría decirse que cuando Jesús de Nazaret, algunos días antes de morir en la Cruz, acude ante el sepulcro de su amigo y lo resucita, está pensando en cada hombre, en nosotros mismos. Tiene ante sí ese gran enigma de la existencia humana sobre la tierra, que es la muerte. Jesús ante el misterio de la muerte, nos recuerda que él es un amigo (cf Jn 10, 7), y se nos muestra a sí mismo como puerta que da acceso a la vida.

Antes de responder a este problema crucial de la vida del hombre sobre la tierra con su propia muerte y resurrección, Jesús realiza un signo. Resucita a Lázaro. Le ordena salir fuera del sepulcro, mostrando a los circunstantes el poder de Dios sobre la muerte: la resurrección de Betania es un definitivo preanuncio del misterio pascual, de la resurrección de Jesús, del paso a través de la muerte hacia la vida que ya no se acaba: “Quien cree en mí, aunque muera, vivirá”. Ante el sepulcro del amigo Lázaro, Cristo está casi como tocando la raíz misma de la muerte del hombre, al ser esta, desde el principio, una realidad anudada con el pecado.

La liturgia de este domingo, calando de lleno en esta condición de la humana existencia, nos invita a clamar, “desde lo profundo del corazón”, con las palabras del Salmo: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, / ¿quién podrá subsistir?”. La respuesta a esta pregunta nos la da también el Salmista: “En el Señor está la misericordia / y en él es grande la redención. / Él redimirá a Israel / de todas sus culpas” (Sal 130, 7-8).

Cristo, que se presenta en Betania ante el sepulcro de Lázaro, sabe que su “hora” está cerca. Precisamente esta es “la hora”, la hora de la Pascua que se aproxima, cuando a solas y sin más apoyo que la confianza en la potencia del mismo Dios, se verá obligado a dar respuesta personal a la pregunta del Salmista. Pero no ya con las palabras, sino con el sacrificio redentor de la propia muerte en la cruz: la muerte que da la vida.

Él es ciertamente aquel de quien habla el Salmista. “Él redimirá a Israel”. Él demostrará, en efecto, que en Dios “es grande la redención”. Él hará que el peso de los pecados del hombre sea superado mediante la potencia salvífica de la gracia. La muerte, con la potencia de la vida.

“¿Crees tú esto?”, pregunta Jesús a Marta. Y con esta pregunta está interrogando a los discípulos de todos los tiempos; lo pregunta a cada uno de nosotros en este domingo de Cuaresma, cuando ya estamos tan cercanos al día de la Pascua.

La fe en la victoria de la gracia sobre el pecado, en la victoria de la vida sobre la muerte del cuerpo y del alma, es explicada por san Pablo en su carta a los Romanos que hemos escuchado en esta liturgia. Jesús, en efecto, dijo en Betania: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí no morirá eternamente”. Y el Apóstol lo explica así: “Si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el espíritu es vida a causa de la justificación” (Rm 8, 10).

Cristo habita en nosotros mediante la fe y la gracia. ¡Habita! Entonces está también presente en nosotros su Espíritu, el Espíritu Santo. Por eso añade el Apóstol: “Y si el Espíritu de Aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que ha resucitado a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por medio del Espíritu, que habita en vosotros” (Rm 8, 11).

No se trata aquí solo de resucitar, de dar la vida en esta tierra. Se trata, por encima de todo, de la resurrección a la vida eterna en Dios. Se trata de la participación real en la resurrección de Cristo, mediante el don del Espíritu Santo. Cuando Cristo pregunta: “¿Crees tú esto?”, la Iglesia, su esposa, su cuerpo místico, responde de generación en generación con las palabras del Símbolo Apostólico: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.

Creemos, por tanto, que esa vida eterna, esa vida divina –de la que es signo la resurrección de Lázaro– está ya operante en nosotros gracias a la resurrección de Cristo. Esa perspectiva, soteriológica y escatológica, difícil de aceptar por los “sabios” de este mundo, pero que es acogida con alegría por los “pobres y sencillos” (cf Mt 11, 25), es la que hace posible descubrir el valor sobrenatural que se puede encerrar en toda situación humana (…).

El Señor quiso asumir todo lo humano, y lo santificó, para que nosotros pudiéramos recorrer de un modo nuevo, divino, todos los caminos de este mundo; para que pudiéramos santificar todas las ocupaciones honestas de los hombres. He ahí una realidad cargada de consecuencias, también para la vida de la entera familia humana».

(5/5) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de san Crispín de Viterbo 28-3-1993 (it):

«”Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn 11, 25-26).

Amadísimos hermanos y hermanas, la liturgia de este V domingo de Cuaresma no podía dirigirnos palabras más consoladoras, pues el miedo ante la muerte constituye a diario una amenaza contra nuestro deseo insuprimible de vida. A menudo, intimidado por esa perspectiva ineludible, el hombre intenta por todos los medios apartarla de sus pensamientos. Pero, ¿de qué le sirve? La muerte está siempre al acecho. Solo Jesús puede librar al ser humano de esa pesadilla: al llorar la muerte de su amigo Lázaro, y llamarlo a la vida, para devolverlo al afecto de sus seres queridos, se manifiesta como el Señor de la vida y el verdadero amigo del hombre.

