Rincón Litúrgico

Homilías y ángelus para el Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor (13-4-2014)

Juan Pablo II Benedicto XVI

Homilías y ángelus para el Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor (13-4-2014)

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata E 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

         (1/3) Benedicto XVI, Homilía 17-4-2011 (ge sp fr en it po): «Jesús…, llévanos tú hacia lo alto…, hasta la altura de Dios…, haznos puros».

(2/3) Benedicto XVI, Homilía 16-3-2008 (ge sp fr en it po):

«Queridos hermanos y hermanas: Año tras año el pasaje evangélico del domingo de Ramos nos relata la entrada de Jesús en Jerusalén. Junto con sus discípulos y con una multitud creciente de peregrinos, había subido desde la llanura de Galilea hacia la ciudad santa. Como peldaños de esta subida, los evangelistas nos han transmitido tres anuncios de Jesús relativos a su Pasión, aludiendo así, al mismo tiempo, a la subida interior que se estaba realizando en esa peregrinación. Jesús está en camino hacia el templo, hacia el lugar donde Dios, como dice el Deuteronomio, había querido «fijar la morada» de su nombre (cf Dt 12, 11; 14, 23).

El Dios que creó el cielo y la tierra se dio un nombre, se hizo invocable; más aún, se hizo casi palpable por los hombres. Ningún lugar puede contenerlo y, sin embargo, o precisamente por eso, él mismo se da un lugar y un nombre, para que él personalmente, el verdadero Dios, pueda ser venerado allí como Dios en medio de nosotros.

Por el relato sobre Jesús a la edad de doce años sabemos que amaba el templo como la casa de su Padre, como su casa paterna. Ahora va de nuevo a ese templo, pero su recorrido va más allá: la última meta de su subida es la cruz. Es la subida que la carta a los Hebreos describe como la subida hacia una tienda no fabricada por mano de hombre, hasta la presencia de Dios. La subida hasta la presencia de Dios pasa por la cruz. Es la subida hacia «el amor hasta el extremo» (cf Jn 13, 1), que es el verdadero monte de Dios, el lugar definitivo del contacto entre Dios y el hombre.

Durante la entrada en Jerusalén, la gente rinde homenaje a Jesús como Hijo de David con las palabras del Salmo 118 de los peregrinos: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!» (Mt 21, 9). Después, llega al templo. Pero en el espacio donde debía realizarse el encuentro entre Dios y el hombre halla a vendedores de palomas y cambistas que ocupan con sus negocios el lugar de oración.

Ciertamente, los animales que se vendían allí estaban destinados a los sacrificios para inmolar en el templo. Y puesto que en el templo no se podían usar las monedas en las que estaban representados los emperadores romanos, que estaban en contraste con el Dios verdadero, era necesario cambiarlas por monedas que no tuvieran imágenes idolátricas. Pero todo esto se podía hacer en otro lugar: el espacio donde se hacía entonces debía ser, de acuerdo con su destino, el atrio de los paganos.

En efecto, el Dios de Israel era precisamente el único Dios de todos los pueblos. Y aunque los paganos no entraban, por decirlo así, en el interior de la Revelación, sin embargo en el atrio de la fe podían asociarse a la oración al único Dios. El Dios de Israel, el Dios de todos los hombres, siempre esperaba también su oración, su búsqueda, su invocación.

En cambio, entonces predominaban allí los negocios, legalizados por la autoridad competente que, a su vez, participaba en las ganancias de los mercaderes. Los vendedores actuaban correctamente según el ordenamiento vigente, pero el ordenamiento mismo estaba corrompido. «La codicia es idolatría», dice la carta a los Colosenses (cf Col 3, 5). Esta es la idolatría que Jesús encuentra y ante la cual cita a Isaías: «Mi casa será llamada casa de oración» (Mt 21, 13; cf Is 56, 7), y a Jeremías: «Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de ladrones» (Mt 21, 13; cf Jr 7, 11). Contra el orden mal interpretado Jesús, con su gesto profético, defiende el orden verdadero que se encuentra en la Ley y en los Profetas.