Cristo, en el misterio de su muerte y resurrección, aniquiló “al señor de la muerte, es decir, al diablo”, y libertó así “a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2, 14-15).

“Yo soy la resurrección y la vida: ¿Crees tú esto”. Esta pregunta nos la dirige hoy el Señor a cada uno de nosotros. En la profesión de fe, la Iglesia nos invita a repetir: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Se trata de una verdad fundamental que, a veces, parece extraña e incomprensible a la cultura de nuestro tiempo, una cultura con frecuencia cerrada al sentido de la trascendencia, casi totalmente centrada en la existencia mundana. Pero ¿qué sería el hombre, si todo acabase en el breve ciclo de su vida biológica?

El reciente Catecismo de la Iglesia católica, fruto maduro del concilio Vaticano II, afirma: “Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que él los resucitará en el último día (cf Jn 6, 39-40).

Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11)” (n. 989).

¡Qué esperanza tan consoladora, amadísimos hermanos y hermanas, irrumpe entonces en nuestra vida! Esta luminosa verdad de fe abre de par en par ante nosotros un horizonte maravilloso: la vida después de la muerte. Y a la luz de esta verdad adquiere sentido y pleno valor nuestro compromiso diario de hombres y creyentes.

“Jesús rompió a llorar” (Jn 11, 35). Las lágrimas de Cristo ante la muerte de su amigo Lázaro manifiestan, ciertamente, su humanidad sensibilísima, pero también revelan, por decir así, el llanto de Dios, su enternecimiento paterno, su juicio misericordioso frente a esa muerte más profunda y trágica del hombre, que es el pecado, y cuya consecuencia es la descomposición física: “La muerte –afirma san Pablo– es el salario del pecado” (cf Rm 6, 23).

Con Cristo la Iglesia llora y ora por todo pecador, para que sea liberado de las vendas que lo mantienen prisionero y para que pueda salir del sepulcro a fin de volver a la vida: para que tenga la vida. “¡Lázaro, sal fuera!” (Jn 11, 43). Cristo y la Iglesia nos dirigen a nosotros esta invitación. Se trata de una invitación a abandonar todo lo que frena y entorpece nuestro camino hacia la plenitud de la gracia bautismal. Ya muertos al pecado –recuerda el Apóstol– ¿cómo podremos seguir viviendo en el pecado? “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6, 3-4).

Este es, amadísimos hermanos, el gran don que el Señor nos renueva con su Pascua: una vida nueva, libre de la esclavitud de la carne y del apego desordenado a los bienes efímeros del mundo. Una existencia renovada y puesta bajo el señorío del Espíritu, fuente de amor, gozo y paz.

Esta liberación inagotable y radical toca lo más íntimo del corazón, pero debe también manifestarse necesariamente en el exterior, en el comportamiento de las personas creyentes y de la misma comunidad. En efecto, hemos sido salvados como pueblo. Lo recuerda oportunamente el concilio Vaticano II: “Fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen gentium, 9).

En la Iglesia, por consiguiente, se realiza la sorprendente profecía contenida en la primera lectura de la liturgia de hoy: “Sabréis que yo soy el Señor cuando abra vuestros sepulcros y os haga salir de vuestros sepulcros, pueblo mío” (Ez 37, 13).

En el Antiguo Testamento, el viaje de los judíos hacia la tierra prometida anunciaba el itinerario de la comunidad eclesial hacia la salvación. Este esfuerzo comunitario es hoy más urgente que nunca, pues la Iglesia es signo auténtico de esperanza en la sociedad actual, marcada por una crisis moral y social de vastas dimensiones. Hacen falta comunidades cristianas vivas, ricas en comunión y celo misionero; y es preciso que todo ello tenga repercusiones en todos los campos de la actividad humana, gracias al testimonio auténtico de los discípulos de Cristo. Una tarea ciertamente ardua, pero fascinante.

No estamos solos, amadísimos hermanos y hermanas. El Maestro divino nos asegura: “Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis” (Ez 37, 14) (…). Todos estamos invitados a vivir la alegría que nace de un espíritu reconciliado con Dios y en paz con los hermanos. El cristianismo es novedad de vida y, por ello, gozo del espíritu, aun en medio de sufrimientos y pruebas (…).

“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (Jn 11, 27). Esta profesión de fe de Marta, hermana de Lázaro, resucitado por Jesús, es también la nuestra. “Yo soy la resurrección y la vida”, nos repite también hoy nuestro Redentor. “El que cree en mí no morirá eternamente”. Su afirmación colma las expectativas de nuestro espíritu y responde a la aspiración más íntima de todo hombre.

¡Sí, Señor, creo en ti! Creo en tu palabra y en tu amor. Tu gloria es el hombre viviente. Amén».



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