Todo esto también nos debe hacer pensar a los cristianos de hoy: ¿Nuestra fe es lo suficientemente pura y abierta como para que, gracias a ella también los «paganos», las personas que hoy están en búsqueda y tienen sus interrogantes, puedan vislumbrar la luz del único Dios, se asocien en los atrios de la fe a nuestra oración y con sus interrogantes también ellas quizá se conviertan en adoradores? La convicción de que la codicia es idolatría, ¿llega también a nuestro corazón y a nuestro estilo de vida? ¿No dejamos entrar, de diversos modos, a los ídolos también en el mundo de nuestra fe? ¿Estamos dispuestos a dejarnos purificar continuamente por el Señor, permitiéndole arrojar de nosotros y de la Iglesia todo lo que es contrario a él?

Sin embargo, en la purificación del templo se trata de algo más que de la lucha contra los abusos. Se anuncia una nueva hora de la historia. Ahora está comenzando lo que Jesús había anunciado a la samaritana a propósito de su pregunta sobre la verdadera adoración: «Llega la hora –ya estamos en ella– en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 23). Ha terminado el tiempo en el que a Dios se inmolaban animales. Desde siempre los sacrificios de animales habían sido solo una sustitución, un gesto de nostalgia del verdadero modo de adorar a Dios.

Sobre la vida y la obra de Jesús, la carta a los Hebreos puso como lema una frase del salmo 40: «No quisiste sacrificio ni oblación; pero me has formado un cuerpo» (Hb 10, 5). En lugar de los sacrificios cruentos y de las ofrendas de alimentos se pone el cuerpo de Cristo, se pone él mismo. Solo «el amor hasta el extremo», solo el amor que por los hombres se entrega totalmente a Dios, es el verdadero culto, el verdadero sacrificio. Adorar en espíritu y en verdad significa adorar en comunión con aquel que es la Verdad; adorar en comunión con su Cuerpo, en el que el Espíritu Santo nos reúne.

Los evangelistas nos relatan que, en el proceso contra Jesús, se presentaron falsos testigos y afirmaron que Jesús había dicho: «Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reconstruirlo» (Mt 26, 61). Ante Cristo colgado de la cruz, algunos de los que se burlaban de él aluden a esas palabras, gritando: «Tú que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, sálvate a ti mismo» (Mt 27, 40).

La versión exacta de las palabras, tal como salieron de labios de Jesús mismo, nos la transmitió san Juan en su relato de la purificación del templo. Ante la petición de un signo con el que Jesús debía legitimar esa acción, el Señor respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 18s). San Juan añade que, recordando ese acontecimiento después de la Resurrección, los discípulos comprendieron que Jesús había hablado del templo de su cuerpo (cf Jn 2, 21s).

No es Jesús quien destruye el templo; el templo es abandonado a su destrucción por la actitud de aquellos que, de lugar de encuentro de todos los pueblos con Dios, lo transformaron en «cueva de ladrones», en lugar de negocios [cf Benedicto XVI, Jesús de Nazaret-2, I]. Pero, como siempre desde la caída de Adán, el fracaso de los hombres se convierte en ocasión para un esfuerzo aún mayor del amor de Dios en favor de nosotros.

La hora del templo de piedra, la hora de los sacrificios de animales, había quedado superada: si el Señor ahora expulsa a los mercaderes es no solo para impedir un abuso, sino también para indicar el nuevo modo de actuar de Dios. Se forma el nuevo templo: Jesucristo mismo, en el que el amor de Dios se derrama sobre los hombres. Él, en su vida, es el templo nuevo y vivo. Él, que pasó por la cruz y resucitó, es el espacio vivo de espíritu y vida, en el que se realiza la adoración correcta. Así, la purificación del templo, como culmen de la entrada solemne de Jesús en Jerusalén, es al mismo tiempo el signo de la ruina inminente del edificio y el signo de la promesa del nuevo templo; promesa del reino de la reconciliación y del amor que, en la comunión con Cristo, se instaura más allá de toda frontera.

Al final del relato del domingo de Ramos, tras la purificación del templo, san Mateo, cuyo evangelio escuchamos este año, refiere también dos pequeños hechos que tienen asimismo un carácter profético y nos aclaran una vez más la auténtica voluntad de Jesús. Inmediatamente después de las palabras de Jesús sobre la casa de oración de todos los pueblos, el evangelista continúa así: «En el templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó». Además, san Mateo nos dice que algunos niños repetían en el templo la aclamación que los peregrinos habían hecho a su entrada de la ciudad: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 14s).

Al comercio de animales y a los negocios con dinero Jesús contrapone su bondad sanadora. Es la verdadera purificación del templo. Él no viene para destruir; no viene con la espada del revolucionario. Viene con el don de la curación. Se dedica a quienes, a causa de su enfermedad, son impulsados a los extremos de su vida y al margen de la sociedad. Jesús muestra a Dios como el que ama, y su poder como el poder del amor. Así nos dice qué es lo que formará parte para siempre del verdadero culto a Dios: curar, servir, la bondad que sana.

Y están, además, los niños que rinden homenaje a Jesús como Hijo de David y exclaman «¡Hosanna!». Jesús había dicho a sus discípulos que, para entrar en el reino de Dios, deberían hacerse como niños. Él mismo, que abraza al mundo entero, se hizo niño para salir a nuestro encuentro, para llevarnos hacia Dios. Para reconocer a Dios debemos abandonar la soberbia que nos ciega, que quiere impulsarnos lejos de Dios, como si Dios fuera nuestro competidor. Para encontrar a Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. Debemos aprender a ver con un corazón de niño, con un corazón joven, al que los prejuicios no obstaculizan y los intereses no deslumbran. Así, en los niños que con ese corazón libre y abierto lo reconocen a él la Iglesia ha visto la imagen de los creyentes de todos los tiempos, su propia imagen.

Queridos amigos, ahora nos asociamos a la procesión de los jóvenes de entonces, una procesión que atraviesa toda la historia. Juntamente con los jóvenes de todo el mundo, vamos al encuentro de Jesús. Dejémonos guiar por él hacia Dios, para aprender de Dios mismo el modo correcto de ser hombres. Con él demos gracias a Dios porque con Jesús, el Hijo de David, nos ha dado un espacio de paz y de reconciliación que, con la sagrada Eucaristía, abraza al mundo. Invoquémoslo para que también nosotros lleguemos a ser con él, y a partir de él, mensajeros de su paz, adoradores en espíritu y en verdad, a fin de que en nosotros y a nuestro alrededor crezca su reino. Amén».

(3/3) Juan Pablo II, Homilía 15-4-1984 (it):

«»¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21, 9).

La Iglesia repite cada año estas palabras de júbilo y de esperanza tal como resonaron en los caminos que conducían a Jerusalén, mientras Jesús se acercaba a la ciudad de su destino mesiánico.

La Iglesia vuelve a vivir, en la liturgia del Domingo de Ramos, esta alegría y esperanza que acompañaron la llegada de Jesús a Jerusalén.

Él venía como un peregrino a la fiesta de la Pascua, y caminaba rodeado de la muchedumbre de los peregrinos. No iba a pie, sino sentado sobre un pollino, para que se cumplieran las palabras del Profeta: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila» (Mt 21, 5).

Tu rey… Llevaba en sí la herencia auténtica de los reyes de Israel, vinculada al origen davídico. Y llevaba en sí la misión real unida al reino de Dios en la tierra. Esta misión tenía que realizarse mediante la cruz. Jesús de Nazaret iba a Jerusalén para su muerte; para una muerte terrible rodeada de ignominia humana y más cercana de lo que nadie pudiera pensar en aquella hora.

Sin embargo, en el momento en que Cristo entró en Jerusalén le rodeaba el entusiasmo de la muchedumbre de los peregrinos. Y la Iglesia revive aquel entusiasmo en la liturgia de hoy, para delinear al fondo, de manera más clara, los contornos del misterio pascual. Comienza hoy la Semana Santa, la Semana de la pasión, de la muerte y resurrección de Jesucristo, del linaje de David; de Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el entusiasmo de los peregrinos que se dirigían a Jerusalén junto con Cristo, tuvieron una parte especial los jóvenes: los niños y los jóvenes.

«Pueri hebraeorum» (…).

Aquella juventud de Jerusalén, siguiendo a Jesús de Nazaret, exclamaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!». Así expresaba su entusiasmo mesiánico.

Este es el entusiasmo por la Persona. Jesucristo no cesa de ser el Ideal, el más perfecto modelo de humanidad. Los jóvenes miran hacia él, porque juventud significa «necesidad» particular de un modelo de humanidad; de humanidad completa, sencilla y transparente, de humanidad «ejemplar».

La «necesidad» de tal humanidad es particularmente sentida por los jóvenes, porque en ellos se imponen de manera más acuciante las preguntas: ¿Cómo ha de ser el hombre? ¿Qué tipo de hombre vale la pena ser? ¿Quién he de ser yo, para llenar de un contenido justo esta humanidad que se me ha dado?

Por eso los jóvenes rodean a Jesucristo en la liturgia del Domingo de Ramos, para manifestar el entusiasmo que su Persona provoca en las generaciones que se van sucediendo continuamente. Parecen decir: ¡Hosanna al Hijo de David! Vale la pena ser hombre, porque tú has sido hombre; porque has venido al mundo para dar testimonio de la verdad; porque te has hecho –mediante el amor– totalmente «para los demás»; porque has llenado la humanidad de contenido sencillo, transparente y auténtico.

Tú nos das continuamente respuesta a esas preguntas que acosan al hombre, y sobre todo al hombre joven. Por eso te saludamos, Jesús de Nazaret, que entras en Jerusalén sentado en un pollino. ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (…).

El Apóstol san Pablo escribe: «Cristo, existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, al contrario, se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2, 6-7).

El Domingo de la Pasión del Señor la Iglesia profesa la fe en Jesucristo, Hijo de Dios, Hijo consubstancial al Padre. Verdadero hombre y, a la vez, verdadero Dios.

En el misterio de la Redención este Hijo, consubstancial e igual al Padre, asume la condición de siervo. Dios en la figura de siervo pertenece a la esencia de la Redención, la cual comporta la superación del pecado en sus mismas raíces. La raíz del pecado está en el hecho de que aquel que no era «igual al Padre» –primero el ángel creado, después, a su vez, el hombre creado– trata de ponerse «a la par con Dios».

La Redención vence el pecado en su misma raíz, cuando aquel que es «igual a Dios» –como el Hijo al Padre– «se despoja» de los derechos que esta igualdad le da, y «toma la forma de siervo». Asume esta condición como hombre, «hecho semejante a los hombres»; y por este camino vence el pecado del hombre (…).

Queridos jóvenes amigos (…). Vosotros, a quienes tanto dice Cristo-Hombre, profesad junto con la Iglesia, junto con el sucesor de Pedro, la fe en Cristo, Hijo de Dios. Entonces se os desvelará la dimensión esencial de la Redención. Entonces descubriréis también cuánta grandeza humana se esconde en la actitud de servicio; en la vida programada como servicio.

«Haciéndose semejante a los hombres», el Hijo de Dios «tomó la forma de siervo». El Hijo de Dios sirve. Está al servicio de todo bien del hombre. Y sobre todo sirve a su bien último, el bien de la salvación. Así pues, «haciéndose semejante a los hombres», él es «el hombre para los demás». Pero este hombre para los demás –el hombre que sirve– es Dios. Es el Hijo de Dios. Su servicio (…) tiene en sí la dimensión divina. Lleva consigo el signo del Hijo de Dios.

Esto está inscrito profundamente en la realidad de la redención del mundo. Como en el drama de la condena del mundo, el drama del volver las espaldas a Dios, está inscrito el programa «no serviré» (Jr 2, 20), así también en el Evangelio, es decir, en la Buena Nueva de la conversión y de la reconciliación con Dios, en el Evangelio de la salvación del mundo, está presente Cristo que «tomó la forma de siervo».

Y en el mismo Evangelio, en la misma Buena Nueva, está presente cada hombre cuando aprende de Cristo la actitud y la disponibilidad a servir. Cuando, en la medida de sus posibilidades y de sus obligaciones, se hace también «un hombre para los demás»: un hombre que sirve.

Acoged, jóvenes amigos, tal dimensión de la Redención en el proyecto de vida que estáis formando en vuestra juventud (…). Aprended de Cristo Redentor a vencer el pecado, a vencer el egoísmo y la concupiscencia que se esconde en él: la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida, es decir, la actitud escondida en ella: el «no serviré» (Jr 2, 20).

Aprended también, de la experiencia del Domingo de Ramos, a hacer donación de vosotros mismos, de vuestro «yo», de vuestra vida en su plena y total dimensión, sobre todo a Dios (…). Cristo quiere ayudarnos en ello con el poder de la Verdad y del Amor que, por las reservas inagotables de su Redención, está insertada y consolidada en nosotros por el Espíritu Santo, el Consolador».

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